Príncipe (Bilogía Morgan 2) Trece
24%

Trece

—Un hotel de cinco estrellas, hombres en la puerta y más de veinte apostados afuera.

¿Nadie logró detenerlo? —Do Jin hablaba con sus hombres en un salón del hotel de Tokio donde todavía se encontraba—¿Pueden explicarme desde cuándo mi sobrino tiene el don de desvanecerse como un dokkaebi?

¿ A ese extremo llegaremos para justificar la incompetencia?

—Mi señor—el hombre a cargo de la custodia y la organización de la seguridad hizo una reverencia y se mantuvo con su cabeza apuntando al piso—, asumo la responsabilidad de esta tragedia.

—¿Tragedia? —Do Jin lo interrumpió—. No se convierte en tragedia todavía, no si encuentro a mi sobrino.

—Ji Hwan se mantenía a un costado. El hijo obediente que esperaba su turno.

El hombre lo observó por unos instantes.

Su brazo y su pierna vendadas, su cara amoratada—.

Mírenlo—pronunció con desdén—, mide un metro ochenta, y fue herido y controlado por un hombre dos cabezas más bajo.

Eso dice mucho de quién es—. Ji Hwan tensó a la mandíbula y contuvo una maldición.

Su padre redobló la apuesta. —Una vez me preguntaste el motivo por el cual no te elegí a ti como sucesor.

Mi respuesta fue que eras demasiado joven, pues eso solo fue para suavizar la terrible verdad que me corroe.

Puede que quizás seas más fuerte que tu primo, pero nunca tendrás la fortaleza de un verdadero Kim.

—Apuñaló el corazón con sus palabras—. Sé que en tu corazón piensas que eres merecedor del lugar de tu primo.

Con la desaparición de tu tío y de Lee Nok, tu madre puso esas ideas en tu cabeza.

Si había una posibilidad de demostrar lo contrario, fallaste de una manera horrible.

Aquel que nace peón, difícilmente se construye a sí mismo como rey.

El muchacho levantó la cabeza. Su padre estaba a unos metros de él. Ya no había lágrimas como cuando era niño. La dureza de las palabras de su progenitor ya no hacían mella en él.

«No puedes romper un corazón que ya está hecho trizas».

—La inteligencia no se hereda, Ji Hwan—sentenció Do Jin—, se construye, y, en tu caso, ni siquiera hay cimientos para ello.

—Su padre castigaba con cada línea sin remordimiento—.

Lo único que debías hacer era buscar al futuro Dumok en su habitación, ¿y qué hiciste?

Caer al suelo ante el primer soplo de un muchacho ansioso de huir de sus obligaciones.

Me avergüenzas a cada paso. No te basta con existir cada día.

Debes recordarme de manera constante mi gran error al momento de engendrarte.

—¿Has pensado quizás que no soy obra tuya? —La pregunta no cayó, aterrizó como una bomba nuclear en medio del océano.

Do Jin entrecerró los ojos.

—¿Qué has dicho?

El muchacho no se amedrentó, incluso cuando su corazón estaba a punto de salir de su pecho.

—Tal vez, el hombre de hierro, la sombra del imperio no fue suficiente para engendrarme, quizás me cuestionas tanto porque, en el fondo, sabes que soy producto de una prueba de libertad de mi madre, un desafío.

La furia rugió en cada facción de Do Jin. Dio cuatro zancadas y estuvo sobre su hijo, pero este ya no estaba para juegos, y, si quería quedarse con el trono, primero debía asesinar al perro guardián.

Un movimiento rápido y sigiloso. La daga escondida entre la manga de su saco vio la luz. El filo besó la garganta del hombre que, hasta ese momento, se creía el dueño de la escena, el portador de la humillación.

El cuello es una zona sensible, millones de vasos sanguíneos y venas principales lo recorren. Eso significa que una herida infligida allí, puede llevarte de inmediato a la muerte.

La sangre se derramó sobre la camisa blanca impecable, el hombre retrocedió con su mano en su cuello.

Observó a sus custodios, pero nadie se movió.

Fue cuando lo entendió. Su hijo le dio una media sonrisa, una cargada de soberbia y desprecio.

Las rodillas de Do Jin tocaron el suelo, mientras sus manos intentaban frenar la marea carmesí que fluía desde la abertura en su cuello.

—Mi querido padre—confesó sin miedo—. Fui yo quien ayudó a mi primo a huir, porque entendí algo que tú te niegas.

—Se agachó para contemplarlo y estar a su altura—.

No somos pájaros que puedes meter en jaulas y obligarlos a cantar para tu disfrute—.

Su mirada lo recorrió extasiado al oler la muerte—.

He liberado a Lee Nok y, a partir de hoy, me libero yo también y a mi madre.

—Se levantó mientras su padre se desplomaba por completo en el suelo y la sangre fluía a borbotones—.

Bueno, al parecer, si soy tu hijo después de todo ¿No crees?

Anda, dime ahora que estás orgulloso de mí.

Esta ni siquiera te la esperabas ¿Cierto?

El hombre boqueaba como un pez fuera del agua. Su rostro hinchado, sus ojos ensanchados al máximo. Su hijo lo observó hasta que sus ojos quedaron vacíos.

Una pequeña molestia quiso instalarse en su pecho, pero de inmediato la descartó. Había hecho lo correcto. Se enfocó en el líder de la seguridad.

—Encárgate—ordenó y salió del salón como si todo estuviera en calma, como si no hubiera degollado a su propio padre.

Apretó el celular en sus manos y pensó en todas las llamadas que debería realizar.

Habría detractores que aplastar, opositores, con los cuales, negociar.

El muchacho tenía solo 18 años y se había convertido, con un simple y descarnado acto, en el hombre al cual todos obedecerían. El jefe supremo del jopok .

Afuera la nieve caía. Las personas iban y venían absortas en sus ajetreadas vidas. Su padre estaba muerto, su madre se había liberado del yugo de un opresor, y él tenía un camino difícil por delante.

Sabía que su primo era el verdadero dueño del poder. Kim Lee Nok, de seguro, ya habría llegado a Londres.

«Nunca regresaré».

Ji Hwan sabía que no mentía, Lee Nok no regresaría y él jamás le haría daño, porque si algo aprendió de él, es que aborrecía la violencia, la guerra, y mantenía su palabra, incluso a costa de su vida.

—Te deseo una vida feliz—susurró hacia la ciudad, esperando que su augurio se cumpliera.

El mundo no estaba hecho para los seres emocionales y dulces. Ji Hwan lamentó eso. Kim Lee Nok, para su propio infortunio, era uno de ellos.