Príncipe (Bilogía Morgan 2) Diez
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—No es posible.

— Escapó. Es todo lo que me ha dicho.

—¿Qué vamos a hacer?

—Iré por él. Tú quédate con Barud.

Era la última persona con la cual Lisandro Callum querría estar en una habitación, y, mucho menos, encerrado en medio de una atroz tormenta de nieve, lejos de la civilización.

Barud odiaba a Lisandro Callum. Lo enervaba saber que él tenía los besos de Anael, su cuerpo, su deseo. Ese era el mismo tipo que lo envió a la cárcel. El tipo que lo rompió de mil maneras, y allí estaba.

«¿Hay algo peor que ver al amor de tu vida feliz, viviendo con el amor de su vida?».

Barud tensó la mandíbula y se enfocó en la chimenea, en el fuego, el cual debía renovarse cada hora y media; de lo contrario, se apagaba. Las llamas estaban altas. El crujir de los leños era constante. Se apoyó en el respaldo del sofá de terciopelo y acarició la madera del apoyabrazos.

Lisandro iba y venía en la sala que compartirían por horas y quizás días, hasta que el sueño lo venciera.

—Debí acompañarlo —expresó, y se rascó la mandíbula con saña—. Él va a necesitarme.

—No lo hace —replicó Barud—. Nunca te ha necesitado, de hecho.

La mirada oscura de Lisandro se encontró con la de Barud. Levantó la mirada, sus labios en línea recta.

—Tienes razón, no me necesita. Pero aun así me ama. —Hizo una pausa para retorcer el puñal con más fuerza—. Me ama a mí.

Dolió como el infierno. Fue como un golpe directo al hígado, pero Barud se mantuvo estoico.

—Sí, Anael tiene debilidad por la basura en muchas ocasiones.

—Cuidado. —Lisandro lo señaló—. Estás aquí gracias a esta basura.

—Estoy aquí porque Anael me lo pidió, no por ti. Si fuera por mí, podría haberme quedado en medio de la nieve, o en Londres, o en las manos de todos los bastardos que desean matarme. Me da igual.

El silencio se extendió pesado, como un halo de oscuridad que los engullía a cada segundo. Lisandro bufó y dio pasos hacia donde estaba Barud. Se sentó frente a él.

—Escucha —buscó las palabras con cuidado—, sé que no te caigo bien.

Barud se rio. No fue un sonido bonito, sino algo roto y desnaturalizado.

—¿Cómo te has dado cuenta, inspector? Carajo, sí que eres observador.

Lisandro negó, se hizo hacia atrás en el sofá y se cruzó de brazos.

—¿Es así como será siempre entre nosotros? ¿Un campo de batalla?

Barud encogió de hombros.

—¿Por qué debería ser de otra forma? Eres solo el hombre que acompaña al amor de mi vida. No hay motivos para que sea cordial contigo y mucho menos tu amigo.

Lisandro se mordió el labio inferior. Su mirada fue hacia un costado, sobre el fuego. Luego su vista fue hacia su reloj.

—Anael debe haber llegado.

Barud le dio una sonrisa de lado.

—¿Qué pasa, celoso?

—¿Cómo no estarlo? Se encuentra solo con él en este momento.

Barud arqueó una ceja ¡Es que este era un tonto!

—Anael te ama, pero si sigues buscando fantasías… Tú mismo acabas de decirlo. Te ama a ti. ¿O es que ni siquiera te lo crees?

—Le fallé. Le fallé demasiado mientras ustedes siempre se mantuvieron leales.

—Te eligió. Te eligió por encima de mí o de Kim Lee Nok. Eso debería bastarte.

Sus miradas se encontraron de nuevo.

—Nunca es suficiente cuando se trata de él —confesó con dolor—. Quisiera…

—Sí, lo sé. Deseas atarlo, ponerle un lindo collar que diga tu nombre para que todos sepan a quién le pertenece.

Los ojos de Lisandro se ensancharon.

—Dios, eso suena…

Barud rio.

—¿Psicópata? Sí, probablemente, pero al menos no soy un hipócrita que quiere apagar sus instintos y proyectar una imagen de niño bueno. Dices estar seguro de esos sentimientos, pero te corroe por dentro que estemos cerca de él, y lo deseemos.

—No soy un niño bueno.

—Claro que sí —Barud reprochó—. Casado, con lindos hijos, policía, antecedentes impecables, casita en los suburbios. Eres el prototipo de vida ideal y soñada.

—Nada de eso era verdad —interrumpió, y le dio una mirada asesina—. Mis hijas ni siquiera eran mías. Lo que viví fue una mentira para…

Se mordió el labio inferior.

—Sigues viviendo en la mentira.

—¿De qué hablas?

—Niegas lo que de verdad deseas —Barud atacó—. La verdad es que eres un Callum, y ellos toman y poseen. Deseas poseer a Anael Morgan, pero te da vergüenza admitirlo. Es más, en este momento quisieras matarnos.

—¿Y tú? —Lisandro lo confrontó—. ¿Te crees mejor que yo?

—No soy mejor, pero soy honesto. Si tuviera una mínima chance, lo haría mío frente a ti solo para que supieras quién es su dueño.

—Maldito.

Lisandro se puso de pie, fue sobre él y lo levantó del sofá. Barud le dio una sonrisa triunfal.

—Y ahí está el verdadero tú. Te tardaste, amigo.

Lisandro ardía de rabia.

—No soy tu puto experimento, y no soy como los bastardos Callums. Ellos le destruyeron la vida a Anael. Ellos, ellos…

Barud rio.

—¿Y tú? ¿qué hay de ti? —Lisandro soltó la camisa y dio pasos hacia atrás—.

Descuida. Cuando has creído que eres un ser de luz y justicia tanto tiempo, es difícil aceptar tu oscuridad a la primera.

Ya te vas a acostumbrar. —Barud caminó despacio hacia el minibar al final de la sala.

De allí sacó una botella de vino y se sirvió.

—¿Qué crees que estás haciendo? —Lisandro frunció el ceño—. No puedes beber, ¿acaso has perdido la cabeza?

Barud levantó la copa en señal de brindis.

—Por los asesinos y los hijos de puta, inspector—dijo con sorna—. Descuide, solo beberé una copa.

Lisandro negó. Sus manos se convirtieron en puños.

—Maldito inconsciente.—Caminó con decisión hacia él e intentó arrebatarle la copa. Barud se tambaleó. Lisandro lo asió de la cintura y lo pegó a su cuerpo—. Puede que no te soporte—sus rostros estaban a centímetros—, pero Anael te adora. No voy a permitir que tú también le hagas daño.

Barud recorrió su rostro con sus ojos, sus dedos acariciaron la mandíbula.

—Entiendo al pobre Anael—dijo muy cerca de sus labios—. En verdad eres impresionante. —Lisandro lo soltó y se apartó. Sus mejillas revelaron un tono púrpura—¡Por Dios! ¡Te has sonrojado! ¡Qué tierno!

Lisandro negó.

—Deja de hacer locuras. Lo único que falta es que intentes seducirme.

Barud comenzó a reír.

—Imbécil—respondió divertido—, ni siquiera tienes chance conmigo.

—Dijiste que soy impresionante.

—Lo eres—Barud tomó la copa de nuevo y fue hacia el novio de su amigo—, pero también eres el maldito bastardo que traicionó a Anael y eso te quita todos los puntos. —Lisandro se mantuvo serio, Barud bebió un nuevo sorbo de vino—. Será mejor que me vaya a descansar y tú deberías hacer lo mismo.

Lisandro negó

—Anael no me ha llamado.

—Ni lo hará. —Barud respondió—. Tiene un gran problema que resolver en este momento. Si necesitara refuerzos, tiene a muchos más cerca que tú o más útiles que yo. —Barud pasó a su lado.

—¿Lo conoces?

Barud se detuvo cerca de la puerta.

—¿Al bebé coreano? Solo en una fotografía.

—Ese bebé, como tú lo llamas, dio su vida por Anael—señaló Lisandro—. Tiene más de 20 años. ¿De verdad piensas que no hay razón para preocuparse?

Barud asió el pomo de la puerta y dio un suspiro.

—Bruto y celoso. —Barud replicó—. Cuidado, amigo. Se nota que eres más Callum de lo que pareces o aceptas.

Y dicho esto, la puerta se cerró detrás de Lisandro, quien se quedó con su corazón agitado y una sensación latente en su pecho. Él no era como los miembros de su familia, y mucho menos como el hombre que lo engendró. Jamás lo sería, se aseguraría de ello.