Quince
Alguien vino a visitarme.
La nieve que cayó en campanas toda la noche se ha detenido. Estoy solo, mis pensamientos están lejos. Pequeña ave, ave de pecho rojo en el sarmiento. Llegaste y lloraste, tu partida fue súbita. ¿Por qué te has ido tan pronto?
No me has dado tiempo de llamarte por tu nombre. Tu lamento es terso, terso como luz de invierno.
Al pasar por la puerta empapelada. ¿Quién es el que extrae ese llanto de mi oído? Alguna vez alguien vino a visitarme.
Dejó lágrimas teñidas de rojo en mi corazón Que nadie puede ya quitar.
—Moon Tae Jun.
El paisaje nevado parecía perpetuo. No había cerezos bañados en copos de nieve, pero sí existía en primavera un manto verde que se extendía hasta el infinito. Lee Nok se cruzó de brazos mientras su vista seguía en el paisaje desde el tren en el que viajaban hacia Edimburgo.
Anael dormía a su lado. Lee Nok lo contempló por un instante. Estaba en calma. No era la primera vez que lo veía dormir, pero sí era la primera vez que lucía en paz. Carecía del ceño fruncido, de las marcas de cansancio que en la cárcel eran propias de él.
Anael estaba en paz, a pesar de todo, a pesar de la violencia que poblaba cada rincón del que fue su hogar. Tenía a Lisandro y eso le bastaba.
«Te amaré siempre».
Lee Nok lo había escrito y jurado en su corazón, pero ¿tenía sentido seguir llorando por un hombre que nunca sería suyo?
A su mente vino su madre, la mujer que entregó todo lo que tenía por un hombre que jamás le correspondió como merecía. Anael no era como su padre, lejos de eso, pero no iba a dejar de querer a Lisandro, ni con todo el dolor que le causó.
Lo amaba, era así de simple.
«Olvídalo».
Su corazón se aceleró. El viento golpeaba las ventanas con fuerza ¿Cómo obligar a su cuerpo y a su mente a abandonar la imagen del único hombre que despertó no solo sus emociones, sino también sus fantasías eróticas?
Se percató de que sus mejillas estaban empapadas.
Se limpió las lágrimas de inmediato. No quería que Anael despertara y lo viera en ese estado.
Se había reencontrado con él, lo había salvado como siempre, como cada vez que Anael Morgan aparecía, pero, en ese tren, en medio de la peor tormenta de nieve que había presenciado, la cruda y necesaria verdad cayó sobre él.
Ji Hwan le dio la libertad, ahora dependía de él conservarla. Estar esclavizado a un amor no correspondido era injusto para todos, y incluso para el sacrificio de su primo.
No importaba lo que tuviera que hacer. Se abriría paso en la vida, sin necesidad de Anael Morgan. Después de esto, Lee Nok debía buscar su propio camino, y si eso implicaba alejarse de nuevo para siempre, pues que así fuera.
Sus ojos volvieron al hombre dormido a su lado. Le arregló un mechón de su cabello rubio. Esta sería la última travesía juntos, de ahí en más, Kim Lee Nok estaría por su cuenta.
«Allí afuera hay alguien que te ama».
Sonrió al rememorar las palabras de su amigo. Nok buscaría a esa persona, y cuando la encontrara, jamás la dejaría ir.
***
Inverness, Escocia.
Caía la tarde, Barud estaba cerca de las ventanas de su habitación como siempre, como era su costumbre desde que se tornó un ser inservible, al menos es así como se percibía. Contempló el vehículo que se acercaba.
—El almuerzo está listo.
—No me apetece.
—No te he preguntado si te apetece. Tienes que comer.
—No voy a comer lo que preparan esas viejas, así que, a menos que me obligues, esta conversación terminó.
—¿Qué carajo te pasa? ¿Quieres morir?
—No soporto la comida que preparan aquí, y lo de querer morirme, pues, imagino que ya lo sabías.
Las horas con Lisandro se habían convertido en una cruel tortura. El hombre intentando que comiera y se recuperara. Barud luchando para que su cuerpo dejara de doler.
—¿Piensas que Anael estará feliz con tu muerte?
—Te tiene a ti para que lo consueles, con eso debería bastar.
—Eres un puto egoísta.
La ira no se iba. El dolor, el desconsuelo, la tristeza de respirar mientras sus hermanos yacían bajo tierra era demasiado.
Su cuerpo dolía, aunque era incomparable con el padecer de su alma. Su cuerpo era débil, pero si no ingería alimentos, la situación sería peor.
«Ni siquiera te importa la venganza».
Maldito Anael Morgan que lanzaba frases que lo dejaban pensando.
Observó desde la ventana cuando su amigo bajó del vehículo en medio de la nieve.
Habían conducido desde Edimburgo con un todoterreno rentado.
Del lado del copiloto descendió un hombre bajito y delgado.
Llevaba un abrigo enorme, por lo que Barud dedujo que le pertenecía a Anael.
El muchacho tenía el cabello por debajo de los hombros, el cual se desparramaba con las fuertes ráfagas.
Las hebras negras eran una cortina que arremolinaba sobre su rostro.
Se cruzó de brazos, en un intento ingenuo de calmar el denso frío.
Caminó hacia donde estaba Anael quien lo guio hacia el interior del castillo.
Lisandro salió a recibirlos. Abrazó a Anael con todo lo que tenía, y este le correspondió. El muchacho, muy cerca de ellos, miró hacia otro lado.
Un pinchazo golpeó la columna de Barud. Conocía ese instinto de autopreservación. Esquivar las escenas donde el hombre que amaban mostraba afecto por otro. Kim Lee Nok no se atrevía a mirar el amor, porque era demasiado doloroso contemplar lo que nunca tendría.
Los hombres ingresaron al castillo. Barud volvió al sofá que se había convertido en su escudo y contempló el fuego de la chimenea de la opulenta habitación.
¿Debería ir a saludar? ¿Mostrar gratitud por el sacrificio que su amigo estaba haciendo? Dio pasos hacia el espejo de cuerpo completo que había en la habitación.
—Cada vez doy más asco—balbuceó para sí mismo y se arregló el sweater blanco que llevaba junto un pantalón gris y unos zapatos marrones. Dio pasos hacia la puerta y se preguntó si esto era lo mejor.
«Quieres verlo, no lo niegues».
Ansiaba saludar al Anael y, para eso, debería salir de su habitación.
Descendió las escaleras de piedra iluminadas por diferentes lámparas, las cuales estaban colocadas de manera estratégica.
Escuchó las voces que provenían de la sala.
Abrió la puerta de madera y bronce. El calor del espacio lo envolvió.
Los tres hombres estaban en el medio de la sala de estar junto al enorme sofá de terciopelo, delante de la estufa a leña.
La imponente araña de cristales sobre sus cabezas iluminaba el espacio.
Afuera, el día gris era reemplazado por una oscuridad sin grietas a medida las horas pasaban.
—Barud. —A Anael se le iluminó el rostro cuando lo vio—¡Regresamos!
Abrazó a su amigo y este le devolvió el gesto. Recordó que, años atrás, era más corpulento que Anael, pero eso era parte del pasado.
—Es bueno ver que sigues vivo.—Barud se permitió una tenue sonrisa.
Su mirada fue de Anael a la figura diminuta que había visto descender del todoterreno.
Ya no llevaba el abrigo enorme, sino un suéter gris junto a un pantalón de lana color chocolate y botas.
Se notaba que la ropa no era de su talla.
Sus miradas se encontraron. Barud caminó hacia él y lo primero que se percató es que las fotografías no le hacían justicia.
—Barud, él es mi amigo Lee Nok.
Su rostro era anguloso, sus pómulos altos, sus cejas oscuras y bien delineadas.
Sus ojos poseían un tono que no era marrón ni tampoco miel, alargados y perfectos, al igual que sus pulposos labios que en cualquier otro rostro se verían demasiado grandes.
Todo en esa cara rozaba la perfección, del mismo modo el cabello lacio que caía más abajo de sus hombros en hebras oscuras y escalonadas.
El muchacho bajó a la mirada y sus mejillas se enrojecieron como si el fuego las hubiera tocado. Estrechó la mano.
—Es un placer señor Sinclair. He oído mucho de usted.
Barud recibió la mano delgada. Los dedos largos y delicados, tan etéreos como su rostro. Parecía de porcelana, una muñeca de las que colocas en las vitrinas y todo el mundo queda obnubilado por su belleza.
—만나서 반갑습니다
«Es un placer».
La mirada de Lee Nok lo dijo todo. Anael frunció el ceño.
—¿Desde cuándo sabes coreano, hijo de puta? —Le golpeó el brazo, pero Barud solo tenía su vista en la imagen sumisa frente a él.
—No hablo coreano, solo algunas palabras.
—Pues las pronuncia muy bien, hyung .
El muchacho trazó la diferencia de edad y Barud sonrió, sonrió de verdad, no solo con su boca, sino con todo su rostro.
—¿Por qué no nos sentamos? —preguntó Lisandro mientras Anael seguía con su boca abierta.
Si Barud no estuviera tan mal de la cabeza, Anael habría pensado que le estaba coqueteando a Lee.
Se ubicaron en los sillones. Barud se sentó frente a Lee Nok quien se arregló un mechón de cabello detrás de las orejas.
—¿Cómo están las cosas? —preguntó Lisandro y Anael negó.
—Es un desastre—se apresuró a explicar—, el gobierno es incapaz de manejar esto. No si se mantiene en su versión diplomática.
Lee Nok miraba sus manos, las cuales, estaban juntas sobre su regazo.
—¿Él conoce todo? —Barud indagó a los hombres—¿Sabe por qué lo has arrastrado hasta aquí, después de todo lo que él mismo ha pasado para llegar a Londres?
—Anael me contó—respondió y sus miradas volvieron a encontrarse. Barud entrecerró los ojos.
—¿Qué piensas de todo esto?
Lee Nok tragó saliva creo.
—Usted es muy valiente.
Barud se carcajeó. Sí, se carcajeó ante la mirada atónita de Anael y Lisandro.
«Adorable».
Ese era, quizás, el mejor término para caracterizar al chico delante de él.
—No soy valiente, Lee Nok. Es solo que, al parecer, ni siquiera la muerte me quiere.