Siete
Londres, Gran Bretaña.
Dos días después.
—Barud.
—No van a negarme eso.—El hombre estaba en el sofá de terciopelo en la sala de la mansión Callum. El lugar donde habían decidido reunirse, debido a la gran seguridad que esta tenía—. Ni siquiera puedo darles el adiós a mis hermanos ¿Te das cuenta lo que me estás pidiendo? —Golpeó el apoyabrazos.
Anael y Lisandro se encontraban frente a él en medio de la opulenta sala. Jesse estaba apoyado al lado de las ventanas observando el exterior que, a cada segundo, se cubría un poco más de nieve. Quizás era su castigo. Morir congelados, quedar petrificados ante la fuerza despiadada de la naturaleza.
—¿Comprendes que hacer un funeral implicaría exponerte? —Lisandro fue quien habló—. Es por tu maldita seguridad.
—¿Lo habrías aceptado?
—¿Qué?—Lisandro frunció el ceño.
—Si no hubieras podido despedirte de tus hijas, ¿lo habrías aceptado sin más?
La mandíbula de Lisandro se tensó.
—No te atrevas.
—¿A qué? —Barud empujó—. ¿Acaso la vida de ellas o tu amor es mayor al que siento por mis hermanos?
—Tragó saliva—.Mi hermana murió en mis brazos, imbécil.
—No midió su tono—. Sentí cuando el frío la consumía, sentí su corazón apagarse contra el mío y yo solo…
— Su voz se quebró. Lisandro dio un profundo suspiro.
Se puso de cuclillas delante de él y apretó sus rodillas con ambas manos.
—Perdóname si te ofendí. —Lisandro rompió la tensión. Le debía una disculpa—. Sé que tu angustia es real, pero tus hermanos murieron tratando de protegerte. Si sales allí, es como si te sirvieras en un plato para que ellos se den un banquete. Es injusto.
Barud se limpió algunas lágrimas. Su piel continuaba pálida y sus ojeras seguían allí.
Lisandro contempló al hombre por el cual tenía celos atroces.
Ya no era el hombre de rasgos árabe europeo que derretía a todo el mundo con su presencia, aun así, seguía siendo hermoso, llamativo de manera que muy pocos seres humanos lo eran.
Lisandro se debatió entre odiarlo un poco más y ayudarlo a ponerse de pie. No estaba acostumbrado a odiar y eso, por momentos, lo hundía en una culpa aplastante.
Detestaba qué Barud hubiera compartido toda su vida junto a Anael. Le carcomía conocer que se habían acostado incluso.
«No lo amo de ese modo ¿Por qué no puedes dejarlo?».
El rostro confundido de su novio no se iba de su mente, y luego estaba la cuestión de la lealtad inquebrantable.
Barud Sinclair jamás habría dudado de Anael, jamás lo habría dejado pudrirse en una cárcel sin una mínima defensa, sin escuchar sus argumentos.
—Está bien—balbuceó Barud. Lisandro pestañeó, frenando la avalancha de pensamientos tortuosos. Volvió a esa habitación, al calor de la chimenea y a la nieve golpeando las ventanas, más allá de los cristales—. Iré a donde ustedes crean conveniente.
«Cruda resignación».
Anael puso las manos en sus sienes y las masajeó. Dejar solo a Barud era condenarlo. Necesitaba terapia, pero ¿quién osaría formar parte de esta locura sin temor a perder la vida?
—Deberíamos seleccionar al equipo—explicó Jesse que estaba afirmado en la pared, al lado de la enorme ventana—. Me gustaría que revisen mis candidatos.
—¿Y la NCA?
—Les informaremos que Barud será traslado a un lugar seguro, eso es todo. Si ellos quieren colaborar, primero deberán demostrarlo.
—Si estos hijos de puta me quieren muerto, pues no hay mucho que hacer. El desenlace es el mismo, lo único que cambiará es la forma o la geografía.
El Anael dio un suspiro.
—Si es un desperdicio o no, es algo que nosotros decidiremos.
Barud se hizo hacia atrás en el sillón. Su espalda apoyada por completo en el sofá.
—¿Por qué no me entregan? —preguntó a su amigo—. O permiten una emboscada. Ellos vendrán por mí, ustedes se encargan.
—No es tan sencillo—Jesse lo interrumpió—. Son demasiados los que intervienen. Stoickov, Taillant, Pércovich. Cada uno tiene sus aliados, sostienen esta guerra sin problemas. Poco a poco han ido eliminando a cada una de las familias que formaban parte del negocio. No vamos a destruirlos tan fácil.
—Eres un Callum.—Barud señaló—. Si alguien tiene los recursos, ese eres tú.
—¿Y quién te asegura que cuando te tengan muerto esto finalizará?
Además, ya no nos dedicamos a esto. Yo no soy mi abuelo, ni mucho menos mis primos.
Hago lo que puedo, pero debo ser realista en este punto.
No estoy a la altura para comandar una guerra en contra de alguien como Stoickov. No es mi intención estarlo tampoco.
»La mayor parte de las personas que se han quedado en Londres, que se han quedado en esta casa, que han confiado en mí son viudas con hijos pequeños a cargo.
La guerra con los Morgan nos destruyó. Esa es una verdad insoslayable.
Sí, el alcance de las guerras lo he vivido y padecido y no voy a entregarte en vano.
El silencio llenó la sala. El crepitar del fuego era lo único que lo rompía.
—Vamos a terminar en el infierno—agregó Barud y Anael se encogió de hombros.
—Es lo más probable, pero mientras esté a nuestro alcance aplazar el encuentro con Lucifer, lo haremos.
—¿Irán conmigo? ¿Si vamos a Escocia me acompañarán? —Barud se levantó y se acercó a Anael—¿Crees que pasar algunas semanas en la tierra de los duendes y las hadas me proteja?
Anael hizo una mueca.
—A menos que hayan mutado a seres de dos metros, musculosos y expertos en armas de fuego, creo que no, pero…
—levantó ambas manos y las puso sobre los hombros de su amigo—, en medio del caos en el que estamos viviendo, es la única alternativa.
Vamos a protegerte, hasta que encontremos la forma de que puedas negociar un acuerdo con tus rivales.
Barud le dio una sonrisa de labios cerrados. Puso la mano izquierda sobre la mano de Anael que estaba en su hombro derecho y presionó.
—Haré esto no porque considere que valgo la pena, sino por ti, porque sé que te importa.
—Lo haces.—Anael replicó—. No te imaginas cuánto.
Lisandro se mantenía a un metro de ellos siendo testigo de la interacción. Estaba cruzado de brazos, su mandíbula tensa. Sus ojos fueron a Jesse quien le dio una sonrisa burlona.
—Bueno—Jesse puso las manos en su bolsillos—, supongo que ahora solo nos queda rastrear a Jacob Taillant.
Anael cerró los ojos y maldijo.
—Siempre me dejo llevar por tu cara de niño bueno. Me olvido de que eres un hijo de puta como todos tus parientes.
Barud frunció el ceño.
—¿Quién…?—Su corazón se saltó un latido, porque supo, por la cara del Anael, que su vida iba a cambiar de nuevo—¿Quién es Jacob Taillant?