Príncipe (Bilogía Morgan 2) Diecinueve
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Diecinueve

—¿Estás cojeando? —Anael rio nervioso, pero le restó importancia al comentario de Lee Nok—¿Eso es por lo que pienso?

Anael frunció el ceño.

—Bueno, desconozco lo que hay adentro de esta cabecita. —Le dio un golpecito.

—¿Ese hombre te folla así de duro?

Anael lo contempló por un segundo y luego estalló en carcajadas.

—Mira, mejor nos concentramos, ¿sí?

Lee Nok se sonrojó.

—Me has dado un plano del castillo. Dos cocinas, quince baños, tres habitaciones, sótano, una sala de juegos, un gimnasio, una sala de tiro… ¿Qué más?

Los hombres recorrían el castillo. Lo habían hecho en un silencio incómodo al principio.

—No estás obligado a quedarte. Lo sigo pensando.

—Quiero hacerlo —replicó mientras caminaban por un pasillo largo, cargado de ventanas y cuadros—. Ayudaré más aquí.

—Barud no es como yo, Nok —advirtió—. Es gruñón, combativo, o incluso peor. A veces debes obligarlo a comer; incluso, por momentos, tendrás que luchar contra sus deseos de suicidio, ni hablar de sus comentarios depresivos.

—Está bien. No quiero que sea como tú.

Anael se sorprendió.

—Vaya, eso es nuevo. Pensé que habías venido por mí.

—Lo hice —confesó, y se detuvo cerca de una de las ventanas—. Regresé por el hombre que amaba, pero…

—Lo…

—No digas que lo lamentas. —Nok lo interrumpió—. Ya te dije: uno no tiene la culpa de quien se enamora. La cosa es que quiero hacer mi camino, y eso implica valerme por mí mismo, pese a la adversidad.

—Barud no es una adversidad. A veces, es peor que esta tormenta.

—Podré con él —dijo Lee Nok—. Pude con mi padre y mi tío; creo que soy rival digno para un príncipe caído en desgracia.

Anael dio un suspiro, al parecer, no iba a cambiar de opinión.

—Entiendo. Hay hombres custodiando el perímetro, siempre. También algunos empleados. Puedes llegar a tener contacto, seguramente, con las cocineras. Son empleados de los Callums, de absoluta confianza. Cuenta con ellos para lo que necesites. Son muy discretos, casi como fantasmas.

Llegaron hasta una habitación. Anael empujó la puerta y se encontraron con todo un centro de entrenamiento perfectamente organizado: grandes espejos cubrían las paredes; pesas, mancuernas y diferentes aparatos de ejercicio ocupaban el espacio.

Caminaron hacia el interior. Lee Nok observó el lugar, fue hacia una de las bolsas de boxeo y la empujó.

—Barud tiene recomendado hacer ejercicios todos los días para aumentar su fuerza muscular. Lo debe hacer junto con una buena dieta y suplementos nutricionales.

Lee Nok frunció el ceño.

—¿Necesita ejercicio? No lo parece.

—¿Qué? ¿Has estado mirando de cerca?

—Hablé con él —confesó—. No me parece un hombre decrépito, ni mucho menos.

Anael rio.

—No tienes idea de lo imponente que era antes de que Stoickov casi lo llevara a la muerte. Era mucho más grande que yo, puro músculo, un color dorado envidiable.

Lee Nok asió una de las mancuernas.

—Supongo que me perdí de mucho, entonces.

—Ni lo digas. —Anael dio un suspiro—. No había un simple mortal que se negara a Barud Sinclair.

—Excepto tú.

La risa de Anael se transformó en una mueca de tristeza.

—Es una larga historia.

—No lo es, es bastante sencilla. Se acostaron, él se enamoró y tú decidiste dejarlo en la friendzone.

—Eso suena frío.

—No es frío, es la verdad.

Lee Nok dio pasos hacia los espejos y contempló su reflejo. Llevaba una media cola; su cabello caía en ondas sobre su cárdigan negro. Barud le había dicho que su cabello le quedaba mejor de ese modo y, por algún motivo, Lee Nok decidió llevarlo de ese modo.

«Así está mejor».

El contacto de las manos cálidas sobre su cabello todavía seguía ahí, al igual que su perfume. Lee Nok no podía creer que ese hombre incluso hubiera sido más guapo; lo tenía completamente embelesado.

—Ven, hay otro lugar que me gustaría enseñarte.

Lee Nok lo siguió más allá del gimnasio, hasta una habitación con grandes placares de madera rústica. Allí, la temperatura descendía varios grados más. Lee Nok se abrazó a sí mismo.

—Esto es algo que ni siquiera Barud conoce —agregó Anael—. Está tan ligado a la muerte que temo que sus palabras…

Anael se interrumpió, abrió los enormes muebles, deslizó las puertas y Lee Nok se encontró con un arsenal frente a él.

—Los Callum siempre están preparados para la guerra. —Anael percibió una punzada—. Eso es lo que ninguno de sus enemigos supimos ver cuando caímos en sus garras.

Lee Nok tocó la tela de los chalecos antibalas y tembló ante la idea de que la guerra llegara hasta allí.

—Lee Nok —Anael habló con seriedad—, si el enemigo ataca, los hombres del perímetro harán lo que esté a su alcance, pero te aseguro que será insuficiente. Solo serán tú y Barud; un Barud que no está en su mejor momento ni por asomo, ni a nivel físico y mucho menos mental.

—Es un hombre roto. —Lee Nok dio pasos hacia atrás para contemplar el panorama en su totalidad—.

Yo también lo soy. Tal vez nuestras piezas se complementen y podamos sanar juntos.

—No dejaba de admirar cada rifle—. Conozco el nombre de cada uno de ellos, pero jamás fui capaz de matar a alguien.

¿En qué tipo de cobarde me convierte eso?

—No eres un cobarde por no tomar la vida de otro ser humano.

—El buen Anael, siempre brindando consuelo y poniendo luz en mis defectos.

Morgan estaba serio.

—No es un defecto —redobló la apuesta—. Eres un ser noble y doy gracias cada día por haberte encontrado.

Lee Nok cerró los ojos. Carajo, ni siquiera podía odiarlo. Ni siquiera tenía eso.

—Voy a quedarme con Barud aquí —reafirmó su decisión—. Y, si los malos vienen, nos las arreglaremos.

—¿Malos? ¿Te das cuenta de que tendrás al lado tuyo al hijo del mayor capo de la droga de Londres?

Lee Nok se encogió de hombros.

—Él no quiere esa vida. Eso lo hace un poco bueno, ¿no te parece?

Anael le dio una mirada de ternura.

—Te he extrañado tanto.

Lee Nok dio pasos hacia él y tomó sus manos.

—Yo también te extrañé —confesó—, pero ahora las cosas son diferentes.

—Sigues siendo mi amigo.

—Yo no quiero seguir siendo solo tu amigo, y tú no puedes darme lo que deseo.

Anael abandonó sus manos y frunció el ceño.

—Entonces, de eso se trata ¿Vas a alejarte?

Lee Nok negó.

—No, se trata de encontrarme. Se trata de ser Kim Lee Nok, más allá del amor que siento por Anael Morgan. Y, aunque me cueste, lo voy a lograr.