Príncipe (Bilogía Morgan 2) Dieciséis
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Dieciséis

«Ni siquiera la muerte me quiere».

Lee Nok desconocía el motivo por el cual la frase le encogió el corazón.

No le quitó la mirada de encima a partir de ese momento.

Era un hombre guapo, incluso cuando a leguas se notaban los crudos efectos de los medicamentos neurológicos.

Barud tenía la seguridad propia de los que nacieron para mandar, aun cuando, en ese momento, era incapaz de hacerlo.

Poseía gracia, belleza y algo más que el muchacho no pudo identificar.

Era atrayente de una manera intensa e inexplicable.

La conversación que llevaban, Lisandro, Anael y Barud era solo un murmullo.

La sopa humeaba en sus platos. Lee Nok sabía que había empleados dentro del castillo, pero eran personas prácticamente invisibles.

Todo se movía con hermetismo, hasta las voces bajaban como si los fantasmas de antaño no desearan ser molestados y los mortales les cumplieran ese deseo.

«Una guerra, la más cruda que Londres había vivido».

Barud Sinclair había pasado de estar en la cima, de ser el mayor depredador de la cadena alimenticia, a solo ser un número que debía borrarse a como diera lugar.

—Deben irse.

Lee Nok levantó la vista cuando Barud habló.

—No me digas.—Anael se burló—. Es una gran idea, amigo. Vamos a dejarte aquí sin saber si requieres más tratamiento médico o, espera, incluso podemos dejarte con esos hijos de puta en el caso de que te encuentren.

Barud se mantuvo serio ante el sarcasmo.

—Si lo hacen, será que llegó mi momento, no el de ustedes. Regresen a sus vidas o, mejor dicho, a lo que queda de ellas.

—No—Anael interrumpió tajante—, después de este desastre, no voy a dejarte hombre. —Le sostuvo la mano sobre la mesa.

—¿Y si tiene razón? —Lisandro preguntó y Anael frunció el ceño.

—¿Le estás dando la razón? ¿Estás mal de la cabeza?

Lisandro negó.

—El peligro no va a cesar. Tarde o temprano puede que ellos lleguen aquí—explicó—. Estuve pensando mientras estuviste afuera. Somos más útiles en Londres, podemos negociar, obtener información, no lo sé, quizás, pactar una tregua.

—Eres un bruto—Anael puso los ojos en blanco—¡En serio! ¡Eres tan, pero tan policía, por no decir imbécil!

Lisandro se cruzó de brazos.

—¿Qué? ¿Entonces nos quedamos aquí y terminamos como sus hermanos? —Lisandro cerró los ojos y maldijo—. Lo siento, no debí decir eso.

Barud se mantuvo en silencio unos instantes.

—No quiero que peleen mis batallas. Mis hermanos murieron convencidos de que saldría adelante.

Carezco de fuerzas, pero sé que voy a hacerlo, quizás, necesito un poco de tiempo, eso es todo, pero ustedes no tienen que pasar este proceso conmigo.

No les corresponde hacerlo, además, en Londres pueden encontrar a mi medio hermano.

—El tipo quiere descuartizarte.

—Sé que me odia por lo que piensa que fue una vida de rosas y privilegios—explicó—, pero si hablo con él, se dará cuenta de que no fue así.

—¿Has pensado que, lo más probable, es que haya estado involucrado en la muerte de tus hermanos? —Anael indagó.

—Lo sé—Barud replicó—, pero eso quiero escucharlo de su boca.

Debo advertirle acerca de Stoickov. Ese hombre va a matarlo cuando deje de servirle.

Sé que no cambiaré el pasado para nadie, pero ¿y si de toda esta mierda sacamos algo bueno?

¿Algo mínimo, aunque sea? —Lisandro sintió que una ola de admiración lo recorría, a pesar de estar medio muerto, este hombre estaba dispuesto a luchar a su manera—.

Ustedes poseen los contactos necesarios, tienen a Jesse Callum, pueden llegar hasta él.

—Tú también tienes aliados todavía.—Le recordó Anael.

—No tengo fuerza para liderarlos. —Barud dio un suspiro—. Prometo que me entrenaré. El médico dijo que, si sigo la dieta y el ejercicio, voy a recuperar mi masa muscular, además, ingiero los multivitamínicos.

—Hay daño neurológico—Anael replicó—, y, además odias la comida de las cocineras.

—No voy a quedarme de brazos cruzados y no quiero que estén esperando por mi recuperación. Es injusto.

—Déjame preguntarte algo ¿A qué se debe este cambio? —Anael indagó—. Hasta ayer asegurabas que la vida no tenía sentido.

—Lo sigo pensando con todo mi ser, pero la muerte de mis hermanos no será en vano. Creo que es algo que no me perdonaría.

—Aun así, no vas a quedarte solo.

—¿Quedarme solo? —cuestionó Barud—. Hay hombres armados en el perímetro, hombres de confianza de Jesse Callum. Tú mismo lo dijiste.

—Pues no es lo mismo y lo sabes, además, te he visto cuando los temblores y los mareos te invaden. No hay especialistas ni médicos cercanos y eres completamente descuidado al momento de ingerir la medicación y controlar los horarios.

—Me hablas como si fuera un niño.

Anael resopló.

—¡Pues no te comportes como uno entonces!

—Yo me quedaré con él.

La mirada de Barud y Lee Nok se encontraron de nuevo. Anael y Lisandro fruncieron el ceño.

—¿De qué carajo estás hablando?

—No voy a hacer una carga para ti, Anael.

—Lee habló sin tapujos—. Sé que quieres cuidarme como si se tratara de tu hermano menor.

Sé que me quieres, pero... — Hizo una pausa—, puede que nunca haya estado a la altura para convertirme en el Dumok de mi organización, pero soy capaz de construir mi propio camino.

—Se humedeció los labios—. Si el señor Sinclair me lo permite, me gustaría acompañarlo.

Tengo nociones básicas de cuidados médicos, soy buen cocinero incluso y creo…

—dibujó una sonrisa tímida—, es decir, soy bueno escuchando a las personas con problemas similares a los míos.

Barud frunció los labios y controló la risa.

—Me recuerdas a mi hermana Sura—confesó—. Fuerte incluso cuando temblaba de miedo.

—Yo no soy ella.

—Por supuesto que no. —Barud recorrió cada una de sus facciones—. Ni de lejos mi hermana tenía un rostro tan femenino.

Lee Nok percibió que su piel pálida se incendió. Lisandro tosió para alivianar la tensión. Anael se hizo hacia atrás en la silla y se cruzó de brazos.

—Entonces, ¿ya lo han decidido? ¿Así nada más quedamos afuera?

Barud se alejó de su plato. Se levantó y caminó hacia la inmensa ventana que daba al verde prado, ahora impregnado de una espesa capa blanca.

—Ya has peleado tus batallas, Ángel. Ahora, déjame pelear las mías, y, si me equivoco, bueno, serán mis consecuencias, de nadie más. —Anael empezó a reír—¿Qué es tan gracioso?

—Suenas como tu padre.

—No. —Barud suspiró—. Mi padre jamás habría estado en esta situación.

—Eso no lo sabes.

—Un reino fuerte no se cuestiona—respondió tajante—. Si hay grietas, hay debilidad, y la debilidad atrae a lobos sangrientos.

—Te sigues llamando débil. —Le dolió a Anael.

—Es que lo soy. —Se giró hacia la mesa y observó a los tres—. Ya lo acepté, es parte de mí. Lo que no significa que seguiré quedándome de brazos cruzados mientras los lobos aúllan a la puerta de mi casa, ya no más.