Once
«Mantente a salvo».
Fue el único pensamiento que llenó la cabeza de Anael Morgan mientras conducía el vehículo hacia la zona donde estaba su antiguo departamento.
La ciudad era un caos, se habían desatado manifestaciones en todas partes del país, debido a la ola de violencia que escalaba, no solo en Londres, sino en todos los rincones.
Los criminales copaban las calles. Las bandas se disputaban con sangre el negocio del narcotráfico y luchaban sin cuartel.
Cientos de vídeos llenaban las redes mostrando las crueles torturas de los que caían a manos de estos hombres, cuyo objetivo era quedarse con un trono vacante, convertirse en rey de un negocio cuyo príncipe era solo un muerto en vida, un refugiado que escapaba de las garras de hombres que anhelaban destruirlo a toda costa.
Barud Sinclair estaba solo en el mundo y su único familiar vivo era un medio hermano que ansiaba verlo muerto.
Anael sintió un escalofrío. Iba envuelto en un grueso abrigo de paño negro y una bufanda azul.
Lo único que rompía el manto blanco era el fuego en las calles, los incendios que se propagaban en los cuatro puntos cardinales.
La policía buscaba apaciguar la ola de disturbios mientras que los habitantes se mantenían como simples víctimas de un sistema colapsado.
Anael se detuvo a dos calles de donde se encontraba su antiguo departamento. Tenía el corazón en la garganta.
«Sal del aeropuerto y refúgiate donde puedas. Voy a llegar, espera por mí».
Descendió del vehículo, caminó y se detuvo frente al edificio donde había vivido por tanto tiempo. Un recuerdo llenó su mente mientras observaba un taxi muy cerca.
«El primer beso con Lisandro».
Allí, en ese sitio, el corazón se le apretó.
La vida había cambiado tanto desde ese día.
La oscuridad embadurnó sus caminos como una marea espesa de alquitrán que ardía al simple contacto con un fósforo.
La nieve apenas permitía la visibilidad.
Su abrigo se bamboleaba, observó hacia todas las direcciones, buscó el celular con manos temblorosas y maldijo a su amigo.
Lee Nok carecía de celular y de cualquier medio de comunicación.
¿Y si lo habían capturado? ¿Si había pedido ayuda y él no estuvo cuando lo necesitó? Caminó por las calles mientras la población vagaba de un lado a otro en busca de refugio. Huía de las manifestaciones, de la violencia en las calles y la que el gobierno estaba implementando.
Tres vagabundos envueltos en mantas y apostados en un rincón de uno de los edificios le llamaron la atención. Anael se acercó a los hombres, dos levantaron la vista y, en medio del hielo, la nieve y la soledad, se cubrieron con sus brazos pensando que iba a atacarlos.
¿Por qué no lo haría? Londres había dejado de ser una ciudad para convertirse en un cúmulo de parásitos y de violencia estructural, violencia que calaba hondo en la población más vulnerable.
Uno de los hombres le pareció conocido. Su largo cabello estaba adornado con cientos de copos de nieve. Su cuerpo se sacudió ante la imagen.
—¡Kim Lee Nok! ¿Eres tú?
El muchacho levantó la vista y sus ojos se encontraron. Seguía siendo el mismo. Esa mirada transmitía vulnerabilidad y dulzura, incluso en medio del infierno.
—Anael.
Las palabras resonaron entre la nieve como un eco. El hombre se levantó y se lanzó a los brazos de Anael quien lo apretó contra su cuerpo con fuerza.
—Dios mío.—Anael susurró contra su oído—¿Solo llevas puesto esto? ¡Vas a congelarte!
Lee Nok no lo soltaba, el hombre lo envolvió en su cuerpo. Estaba tan diminuto y delgado como lo recordaba.
—Escapé, Ángel—dijo en un sollozo—. Me ayudaron.
—Lo lamento tanto. —La voz de Anael se entrecortó—. No pude llegar antes. No pude…
—No.—Lee Nok lo interrumpió y se apartó—.
Entrar a Corea implicaba entrar a nuestro territorio y mi tío los hubiera masacrado.
—Observó a los dos hombres que seguían acurrucados—.
Ellos son padre e hijo—explicó—. Su esposa y su hija murieron.
Dos bandas saquearon sus pertenencias. No tenían nada.
—La voz se le quebró de nuevo—. Un grupo de hombres vino sobre nosotros y yo…
—Cerró los ojos al recordar—. Entregué el dinero que llevaba para que no molestaran, bueno, no todo, pero suficiente para que se fueran.
Anael negó e intensificó su agarre.
—Horas, solo han sido horas. —Se lamentó de no haber estado allí.
Les dirigió una nueva mirada a los dos hombres que morirían congelados esa noche si no los ayudaba.
Buscó en el bolsillo de su abrigo y les entregó algunos billetes que llevaba y una tarjeta—.
Es un refugio a unas calles de aquí. Tranquilos, son de confianza.
Estarán protegidos. Vayan ahora mismo. Este no es sitio para ustedes.
El hombre mayor se puso de pie tembloroso y asintió.
—Gracias, muchas gracias de verdad.
—No se queden aquí. Nadie debería estar en las calles. Buena suerte—agregó Anael, y sin más, empujó a su amigo de su espalda baja mientras seguía envuelto junto a él en su abrigo. Caminaron hacia el vehículo.
—¿A dónde vamos? ¿A tu departamento?
—Ya no vivo allí, Lee. Desde hace bastante mi casa está a las afueras de Londres. Ahora nos movemos hacia allí. —Subieron a la camioneta que Anael había aparcado a algunas cuadras.
Anael se quitó el abrigo y lo puso sobre los hombros de Lee mientras lo acomodaba en la camioneta. Dio la vuelta y subió en el asiento del conductor. La nieve había cubierto el parabrisas en cuestión de minutos. Lee Nok temblaba, se limpió la nariz con su mano.
—Dios mío pronunció. —Anael pronunció con dolor—¡Cuánto has pasado todo este tiempo por mi culpa!
Lee Nok le brindó una sonrisa débil. Su rostro sonrojado por el frío.
—Lo haría de nuevo y lo sabes.
Anael apretó el volante ¿Cómo era posible que lo amara tanto?
«¿Acaso tú no sientes lo mismo por Lisandro?
Su mente le devolvió la respuesta. Encendió el motor y el vehículo comenzó su marcha.
—Vamos a mi hogar—dijo mientras ponía una nueva marcha y avanzaba en medio de la nieve.
Lee Nok desconocía si preguntar, pero la curiosidad le ganó.
—¿El inspector sigue contigo?
Anael tragó saliva ¿Cuál era el sentido de postergar una verdad inevitable?
— Vivimos juntos.