Seis
Tokio, Japón.
Tokio en invierno parecía una ciudad salida de un sueño.
Los copos de nieves caían sin cesar y bañaban los rascacielos.
Las calles de Tokio brillaban bajo una fina capa blanca.
La escarcha era constante, lo había sido desde que llegaron a la ciudad.
En los cruces más concurridos, los paraguas flotaban entre la multitud apresurada.
La nieve transformaba cada sitio y lo teñía de una belleza inigualable.
Los árboles de cerezo desnudos vestían ramas cubiertas de cristales blancos.
El aroma de las calles se mezclaba con el de los puestos de comida caliente: ramen humeante, castañas asadas y té verde.
La nieve hacía que todo se sintiera más pausado, más único, más bello también.
—Has estado muy callado— dijo Kim Do Jin a su sobrino, ubicado del otro lado de la mesa de caoba, en la suite donde se alojaba—. Pensé que te agradaría salir de Corea.
Lee Nok puso su vista en el regazo y tragó saliva.
—Estoy aquí bajo tus órdenes. Estoy en un posición que me desagrada por mera obligación. Que sea Corea o Japón resulta irrelevante.
Do Jin tensó la mandíbula. La mano derecha que estaba sobre la mesa se cerró en un puño.
—¿Seguirás con la misma actitud? ¿Qué es eso de hablar de libertad cuando tu responsabilidad está con la familia?
Una pequeña sonrisa se dibujó en Lee Nok. Una mueca débil que era lo único que su rostro era capaz de esbozar, luego de meses de dolor, navegando entre la pérdida y el anhelo inquebrantable.
—Familia. —La palabra supo a cenizas en su paladar—¿Piensas que siento honor al formar parte de esto?
—¡Basta! —La voz se elevó—¿Hasta cuándo seguirás con tus lamentos?
El silencio llenó la suite. Cada espacio vomitaba opulencia, gritaba poder, pero a Lee Nok, eso le dejó de importar muchos años atrás.
El timbre de la habitación sonó. Do Jin le hizo seña a uno de los hombres que lo custodiaba para que abriera la puerta. Los camareros ingresaron con el almuerzo, preparados para servirles.
Kim Ji Hwan, el hijo de Do Jin ingresó en ese momento.
Había cumplido los dieciocho años tan solo dos meses atrás, pero albergaba el entusiasmo que Lee jamás tendría, ni siquiera en mil vidas.
Entusiasmo por su posición, por lo que representaban.
Honor por su familia, reconocimiento por ser quien era y agradecimiento.
—Padre—hizo una reverencia—, querido primo. —Lee Nok dio un asentimiento—. El kumichō nos espera a las dos de la tarde. Desea que ambos estén presentes.
Do Jin dio un suspiro y negó, luego levantó su vista. Sus ojos se clavaron en su sobrino.
—¿Entiendes la importancia de este acuerdo?
—Comprendo que es importante para usted.
Do Jin se levantó despacio y caminó hacia Lee Nok. La bofetada cayó sobre su mejilla izquierda.
—Eres un bastardo desagradecido—apretó los dientes cuando hablaba—. No te basta con haber huido y dejar a tu padre en deshonra simplemente…
—No controlas mi alma—Lee se enfocó en él. Su rostro ardía—, tampoco mis sentimientos. Puedes obligarme a fingir, pero jamás esperes que lo haga con una sonrisa.
El pecho de Do Jin subía y bajaba. Estaba conteniendo ráfagas de ira que atacaban su cuerpo sin piedad. Lee Nok rogó que la furia despertara, que su tío le diera la ansiada muerte, la liberación.
A escasos metros Ji Hwan era testigo del enfrentamiento. Do Jin se apartó y se alejó de la habitación. Los dos primos quedaron en silencio ante la mirada atónita de los dos camareros. Ji Hwan negó varias veces.
—¿Por qué te niegas a seguir sus órdenes?
—Porque mi destino no es algo que los otros construyan. Es mi decisión. No importa lo mucho que me golpee o me humille.
Ji Hwan resopló. Una breve sonrisa de labios cerrados apareció y se borró casi en inmediato.
—¿Es tan difícil aceptar tus privilegios? —cuestionó—. Tenemos una vida que la mayor parte de los seres humanos únicamente sueña, poseemos todo lo que deseamos, sin límites.
—¿De verdad? —Lee Nok lo interrumpió—¿De verdad piensas que un ser humano honraría esta miserable vida?
—Te convertirás en el dumok . Está en tu sangre, es tu destino. Tu palabra será ley, pero claro tú prefieres seguir llorando por los rincones y lamentarte por una vida que nunca existió.
Fue imposible para Lee Nok ocultar una risa profunda y amarga.
—Me dejó pudrirme dos años es una de las peores cárceles.
Pasé hambre y desesperación. Estuve a punto de ser golpeado y abusado más veces de las que puedo contar ¿Tienes idea de lo que es dormir en la oscuridad y saber que, en cualquier momento, un reo puede tomarte y desangrarte por el culo?
¿Puede tu mente albergar la idea de que alguien ponga un cuchillo en tu cuello y te fuercen en las duchas?
¿Alguna vez sentiste a las ratas caminar sobre ti mientras duermes?
¿Alguna de ellas te mordió? ¿Alguna vez el hedor te invadió de tal manera que sentías náuseas de ti mismo?
Ji Hwan bajó la mirada.
—Eso no es…
—¿Qué hizo esta honorable familia por mí? —interrumpió Lee sin quitar el pie del acelerador—¿Qué hizo mi honorable padre por mí? ¿Y mi querido tío?
Ji Hwan frunció el ceño, un marcado gesto de desprecio.
—¿Cómo te atreves a hablar así del dumok fallecido?
—Ni siquiera conoces lo que es el mundo real. Puedo asegurarte que no es esto—Lee señaló a su alrededor—.El dinero no nos hace inmunes al dolor y a la pérdida.
Ji Hwan negó.
—Eres un idiota. Sigues intentando negar lo que eres.
Lee Nok se rascó una ceja.
—No me convertiré en lo que ellos desean. Si quieren matarme, pues que lo hagan. Yo no voy a ceder.
Lee Nok intentó irse de la habitación, pero su primo lo agarró de la manga de su camisa.
—¿Sigues amándolo? —cuestionó con el ceño fruncido—¿Al tipo por el que perdiste tu libertad y tu vida en Londres?
Lee Nok se permitió una sonrisa, una muy débil.
—Lo voy a amar toda la vida. Fue lo más hermoso que me ocurrió.
—¿Cómo puedes…?—Su primo apenas podía creer—¡Es un hombre!
—No es solo un hombre. —Lee Nok no se detuvo—. Es el ser que me salvó de la oscuridad.
—Un Ángel. —Ji Hwan siguió su pensamiento sin querer.
—Un Ángel—Lee afirmó—, y tiene mi corazón por la eternidad.