Nueve
Inverness, Escocia.
El invierno había sumido a Gran Bretaña en tinieblas.
Inverness, una de las ciudades principales de las Highlands escocesas no eran la excepción, aun así, su paisaje recordaba a un antiguo cuento celta.
Había magia donde se buscara. El misterio llenaba las calles de piedra y los edificios que recordaban la época victoriana.
La nieve se había adueñado de los tejados, los jardines y las colinas cercanas. Un paisaje silencioso y casi irreal.
—¿Estás bien?
Barud contemplaba el paisaje desde las ventanas del imponente castillo.
El frío calaba en sus huesos de tal modo que, vivía cubierto con una gruesa manta, a pesar de su suéter de lana.
Sus ojeras profundas surcaban su piel, sus labios estaban resecos.
Cada milímetro de su cuerpo gritaba lo mismo.
Expresaba su condena, la jaula de dolor de la cual era incapaz de salir.
Anael estaba detrás de él. Lo había llevado allí junto a Lisandro y deseaba quedarse el tiempo que este necesitara, incluso cuando sabía que su vida estaba en Londres y que, si querían encontrar una forma de terminar la guerra, debían hacerlo desde esa ciudad.
Junto a ellos se instaló un equipo de seguridad de casi veinte personas que intentarían mantener con vida a Barud.
Eran de lo mejor que tenían los Callums. Muchos de ellos incluso fueron entrenados por el mismísimo Dominic, primo de Jesse y una leyenda viva en la familia, no solo por su fuerza, sino por su lealtad y su capacidad de sobreponerse a un legado de violencia.
Hacía mucho que Dominic había dejado su lugar, sin embargo, sus enseñanzas moldearon a muchos de los hombres de la nueva era.
—Esto es una locura—respondió con toda la honestidad que pudo reunir. Se giró hacia su amigo—. No siento nada, Anael. En este momento podrían amenazarme, incluso torturarme y mi respuesta sería el vacío.
Anael miró el suelo de madera cubierto por una gruesa alfombra cuyos tonos marrones y ocres combinaban con el recubrimiento de las paredes de las recámaras, con el fin de evitar que el frío pasara con toda su crudeza.
El castillo parecía sacado de un cuento de hadas.
Jesse le había comentado que fue completamente remodelado.
El personal incluía a tres empleadas domésticas que se encargaban de mantener limpios los espacios, dos cocineras y dos jardineros quienes pasaban la mayor parte del tiempo en soledad.
Los empleados eran escasos, pero considerando que el lugar estaba vacío casi de manera permanente, parecía justo.
Los Callums pocas veces visitaban el sitio. No había turistas merodeando, solo un intenso verde que invadía todo en primavera y acantilados que caían sobre un manto azulado cuyas olas embravecidas rompían sobre las rocas.
Era, quizás, un arma de doble filo. Un buen lugar para esconderse y aislarse, pero si alguien te encontraba, no había lugar donde huir desde allí. Lo único que podría esperarlos era una muerte digna cayendo desde el acantilado a las aguas profundas.
Se encontraban a ochocientos kilómetros de Londres. Anael pensó y tembló ante la idea de que Barud lo necesitara. Estaban a un vuelo de distancia, más un recorrido de tres horas en vehículo desde Edimburgo, la capital escocesa.
—¿Por qué hacemos esto? —preguntó Barud.
Dio pasos hacia el sofá cubierto de piel al lado de su cama. Se sentó allí y respiró.
—¿A qué te refieres?
—Ambos sabemos que ya estoy muerto, Anael.
—¡Y dale con eso!
Barud le dio una risa alegre.
—Ya no hay razones para vivir, amigo tú más que nadie lo sabes.
—No, este no es el Barud Sinclair que conozco.
—Ese hombre dejó de existir hace tiempo ¿Es que no te percataste de ello?
Anael negó, era incapaz de aceptar esas palabras, porque significaban aceptar la derrota.
—Necesitas un terapeuta
Barud volvió a reír.
—Ya tuve uno, pensé que dirías que necesitaba venganza.
—No, porque ya ni siquiera te duele, tampoco te enojas ¿Cómo vas a vengarte cuando lo único que deseas es morir? —Anael cuestionó.
—¿Por qué no descansas? —preguntó Lisandro intentando alivianar la situación. Estaba a unos metros de ambos—. Duerme, eso va a ayudarte.
—Cada vez que cierro los ojos escucho a mi hermana a mi lado, la escucho hablando conmigo en medio de la nieve.
Cada vez que intento conciliar el suelo viene a mi mente el rostro de mi hermano y la explosión.
Los recuerdos de los hombres de Stoickov torturándome fueron reemplazados por el dolor y la muerte de mis hermanos.
Ya no tengo nada que me pertenezca, ni siquiera el sueño.
Lisandro negó sin encontrar las palabras.
—Vas a mejorar, los médicos nos han dado el visto bueno. En algunas semanas regresarás a Londres y haremos una revisión.
—No, no más médicos, ni salas de hospital. Se terminó
Lisandro iba a responder, pero Anael lo detuvo.
—Hablaremos de esto más adelante—dijo sabiendo que, si las conversaciones continuaban ahora, caerían en un pozo sin fondo—. Escucha, amigo. Lisandro tiene razón. Descansa un poco. Las cocineras están preparando la cena.
—¿Cuánto tiempo van a quedarse? —preguntó Barud sin prestar atención a los consejos.
—Hasta que te adaptes nos mantendremos en este lugar.
—No quiero que se queden aquí. Tienen una vida en Londres, además, si voy a servir de algo, no es en este sitio.
Anael dio un suspiro y se cruzó de brazos.
—Los médicos nos indicaron que te mantuviéramos vigilado, al menos unos días.
Barud puso los ojos en blanco y sonrió.
—¡Que lindo! ¿También me cambiarán los pañales?
—En caso de que lo necesites, también lo haremos.
Barud volvió a reír, tragó saliva y miró a un costado. Sobre la enorme chimenea de piedra había una pintura. Parecía el jardín del castillo. Filas y filas de rosales.
—Este lugar debe ser lindo en verano—señaló.
—Imagino que sí. Creo que podríamos llegar al verano—esgrimió Anael.
—Si te soy sincero, desconozco si soy capaz de llegar a mañana.
—Barud…—Su argumento fue interrumpido cuando su celular vibró en su bolsillo. Era un número desconocido. Caminó hacia fuera de la habitación y respondió—. Morgan.
—¡Anael!
Hay momentos en donde una persona percibe que las partículas del mundo físico que lo rodean cambian de lugar, o rotan a una velocidad diferente.
Anael Morgan percibió que todo el espacio en el cual habitaba colapsaba en millones de partículas de solo escuchar esa voz.
Un sonido que añoraba desde hacía más de dos años.
El tono, el acento, el miedo que se colaba en su tono. Anael puso una mano en su pecho solo para corroborar que esto no era un sueño, uno de los tantos que tuvo a lo largo de los meses.
—¿Cómo? Es decir, ¿dónde estás? ¿Cómo lograste comunicarte conmigo? Hemos buscado…
—Me ayudaron a escapar —explicó rápido—. Apenas desembarqué en Londres. Estoy encerrado en el baño del aeropuerto porque desconozco si mi tío posee informantes aquí. Quiero ir a tu apartamento.
Anael puso la mano en su rostro. ¿Por qué carajo debía estar a cientos de kilómetros de distancia? ¿Por qué la gente que más amaba siempre estaba en peligro?