Príncipe (Bilogía Morgan 2) Dieciocho
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Dieciocho

—¡No puedes hablar en serio! —Anael se acercó a Lisandro y lo asió de la camisa—¿Pretendes que los dejemos solos aquí?

—¿Te crees Dios? —cuestionó Lisandro—. No podemos acercarnos a su hermano, ni estar al tanto de todo escondidos aquí. Más allá de la tecnología, necesitamos estar en Londres, se nos acaba el tiempo.

—Eres un puto egoísta.

—¿Egoísta? —Lisandro tensó la mandíbula—. Estoy aquí, en un lugar que pertenece a los Callums, intentando proteger a un hijo de puta que, a la primera de cambio, te follaría y, ¿resulta que soy yo el egoísta?

Anael frunció el ceño.

—Dios, ¿de verdad estás celoso? ¿En serio vas a ponerte posesivo en una situación de mierda como esta?

—¡Sí! —Lisandro gritó y lo asió del rostro—.

No te quiero cerca de ellos, de ninguno de los dos.

No quiero que te toquen, ni que te abracen, ni…

—Lisandro contuvo su lengua—. Sé que son importantes para ti y por eso hago lo que está en mis manos para mantenerlos seguros, además de que en ese hombre se encuentra la salida de todo esta mierda que estamos sufriendo en Londres.

Anael adhirió su frente a la de Lisandro.

—Debo estar tan loco, pero me encanta cuando pierdes la cabeza ¿Te lo dije alguna vez?

Lisandro comenzó a reír.

—Siempre encuentras la manera de desestabilizarme. Te gusta verme al borde de la locura.

Anael le acarició el rostro y besó con suavidad sus labios.

—Idiota—susurró y lo besó—, si algo les pasa a ellos…

—La única manera de evitar su muerte—Lisandro lo estrechó de la cintura—, es encontrando a sus rivales.

Anael besó el cuello de su hombre despacio y lo apoyó sobre la puerta del dormitorio. Buscó sus labios de nuevo y le devoró la boca.

—¿Por qué nunca podemos ser felices? —preguntó—¿Por qué a los Morgan nos cuesta tanto la felicidad?

Lisandro desabotonó la camisa despacio.

—Nuestras familias se parecen incluso en eso.

—No—Anael replicó—, yo no soy como los Callums.

—Siempre piensas en los malos, pero¿ qué hay de los buenos?

—¿Existen acaso?

—Yo soy un Callum. —Lisandro acarició sus pectorales y fue hacia su cinturón—. Al menos, soy bueno para ti ¿Estás de acuerdo conmigo?

Anael observó mientras su amante le desajustaba el cinturón y el pantalón.

—¿Vas a convencerme con sexo?

—¿Necesitas que te convenza cuando sabes que es lo mejor para todos?

Anael negó y volvieron a besarse. La barba incipiente de Lisandro irritó sus mejillas.

—Lee Nok es demasiado inocente para este mundo.

—Lo es, pero ha convivido décadas con criminales y eso, quieras o no, te abre los ojos.

—No lo conoces como yo.—Anael se tragó un gemido cuando Lisandro asió su pene y comenzó a masturbarlo—. No va a soportar estar con Barud, además, este idiota necesita verdaderos cuidados. Lee Nok ni siquiera sabe cuidarse a sí mismo.

Lisandro lo giró en la puerta. Anael apoyó las manos sobre la fría madera mientras sus pantalones y su ropa interior caían al suelo.

—Creo que lo subestimas.—Lisandro musitó sobre su oído antes de chupar el lóbulo de su oreja—. Ese muchacho tiene tanta fuerza interna como tú. Ha sobrevivido un infierno y sigue en pie.

Anael abrió las piernas y sintió el lubricante cayendo sobre sus nalgas. Dedos presurosos buscaron su entrada.

—Es como un hermano pequeño para mí.—Lisandro introdujo sus dedos sin cuidado. Anael tensó la mandíbula—. Lo amo.

Lisandro embadurnó su pene y, sin esperar más, entró en el con urgencia. Anael gritó y sus piernas flaquearon, apenas lo había dilatado.

—¿Acaso acabas de decir que lo amas? —Lisandro embistió y tatuó sus dedos en sus caderas con fuerza.

—Sí, lo amo. —Lo provocó, conociendo los celos tormentosos y tóxicos de Lisandro en los últimos meses—. Es parte de mi familia. —La respiración pesada de ambos llenó la habitación fría.

—Entonces, sálvalo. —Lisandro le mordió el cuello—.Sálvalo como solo tú sabes hacerlo. Regresa conmigo a Londres.

Anael empujó sus caderas hacia atrás. Sus pelvis colisionaron en un vaivén salvaje mientras estaban medio vestidos y congelados.

Sus gemidos rotos y salvajes se tornaron uno.

Lisandro lo asió del rostro e hizo que girara hacia él.

Le devoró la boca con la misma ansia que la primera vez, pero sin miedo, ni dudas.

Este hombre era suyo, debía serlo. A este hombre le rendiría pleitesía y le serviría como esclavo por todo el daño que le provocó, a este hombre jamás lo perdería y, para ello, debían ir a la cueva del lobo.

Anael contrajo cada célula de su cuerpo.

Su entrada se cerró de una forma tan intensa que Lisandro pensó que estaba estrangulando su pene.

El resultado fue un esperado orgasmo. Rebalsó su interior y Anael dejó rastros de su deseo sobre la puerta de madera antigua.

Sus piernas estaban trémulas. Lisandro lo envolvió con sus brazos y se mantuvo en su interior por un par de minutos.

Su respiración agitada, sus palpitaciones descontroladas.

Lisandro dio un paso hacia atrás. Anael se giró para encontrarse frente a frente con el hombre, al cual, le pertenecía de todas las maneras posibles, le gustara o no.

Era una especie de imán al que era arrastrado sin importar el tiempo, el espacio, o las situaciones.

Lisandro volvió a tomar su rostro y sus bocas se unieron en un beso cargado de pasión.

Cuando sus labios decidieron separarse, varios minutos después, Anael ya había tomado la decisión.

Una que podía dar vida a sus amigos y a ellos mismos, o condenarlos a una muerte segura.