Diecisiete
Barud siempre tuvo problemas para conciliar el sueño, pero desde que despertó después de dos años, cerrar los ojos se convirtió en casi una proeza. Incluso con el peor de los cansancios, aun cuando cada músculo le dolía.
Se quedó con la vista fija en el fuego de la chimenea. Ese que se había convertido no solo en su amigo, sino en su línea de vida. El calor era necesario, y la oscuridad le daba escalofríos.
El frío calaba en los huesos, aun con un sistema de calefacción centralizado. La nieve y el hielo se habían apoderado de cada parte del Reino Unido, de la misma manera que los narcos se adueñaron de Londres.
Un golpe suave sonó en la puerta. Barud asió su vaso con agua de la mesa de noche e ingirió una de las tantas pastillas que formaban parte de su rutina.
—Adelante —dijo sin mirar demasiado, suponiendo que era el tonto de Anael.
No obstante, la figura que apareció en el umbral de la puerta lo desconcertó. Lo había hecho desde que irrumpió en ese lugar.
—Señor Sinclair. —Lee Nok se apoyó en el marco de la puerta—. No sabía si estaba despierto. Yo solo...
—¿Por qué me tratas como si fuera un anciano?
Lee Nok abrió y cerró la boca. Su mirada fue de un lado a otro.
—Por favor, no quiero que lo malinterprete. Es una muestra de respeto.
—Pues para mí no es una muestra de respeto. Me estás marcando claramente que soy viejo. Además, ¿qué edad tienes?
—Tengo 23, señor Sinclair, es decir...
—Yo tengo treinta y seis. —Barud puso los ojos en blanco—. Deja las formalidades, ¿quieres?
Lee Nok asintió repetidamente con la cabeza.
Barud le hizo una seña para que se sentara a su lado en la cama.
Lee asió su bata y cubrió su cuerpo, que solo vestía un pijama demasiado grande, ya que le pertenecía a Anael.
Su ropa era escasa; solo contaba con lo que lograron conseguir en una tienda antes de partir a Edimburgo.
Caminó hacia la cama y se ubicó donde Barud le indicó. Su cabellera caía en cascada sobre la bata gruesa de color blanco.
—¿Qué haces despierto a esta hora? —preguntó Barud con genuina curiosidad—. Tu habitación está demasiado cerca de la de Anael, ¿y ese imbécil no te dejó dormir?
—No, no.
Lee Nok se percató de que no era su imaginación cuando creyó escuchar gemidos bajos que venían de la otra punta del pasillo. Barud se lo acababa de corroborar.
—Quería preguntarte si te molesta que me quede aquí. Fue una decisión impulsiva, pero para mí fue correcta.
—¿He insinuado tal cosa?
—No, pero noté la renuencia —explicó—. Sé que soy un desconocido.
—No eres un desconocido. Conozco tu historia de memoria. Anael me la ha contado una y mil veces, como también he sentido su dolor cada vez que lo hace. Él te adora —confesó Barud—. Confía en ti más que nada, y carezco de motivos para no hacerlo yo.
Lee Nok se arregló el cabello detrás de las orejas. Sus manos se apoyaron sobre la manta de lana gruesa, una a cada lado; su vista, sobre la alfombra cálida y mullida. Barud se incorporó en la cama y apoyó la espalda en el respaldo de madera y cuero oscuro.
—Me llamó la atención, debo reconocer, que desees quedarte al lado de un enfermo que, además, tiene una sentencia de muerte tatuada en la frente. Es decir, has escapado del fuego y vas a terminar cayendo en las brasas. No le veo sentido.
—No deseo quedarme con Anael.
—¿Es una broma? Atravesaste el mundo por él.
Lee Nok sonrió con una marcada tristeza.
—Lo hice por una ilusión, por un sueño que nunca va a concretarse —dijo con sinceridad—. Lo amo tanto que duele, pero ¿de qué me sirve si él nunca va a corresponderme?
Barud asintió. Había tanta razón en sus palabras.
—Anael siempre me dijo que el amor no existía, que era un invento de la gente que no tenía una pizca de materia gris.
—Barud se rascó la barbilla—. Lo más gracioso es que, mientras más se lo repetía, más se enamoraba de él.
—Esta vez, sus ojos fueron a Lee Nok—. Sentimos una poderosa atracción frente a aquello que se nos escapa, aquello que no podemos tener.
No sé si es amor, pero sí codicia. Hay posesión muchas veces.
—Estoy cansado de perseguir un sueño y mendigar cariño. No es justo.
Barud dejó que una sonrisa se dibujara en su rostro. Lee Nok pensó que ese hombre era impresionante, pero, cuando su rostro se iluminaba, cuando sonreía, el corazón de cualquier mortal se saltaba un latido.
—Anael podría darte dinero para marcharte lejos de Inglaterra y comenzar tu propia vida. ¿Has pensado en esa posibilidad?
—Lo que consiga será por mí, y quedarme contigo es el primer paso para alejarme de la dependencia cruel que tengo hacia él.
—No soy un hombre fácil, Lee Nok. —Le gustó cómo sonó su nombre en la boca de ese hombre—. Mi temperamento, mi humor, son bastante complejos. Tengo días muy oscuros en los que no salgo de esta habitación. Pasarás muchas horas solo.
—Soy bueno acompañando a la gente en la oscuridad —replicó sin miedo—. Y, pese a todo lo que dicen de ti, pese a la manera en que te has descrito, no me pareces un mal hombre y no me pareces alguien que no valga la pena cuidar.
La sonrisa de Barud se amplió. Hacía tanto que no recibía cumplidos.
Antes del hospital, antes de los años de letargo, todo el mundo señalaba lo hermoso que era, lo elegante, lo gracioso, el deseo sexual que despertaba.
Se había olvidado de que podía despertar suspiros, de que la gente lo miraba y se enamoraba de él un poco.
—¿Anael te ha hablado de mí?
—Me gusta investigar y ver el otro lado. No todo es tan en blanco y negro; hay infinitas tonalidades de grises.
—Eso lo entiendo, Lee Nok, pero dejaste tu palacio en Corea del Sur para quedarte junto a un hombre muerto. ¿Eres consciente de eso?
Lee Nok acarició la lana de la manta.
—¿Sabes qué es lo único que he extrañado cada vez que me he alejado de mi hogar?
Los árboles de cerezos, los pétalos dejando una estela suave y colorida, cada uno de ellos con una perfección infinita.
Me gustaba jugar con ellos cuando era niño.
—Cerró los ojos—. En ese tiempo parecía que la tristeza nunca me tocaría.
Barud lo contempló en silencio. Era tan hermoso, debía reconocer.
—Dios mío, eres demasiado bueno para tu propio bien.
—No me molesta serlo —esgrimió con sinceridad—. La inocencia no es algo que todos aprecien.
—En nuestro caso, es un pasaje directo para conocer a San Pedro.
—Nunca quise ser el dumok . Si eso me hace tonto o inocente, por mí está bien.
Barud se acarició el labio inferior con el dedo índice. Había algo tan atrayente en la delgada y femenina figura delante de él.
—¿Qué harás si sobrevives a esto?
Lee Nok recogió su cabello y se hizo un rodete.
Algunos mechones cayeron sobre su rostro.
Barud se mordió el labio inferior. Pensó que era la segunda vez en su vida que un hombre le parecía tan excitante; no apuesto, sino bello en todo su esplendor.
Bello en el sentido de que podría tener una erección por él si los medicamentos no le hubieran generado una pérdida de virilidad devastadora.
Lee Nok le dio una sonrisa.
—Me propuse ir paso a paso. No voy a hacer planes ahora; me dedicaré a vivir cada día, un día a la vez.
Barud arqueó una ceja.
—¿Cuidando a un enfermo?
—Ayudando a un hombre que ha sufrido y aun así busca los medios para salir adelante —redefinió la frase.
Barud se hizo hacia adelante en la cama. La manta y la sábana que lo envolvían resbalaron por su torso desnudo. Sí, estaba delgado, pero, aun así, había músculos definidos. Lee Nok percibió la mano pesada en su cabeza, desarmando el rodete, logrando que los cabellos volvieran a caer en cascada.
—Sí —Barud dijo a centímetros de él. Su calor provocó que Lee Nok temblara—. Así quedas mucho mejor.
Acarició un mechón de su cabello negro.
—Pensé en cortarlo antes de venir aquí. No lo sé, sentía culpa. Me siento indigno.
Barud resopló.
—Nos han entrenado para sentir culpa cada vez que rompemos una regla. Deja de reprimir lo que de verdad deseas en la vida; de lo contrario, vas a morir triste y virgen.
Lee Nok tragó saliva y se sonrojó. Bajó la mirada.
—¿Cómo… cómo sabes que soy virgen?
Barud se mordió el labio inferior y le sonrió.
—No lo sabía. Tú me lo acabas de confirmar.