Príncipe (Bilogía Morgan 2) Ocho
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Ocho

Tokio, Japón.

Odiaba las corbatas. Lee Nok se contempló frente al espejo de su recámara, y se preparó para lo que sería la firma del acuerdo más importante. Un acuerdo con el cual su familia consolidaría su poder y se expandiría con un éxito mayor a todo lo conquistado por su padre.

Se alejó del espejo y se contempló de pies a cabeza.

Su cabello largo, el cual, estaba peinado en una cola a la perfección.

El cabello negro contrastaba con su piel blanca como la porcelana.

Su traje color carbón del mismo modo que su corbata junto a una camisa blanca.

Se humedeció los labios y bajó la cabeza. Dio un profundo suspiro de resignación.

Dio pasos hacia los ventanales que cubrían la suite.

Tokio se encontraba sepultado en medio de miles de millones de copos de nieve que caían sin freno.

El frío se había tornado parte de él. Recordó las noticias y pensó en Londres, en todo lo que estaba acaeciendo en esa ciudad que fue su salvación y su pesadilla, al mismo tiempo.

Apoyó su mano derecha a la altura de su corazón.

«¿Estará bien?».

El miedo, ese animal salvaje que habitaba en su pecho no lo abandonaba, al igual que la imagen de Anael Morgan, de su Ángel.

Acarició sus labios y cerró los ojos. El calor empezó a pulsar en ese maldito órgano en el centro de su pecho ¿Alguna vez dejaría de añorarlo con esa intensidad?

¿Por qué continuaba haciéndose preguntas de las cuales conocía la triste y desoladora respuesta?

¿Cómo olvidar a la única persona que lo trató como un ser humano, además de su madre?

Lee Nok dio pasos hacia la ventana y apoyó su frente sobre ella. Rogó a cualquier divinidad que lo escuchara para que el vidrio se trizara. Suplicó que el cristal se rompiera en mil partes para caer al vacío, y así poner fin a la eterna tortura.

Un golpe seco en la puerta lo sacó de su letargo. La puerta se abrió con violencia y su primo ingresó. El sudor empapaba su camisa.

—Primo—Lee Nok tragó saliva—, ¿qué te…?

—¡Vamos! —El muchacho fue hacia él—¡Tienes que irte ahora!

Lee Nok fue arrastrado, pero no entendía nada

—¡Hombre! ¿Los guardaespaldas?

—Duermen—Ji Hwan señaló—. Los he drogado en el almuerzo. Ahora, deja de preguntar y vete de aquí. —Tiró de su camisa y rasgó una manga—.Golpéame.

Lee Nok estaba horrorizado.

—¡Estás mal de la cabeza! ¡No haré tal cosa!

—Mierda, todo tiene que ser a las malas contigo. —El muchacho le dio un puñetazo tan fuerte que Lee Nok cayó al suelo—¡He dicho que me golpees! Debe parecer que hubo violencia.

Lee Nok se puso de pie. Observó a su primo y su garganta se contrajo.

—No puedo.

Ji Hwan negó y le dio un nuevo golpe, luego otro y otro. Lee Nok reaccionó y se le lanzó encima. Forcejearon, rompieron parte del mobiliario de la suite. Hubo gritos de un lado y del otro. Cuando se separaron, ambos estaban cubiertos de sangre y magullones. Ji Hwan sacó de su bolsillo un sobre.

—Toma—sus labios estaban empapados en sangre—, es un boleto de avión a Londres.

—Por favor, no. Es demasiado riesgo para ti.

Ji Hwan bufó.

—Quiero tu lugar y tú lo aborreces. No puedo matarte, nunca podría, así que, te doy una salida. Tómala y vete antes de que los hombres se despierten, de lo contrario, los dos seremos condenados a muerte.

—¿Piensas que tu padre no lo descubrirá?

—No lo hará. El sedante que puse es irrastreable.

Soy el hijo obediente, el que siempre espera.

No, papá nunca sospecharía de mí, y, si lo hace, será problema mío para resolver.

Tú ya estarás lejos. —Las lágrimas comenzaron a acumularse en los ojos de Lee Nok.

Su primo puso los ojos en blanco—¿De verdad vas a llorar de nuevo?

—Sacó un arma y la puso en las manos de Lee Nok—. Ahora, el último resguardo. Dispárame.

Las lágrimas a esta altura caían sin control.

—No quiero lastimarte.

—¡Careces de opciones idiota! ¡Dispárame o todo será en vano! ¡Voy a terminar muerto de todas formas! ¿Eso quieres? —Lee Nok negó y acarició el arma. La colocó en su mano de derecha. Su primo asintió—. Solo asegúrate de que no sea de gravedad.

Lee Nok se enfocó en su hombro, dio un suspiro y su dedo se movió sobre el gatillo. Su primo hizo una mueca de dolor y cayó al suelo.

—¡Uno más! —ordenó—. Sobre la pierna.

Lee Nok obedeció. Su primo contrajo la mandíbula. Lee Nok quería abrazarlo, quería salvarlo, pero, en ese momento, solo podía salvarse a sí mismo.

—Gracias—balbuceó en medio de las lágrimas—. Jamás lo olvidaré.

—Vete de aquí ahora. —Ji Hwan contrajo la mandíbula ante el dolor en su cuerpo. Su corazón estaba a punto de salirse de su pecho—. No te atrevas jamás a regresar ¿Me oíste?

—No lo haré.—Lee Nok le dio una sonrisa débil. Su rostro dolía como el infierno por los golpes—. Tienes mi palabra. Sé un buen líder, mucho mejor de lo que mi padre fue. Mejor del que yo podría ser.

—Lo juro—replicó el muchacho y Lee Nok dio pasos hacia atrás.

Guardó el arma entre su cinturón y corrió hacia la puerta.

Tenía un solo objetivo que era tomar ese maldito avión.

Lo único que llevaba era lo puesto, su rostro amoratado, la sangre sobre su ropa.

Salió de la habitación y se topó en los custodios desparramados en el suelo, pero sin sufrir un rasguño.

Se movió con velocidad hacia las escaleras.

Su respiración agitada era lo único que cubría el espacio.

El vacío y el frío le llenaron las entrañas. Cargaba en su bolsillo algunos dólares y un par de tarjetas de crédito que no podría usar para evitar que lo rastrearan. Necesitaba más efectivo.

Abrió la puerta cuando llegó a planta baja.

Las voces de los turistas llenaban el lugar, los clientes del hotel iban y venían.

Algunos lo miraron con cara de horror. Lee bajó la mirada.

Se arregló la camisa como pudo, alisó su cabello sudado con sus manos temblorosas.

Sus ojos iban de un lado a otro, pero sus pies se movían sin descanso.

Cruzó la puerta giratoria y notó la limusina aparcada. Su corazón se detuvo. El chofer tenía la vista en su celular sin percatarse de su presencia. Lee Nok corrió en dirección contraria.

Las calles de Tokio estaban cubiertas de nieve, la gente caminaba apresurada, pero no más que él. Corrió empujando a algunos transeúntes. Uno, dos, diez calles, se detuvo ante un pequeño negocio perdido entre dos enormes edificios, era una casa de empeño.

Miró su reloj, el vuelo saldría en dos horas, pero ese no era su mayor problema. La falta de dinero y , sobre todo, su vestimenta haría imposible que fuera admitido en un avión.

Debía limpiarse y cambiarse de ropa y, para ello, necesitaba más dinero. Se quitó su Patek Phillip , ese que su padre le regaló antes de que todo se destruyera. Lo que le ofrecieron apenas le alcanzaría para comprarse una muda de ropa y quedarse con algunos dólares más, pero no importaba.

Con cuatro mil dólares en su bolsillo, después de rogar al maldito estafador de la casa de empeño que le diera poco más, Lee Nok se deshizo de su celular y de su billetera, a excepción de su documento y el boleto de avión.

Detuvo un taxi, subió de inmediato. El hombre lo observó de pies a cabeza, pero no dijo palabra.

—Al aeropuerto, por favor—indicó y el hombre sintió.

Se cambió la camisa mientras viajaba en el vehículo y limpió unas manchas de sangre de su cuerpo. El frío casi lo había congelado y la calefacción poco podía hacer para su hipotermia.

Una vez que se cambió, introdujo la camisa rota y ensangrentada en la bolsa. Respiró profundo, el temblor en su cuerpo no se iba. Su cabeza volvió a su primo. Estaría bien, debía estarlo.