Veinte
Lee Nok se abrazó a sí mismo, al tiempo que observaba la camioneta alejarse entre ráfagas de nieve que la envolvían como remolinos. Los leños de la chimenea crepitaban; el fuego mantenía caliente la enorme sala que, hasta hacía algunos minutos, estuvo ocupada por cuatro personas.
—¿Te portarás bien?
—¿Con la niñera?
—Sinclair.
—¿Qué pasa, Callum? ¿Lo de la niñera fue idea tuya?
Una conversación sarcástica, tensa. Lee Nok sintió un escalofrío. ¿Qué mierda tenían los ojos de Barud Sinclair?
«Nadie jamás le dijo que no».
Casi podía entender a esas pobres almas que cayeron. Había algo tan atrayente e intenso en esos ojos que a veces no parecían humanos.
Se sentó en el sofá, cerca del fuego. ¿Qué carajo haría con ese hombre? ¿Cómo pasarían hora tras hora encerrados en ese lugar, sin contacto con nadie, excepto los custodios que se movían en las inmediaciones? Los mismos empleados incluso los esquivaban.
«Se mantienen en el perímetro, esa es la orden».
Con el correr de las horas, Lee Nok los había visto. Se turnaban para custodiar la zona, pero ¿qué tan confiables eran? Desconocía si el tal Jesse Callum contaba con el poder suficiente para comprar voluntades y buenos guerreros.
—No te arriesgues por mí más de lo debido.
—¿Acaso no harías lo mismo?
—Sí, porque tú tenías gente por la cual vivir. Sigues teniéndola. En cambio, yo…
—Barud, solo cuídate.
¿Era normal sentir miedo, frustración, curiosidad y tristeza por un ser humano?
¿Por qué Barud le generaba todo eso y más?
Lee Nok se dio la vuelta. El reloj marcaba las cuatro de la tarde.
La nieve continuaba cayendo implacable. Un gigante invencible al cual solo quedaba suplicarle por una oportunidad de vida.
Era una muralla en todos los sentidos: dificultaba el paso de los aliados, pero también el de los enemigos, y eso le dio esperanzas.
No recordaba haber experimentado un desastre climático de esa envergadura.
El frío le calaba los huesos incluso con la calefacción y las estufas, que se mantenían con el fuego encendido de forma casi permanente.
Estaba aislado con un desconocido en un inmenso castillo helado.
Esa nunca fue su idea cuando decidió huir, cuando tomó la oportunidad que su primo le dio.
Buscó en su bolsillo y sacó un teléfono. Sonrió ante la imagen que aparecía.
—Idiota —susurró al ver el fondo de pantalla, donde Anael salía carcajeándose por algo.
—Toma, debes estar conectado.
—¿Qué? ¿Satelital?
—Sí, así no habrá problemas de comunicación.
—¿Acaso Barud no tiene uno?
—Sí, pero tú también debes tenerlo.
Lee Nok escuchó pasos sobre el piso de madera. Tragó saliva. La puerta se abrió y un Barud Sinclair, vestido con ropa deportiva negra, apareció.
—Voy al gimnasio.
—Anael dijo que, después del medicamento de las dos, no deberías someterte a un ejercicio físico intenso.
—Si quiero mejorar, debo saltarme algunas recomendaciones, ¿no te parece? —replicó sin ganas de discutir—. Nos vemos en la cena.
Abrió la boca para responder, pero la puerta ya estaba cerrada. Lee Nok arregló un mechón de cabello y volvió al sofá. El único sonido era el crepitar del fuego y la nieve. ¿Es que acaso no había una puta televisión? ¿Se habían quedado en el medioevo?
Lee Nok tomó el celular y buscó alguna serie. ¿Cómo iba a luchar contra la monotonía cuando ya estaba harto y el martirio recién comenzaba?
La distracción le duró apenas cuarenta y cinco minutos.
Lee Nok resopló y se dirigió a la cocina porque moría de hambre.
Bajó las escaleras caracol; incluso con iluminación, seguían pareciendo lúgubres.
Cruzó un enorme pasillo y un salón de juegos en donde se disponían diversas mesas de pool.
Negó, ofuscado. Nunca aprendió a jugarlo.
También había dos juegos de ajedrez. Se detuvo unos instantes, se sentó y observó las piezas con detenimiento. Incluso para eso necesitaba de un compañero; uno que, por ahora, no tenía intenciones de colaborar.
Dejó la sala de juegos y continuó su camino hacia el comedor.
Una sala imponente, con una araña en el centro y, debajo de ella, una mesa rectangular con capacidad para albergar a una docena de personas con facilidad.
A su alrededor había dos alacenas de madera oscura con grabados, las cuales albergaban copas de cristal.
Como en la mayor parte de las habitaciones principales, había una estufa encendida.
Lee Nok acarició la madera y observó los dos platos, los cubiertos y las copas dispuestas para dos personas. Luego caminó hacia la cocina principal, donde había ruido y conversaciones. Un par de risas le llamaron la atención; era un sonido extraño en medio del silencio que había quedado.
Lee Nok ingresó y las dos mujeres que estaban en la cocina quedaron estáticas.
—Buenas tardes —dijo con una sonrisa amable.
—Buenas tardes —respondieron las mujeres, y apuraron sus quehaceres.
El olor a guiso llenó su nariz. Un aroma cálido, delicioso, aroma a hogar. Se acercó a las ollas y una de las mujeres, la mayor, estuvo a punto de sufrir un infarto.
—Esto huele muy bien —señaló.
—Gracias. —La mujer sonrió nerviosa.
—Me llamo Kim Lee Nok —se presentó—. Estaré aquí por unos días; mejor dicho, varios días.
—Sabemos quién es —respondió la mujer con seriedad—. ¿Necesita algo?
Lee Nok frunció el ceño y dio una sonrisa.
—No, no. Es solo que escuché ruido y vine a ver.
—Debe llamar a los guardias de inmediato.
—¿Disculpe?
—Cuando escuche ruidos, debe llamar a los custodios, no aventurarse usted mismo. Esa fue una recomendación que nos hizo el señor Morgan.
—Claro —Lee Nok tragó saliva—. Entiendo.
Esas mujeres no solo eran simples cocineras; estaban listas para pedir auxilio cuando fuera necesario. Estaban preparadas para eso.
—El salmón, Margaret —señaló la mujer mayor—. Asegúrate de que esté cocido, pero no demasiado.
—Como si eso fuera a cambiar algo —aseguró Margaret, y la mujer le dio una mirada de reproche—. ¿Qué? Es la verdad, Sonia. Este hombre es el demonio.
—¿Hablas de Barud? —preguntó Lee Nok.
Sonia le restó importancia.
—Está pasando por un mal momento y no come nada de lo que preparamos.
«Debe ingerir alimentos, le guste o no».
Lee Nok pensó en Anael y en su solicitud.
Ese tonto comenzaría a hacer ejercicios con un kilo de medicamentos encima y el estómago sin una pizca de comida.
Lee Nok observó a las dos mujeres, luego la alacena, y fue hacia ella.
Había toda clase de alimentos. Después se dirigió al refrigerador donde encontró fideos, brotes de soja y camarones. Podía preparar algo diferente.
—Necesito un delantal —dijo, acercándose a la isla de la cocina, donde Sonia preparaba una tarta de manzana.
—¿Disculpe?
—Un delantal. Voy a preparar algo para Barud.
—Pierde el tiempo —dijo Margaret—. No hay cocinero que pueda con este hombre.
—Todavía no ha comido lo que yo preparo.
La mujer arqueó una ceja.
—Mucha confianza, ¿no?
Lee Nok se encogió de hombros y se puso manos a la obra. Al menos estaría ocupado hasta la cena.