Cinco
Mansión Callum.
Londres, Inglaterra.
Uno, dos, tres golpes. El frío de la katana rozó su hombro y perforó su ropa dejando una laceración en su piel pálida.
El joven hombre tensó la mandíbula, su cuerpo se tambaleó.
Apoyó una rodilla sobre la lona blanca de su espacio de entrenamiento.
Unas gotas de sangre impregnaron la katana de su oponente y otras se derramaron profanando la pureza del lugar.
—Sigue bajando la guardia cuando se percibe dominador.—Olivier, el guardaespaldas de confianza de Jesse Callum, criticó su movimiento—. Es la segunda vez que lo hiero. Deberíamos practicar con…
—Está bien—Jesse interrumpió y se puso de pie. Tomó posesión de combate de nuevo—. Sigamos.
Su guardaespaldas dio un suspiro y miró a un costado.
—Jesse.
—¿Por qué temes lastimarme? —preguntó con curiosidad.
—Porque estoy aquí para protegerte, no para infligirte dolor.
Jesse le dio una sonrisa de labios cerrados.
—Protegerme no implica impedir que aprenda y sea mejor de lo que soy en todos los ámbitos, sobre todo, en el combate, incluidas estas malditas espadas.
Olivier le sonrió y asintió. Adquirió una vez más posición de ataque.
—Muy bien, jefe. Venga aquí.
—¿Cuántas veces te he dicho que no me trates de usted?
Jesse estaba a punto de atacar cuando una voz los interrumpió.
—La separación entre tus piernas es demasiada. Eso hará que pierdas el equilibrio, tarde o temprano.
Jesse miró sobre su hombro a las dos figuras que caminaban hacia él.
—¿Dándole consejos de combate a un Callum, Morgan? Ten cuidado con eso.
—Me follo a uno todas las noches. Creo que, después de eso, también puedo aconsejar un par de cosas.
—¡Por Dios, hombre! —Lisandro le golpeó el brazo—¿Por qué todos tienen que enterarse de tu vida sexual? ¡De nuestra vida sexual!
—¿Qué? —Anael se encogió de hombros—¿Te avergüenza? Yo estoy orgulloso de ello.
Jesse le entregó su espada a Olivier. Lisandro notó la herida en su hombro izquierdo.
—Estás sangrando.
—Un rasguño.—Jesse le quitó importancia—. Nada que no pueda manejar. —Estrechó la mano hacia los hombres—. Es un gusto recibirlos a ambos.
—¿Incluso cuando solo traemos problemas?
—Nuestros apellidos son sinónimo de problema—aclaró—. Queramos o no, siempre nos encuentran. —Le hizo una seña a Olivier para que le acercara una toalla para colocar sobre su herida—. Acompáñenme, por favor.
Olivier se apartó y limpió la espada manchada con sangre. Caminó hacia la extensa vitrina adherida a la pared donde había toda una colección de armas de diferentes estilos y épocas. Lisandro observó algunas, muchas se asemejaban a reliquias. Jesse arqueó una ceja.
—¿Todavía sigues procesando?
Lisandro tragó saliva y bajó la cabeza.
—Me resulta increíble formar parte de esto.
—El destino a veces tiene un sentido del humor bastante retorcido—agregó Jesse.
Caminaron hacia las oficinas que Jesse tenía en la mansión.
La vista de Lisandro fue hacia los jardines, el espacio cubierto por un manto blanco donde en primavera reverdecían rosas de infinitos colores y fuentes que daban vida a pájaros y mariposas.
La mansión era un sueño, una sinfonía de tonos suaves, columnas de estilo griego y arte cubriendo las paredes.
Pensó en la historia en la cual recién comenzaba a adentrarse.
Quizás, sueño no era la palabra correcta, al menos, no para Jesse, el hombre detrás de los negocios que los Callums todavía mantenían en pie, lejos de la ilegalidad.
Anael y Lisandro se movieron detrás del muchacho mientras que Olivier iba a un par de metros de ellos, atento a cada paso que daban ¿Cómo podía acostumbrarse a vivir así?
Lisandro todavía no lo entendía, ¿cómo te acostumbras a que la libertad tenga precio?
¿A que siempre debas estar atento? Siempre a la espera del próximo puñal por la espalda.
La nieve golpeaba los cristales con una furia incontrolable, como si el mismísimo Dios buscara entrar a cada hogar y castigar. Atravesaron cada pasillo hasta llegar a una sala que poseía aberturas hacia los cuatro puntos cardinales.
«Vías de escape».
Lisandro lo pensó, aunque también podían considerarse armas de doble filo.
La puerta del despacho era una enorme estructura de madera antigua preservada, de un color marrón intenso.
En ella había un grabado de rosas que convergían a un punto central donde el símbolo celta del lauburu se combinaba con bronce.
Vida, muerte, vida. El culto perpetuo de la eternidad.
—Tomen asiento—dijo Jesse con tranquilidad mientras él se ubicaba frente a ellos. La estufa a leña estaba encendida. El calor llenaba el espacio. Jesse entrelazó sus manos sobre el escritorio antiguo—. Bien—esbozó con una media sonrisa—, supongo que quieren escucharme.
—Más que nunca—agregó Anael—. Barud sigue siendo atacado. Ni mis contactos, ni la NCA están haciendo demasiado. Es como si a nadie le importara que Londres se estuviera prendiendo fuego.
—Les importa.—Jesse explicó—. El tema es que no saben qué hacer.
Jamás han estado en una situación así. Pelea entre bandas, guerra por narcotráfico, muerte tras muerte en las calles.
Esto es nuevo para Londres. —Abrió uno de los cajones y extrajo una carpeta azul—.
Stoickov no está operando solo, pero creo que eso ya lo sabían.
—¿Es él quién está detrás de todo esto?
—Ha contratado mercenarios lituanos y bielorrusos ¿Quién más?
—preguntó Jesse—. Aunque lamento decirte que ese es el menor de tus problemas ahora, Morgan, y, sobre todo, es el menor problema de Barud.
Créanlo o no. —Abrió la carpeta y deslizó fotografías.
Apareció un hombre moreno muy similar a Barud, de profundos ojos oscuros.
—¿Quién es este? —preguntó Anael.
—Jacob Taillant. Es argelino, formó parte de un grupo radical islámico. Ahora se cree que fue reclutado por Stoickov. Esta foto fue tomada hace seis meses. El problema es que nadie lo ha captado desde entonces, aunque se sabe que sigue aquí. Es una especie de fantasma.
—No parece el tipo que planearía un atentado.
—Creo que el objetivo de este hombre es más específico. —Jesse sacó otra fotografía y la expuso—Este es Novan Pércovich, un lituano que ha trabajado con David Hartmann antes de que lo asesinaran.
—Dime que estos dos no están juntos.
—Claro que lo están, Ángel. Ambos son aliados de Stoickov. El tipo los abastece de dinero, ellos reclutan a la gente. En resumen, Dima Stoickov es el encargado de financiar la violencia total y completa en las calles. Taillant y Pércovich se aseguran de que el objetivo se cumpla.
—Quieren borrar a Barud. —Reconoció Anael.
—Es una necesidad. Sabes tan bien como yo que no puede haber dos jefes y menos en estos negocios.
Si bien el padre de Barud tejió muchos contactos a lo largo de los años, muchos de éstos tienen miedo de actuar solos.
Barud, ahora mismo, carece de la capacidad económica suficiente para sustentar una lucha a largo plazo.
El plan, a mi criterio, es derribar al príncipe.
El problema es que el rey era bastante poderoso.
—Si supieran que el príncipe está al borde del suicidio.
—Lo saben—Jesse afirmó—. Sin embargo, tiene su vida y sigue siendo el legítimo dueño de este negocio, pero eso no es todo, hay un trasfondo muy personal para Jacob Taillant.
—¿Esto puede ponerse peor? —Jesse observó a Anael sin decir una palabra. Este golpeó el escritorio—¡Mierda!
Los dedos de Jesse tamborilearon en el escritorio.
—La madre de Jacob fue una de las tantas amantes que tuvo Ergan Sinclair.
Lisandro y Anael se quedaron como estatuas, luego, el Ángel comenzó a reír. Primero despacio y luego a carcajadas. Lisandro se mantuvo en silencio a su lado, entretanto el rostro de Jesse estaba pétreo.
—Me está jodiendo. —Se limpió las lágrimas—.
Este es el mismo tipo que hablaba de familia y moralidad, el mismo tipo que decía que la familia era todo y había que dar la vida por ella.
—Anael volvió a golpear el escritorio—. Este es el mismo hijo de puta que obligó a su primogénito a hacerse cargo de un negocio que jamás quiso, porque era un deber familiar. —Había rabia y dolor en su voz.
—Era el rey del narcotráfico—Lisandro agregó—¿Crees que un hombre como él solo albergaría ese pecado?
Se quedaron en silencio procesando la información.
—Seguro que quedaré como idiota, pero supongo que el tipo sabe su parentesco—dijo Anael y Jesse cerró los ojos—Genial, simplemente fantástico. Ahora entiendo todo el puto rompecabezas. A este no le interesa el territorio, ni el maldito trono. Quiere la cabeza de su hermano.
—Con lo ocurrido, tiene el camino libre—señaló Lisandro quien se estremeció ante lo que vendría—¿Cómo vamos a proteger a este hombre?
—Barud ha perdido a prácticamente todos sus hombres.
Ha perdido a sus hermanos, el negocio que su padre construyó.
No tiene nada y nosotros somos incapaces de protegerlo— esbozó con dolor en su voz—.
Ya lo intentamos. Le aconsejé vivir en medio de la nada con una veintena de hombres armados ¿Para qué?
¿Para terminar semicongelado con su hermana muerta en sus brazos?
—Anael suspiró cansado—¿También tengo que verlo morir a él?
Jesse miró hacia un costado. La nieve caía a raudales y cubría las copas de los árboles. Lisandro se levantó, y abrazó a Anael por detrás mientras este todavía estaba sentado.
—Vamos a encontrar la forma—dijo en su oído—. No vamos a rendirnos. Tú mismo dijiste que nunca abandonarías a las personas que fueron incondicionales contigo, entonces encontraremos la manera.
—Las Highlands . —Jesse habló y ambos se giraron hacia él—. Los Callums tenemos un castillo allí.
—¿Es el que visitan Maika y Bryce? —preguntó Anael.
—Ese mismo. Ellos fueron los primeros visitantes después de una década. Ese castillo forma parte de la familia. Se lo dieron al abuelo por uno de sus servicios.
—¿A cuántos mató esa vez? —Anael cuestionó—. Deben haber sido muchos cuando la recompensa fue tan grande.
—Theodore Callum no hablaba de la muerte, sino de los beneficios que podía sacar de ella—aclaró Jesse.
«Escocia».
Barud podía llegar a ponerse peor en la soledad de ese lugar, sin mencionar que necesitaba cuidados médicos y la NCA lo necesitaba de manera constante haciendo preguntas que, aunque inútiles, eran una obligación.
—Dudo que sea posible—esgrimió Lisandro—. Barud no cuenta con la infraestructura para protegerse, y nosotros no estamos en condiciones de proporcionarle eso.
—Londres está sumido en el caos y en la desesperación.
—Jesse lo interrumpió—. La policía y el gobierno intentan contener la violencia en las calles.
Confía en mí, poco les va a importar un hombre, el cual, según ellos, carece de todo tipo de poder.
Un análisis equivocado, pero ¿quién soy yo para contradecirlos?
No obstante, eso nos jugaría a favor.—Jesse se dirigió a su primo—.
Lisandro, eres un Callum y, como tal, tu seguridad es un derecho en esta familia, al igual que tu entorno.
—No me considero un Callum.
—Lo sé y no te lo digo para que estés orgulloso de serlo, sin embargo, ser portador de estos genes, conlleva privilegios.
Pueden ocupar el lugar, abastecerlo. Hay un personal escaso, pero hay.
Desde mi posición, les proporcionaré seguridad, lo que Barud necesite, mientras encuentran la forma de lidiar con Taillant y Pércovich.
Tal vez, y solo tal vez, si tienen suerte, los otros grupos se encarguen por ustedes.
—Eso y las vacas vuelan—agregó Anael con suspicacia.
Lisandro bajó la mirada. Era una propuesta alentadora, mejor de lo que esperaban.
—¿Piensas que Barud aceptará?
Anael negó.
—En un principio no lo hará, pero carece de alternativas. Es eso o dejar que estos bastardos ganen.
—Ya ganaron. —Jesse enfatizó—. Mataron a su familia.
—No lo hicieron, no todavía. Está vivo y mientras se mantenga de ese modo, tiene la corona.