Príncipe (Bilogía Morgan 2) Cuatro
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Cuatro

Barud y Sura, con las fuerzas que les quedaban, corrieron hasta que sus músculos se contrajeron de cansancio.

No era sencillo correr entre la nieve y, mucho menos, en la oscuridad.

A medida que se alejaban de la flama ardiente en la que se había convertido la mansión, el bosque se volvía más tenebroso.

Sura seguía intentando llamar con su celular, pero la comunicación era imposible.

No habría ayuda, no en ese bosque de hielo sobre el cual cayeron sin retorno.

La respiración agitada de ambos, el hielo irrumpió en su sistema respiratorio congelándolo desde adentro, sus rostros agrietados por el frío y las lágrimas que se cristalizaban en sus mejillas rojizas ¿Cuánto más debían correr?

¿Hacia dónde? ¿Había salida de allí? Barud cayó de rodillas y Sura se fue sobre él.

La chica buscó la manera de ponerse de pie.

—Vamos, por favor. Un poco más—dijo convencida de que encontrarían una salida, de que su mundo podía colapsar, pero no terminar de ese modo. No después del sacrificio de su hermano mellizo.

Barud gritó y sacó fuerzas de flaquezas. Puso un pie en la nieve y se impulsó hacia arriba. Se agarró al cuello de su hermana pequeña, la misma a la cual le había leído cuentos y enseñado a jugar videojuegos.

El bosque se extendía en todas direcciones, por lo menos cinco kilómetros los separaban de la carretera principal. Una carretera que estaba cubierta de escarcha ¿Cuánto más aguantarían? La tormenta no cedía un milímetro.

«Nunca tuviste lo suficiente».

Quizás todos tenían razón, ni siquiera fue capaz de cuidar a sus hermanos. Era un monigote con medio cerebro que, por enésima vez, huía para preservar su vida.

¿Vida? ¿A quién le importaba vivir después de lo ocurrido con Merim?

Sura cayó una vez más. Su cuerpo delgado y adolorido se quedó sin fuerzas. Fue ahí cuando el hombre notó lo que la adrenalina y el miedo le impidieron en el primer momento. El abrigo beige de su hermana se teñía, poco a poco de un color rojo intenso en su costado derecho.

—Sura, eso es…—Atrajo a su hermana hacia él. La arrastró hacia uno de los árboles y afirmó su espalda allí.

—Uno de los disparos me alcanzó—susurró en medio del viento y la desolación—. Perdóname, Barud.

El hombre la abrazó contra su pecho temblando por el frío y la desesperación ¿Qué debía hacer?

Miró hacia atrás. Por algún motivo, los bastardos restantes no los habían seguido ¿Acaso no se habrían percatado de su ausencia? ¿Las llamas los alcanzaron? ¿Los hombres que los custodiaban mataron a todos? Tantas preguntas de las cuales nunca tendría respuesta.

El hombre se giró hacia su hermana.

—Prométeme que vas a vivir, que estos bastardos recibirán su merecido.

—Vamos a vivir. —Barud corrigió de inmediato con la angustia rasguñando su garganta seca por el frío.

Solo tenían la luz del celular. La noche se tornaba más cerrada, más oscura, más profunda, incluso los rasgos del otro eran difíciles de visualizar—.

Por favor—sollozó contra su hombro—. Si me dejas, no me queda nada.

La mano fría fue hacia la suya. El entumecimiento en sus extremidades hizo que el contacto se sintiera débil, casi inexistente.

—Siempre vamos a estar contigo—su voz apenas se oyó en medio de la tormenta—. Vive por nosotros, vive feliz incluso en los días de absoluto dolor, y jamás te rindas.

Barud la apretó contra su cuerpo en un intento vano y estúpido por brindarle calor, por sostener la sangre en su cuerpo y que esta dejara de escurrir sobre la nieve.

El cuerpo se tornó rígido, el hombre supo que su hermana había dado su última exhalación, pero, aun así, no se apartó de ella, no se apartó de su pequeña.

«Permítanme marcharme con ustedes».

Rogó mientras su espalda se apoyaba al enorme árbol y la nieve, en su caída incesante, lo cubría. No iba a seguir luchando Ya no había razones para hacerlo, ni siquiera la venganza.

***

—¿Qué quieres ser cuando seas mayor?

—¿A qué te refieres?

El pequeño querubín le sonrió. Puso sus manitos cálidas en su rostro.

—Cuando nos volvamos viejos como nuestros papás.

El pequeño Barud se encogió de hombros.

—Papá dice que debo seguir sus pasos.

—¿Por qué? —El angelito frunció el ceño de manera adorable, pero con un atisbo de crítica—. No eres él.

Barud sacudió la cabeza.

—Eso no importa, todos tenemos un camino que seguir.

—Pero ¿y si eso no te gusta?

Barud observó al niño rubio con sus enormes rizos que caían sobre su frente. La pregunta lo golpeó de muchas maneras, pero jamás fue capaz de responderla.

Un ahogo, sus ojos a punto de salirse de sus órbitas, la luz sobre su rostro.

Sus orbes negros escrutaron el espacio blanco y pulcro. Estaba en un maldito hospital. No había muerto ¡No había muerto, la puta madre!

La furia hirvió en sus células. Las escenas de lo ocurrido en la mansión golpearon como ráfagas provocando una tormenta emocional inenarrable. Un grito atroz salió de lo profundo de sus entrañas. Un grito que hablaba de décadas de dolor.

Una figura alta y rubia apareció con su rostro desencajado, detrás de ella, un hombre de cabello negro.

—¡Por qué!—Barud les gritó con toda su alma—¡Por qué!

—Barud ¡Cálmate! —Anael lo sostuvo entre sus brazos mientras Lisandro Callum llamaba a los enfermeros y a los médicos, los cuales, corrieron hacia la habitación para intentar controlar a una bestia embravecida que despertaba de su cruel letargo—¡Sura!

—Fue lo último que su voz gritó, mientras le administraban el sedante.

—Lo siento. Lo lamento tanto—sollozó Anael.

La vista de Barud se tornó borrosa. Las lágrimas se deslizaron por los laterales de sus ojos, los cuales se cerraron y, una vez más, se perdió en la oscuridad.

***

—¿Qué hago? —Anael preguntó, entretanto se mantenía observando a través de la ventana de cristal a su amigo que ahora dormía— ¿Qué haremos cuando despierte de nuevo? ¿Por qué no murió?

—¿Eso querías? —preguntó Lisandro que estaba a unos pasos de él.

—Sabes que no, nunca—replicó tajante—, pero es demasiado sufrimiento.

—La voz se le entrecortó. Lisandro lo estrechó entre sus brazos y Anael se lo permitió como pocas veces.

La vulnerabilidad podía costarles la vida en su profesión, de hecho, estuvo al borde de la muerte por sentimentalismos demasiadas veces—¿Cómo lo protegemos?

—Anael se giró hacia Lisandro. El hombre negó—.

Estos hijos de puta rompieron todas las defensas. Todo el mundo está desconcertado.

—La NCA no tiene nada todavía—explicó Lisandro—. Jesse ha quedado en llamarme en cuanto tenga novedades, pero, por ahora, estamos a ciegas.

Anael negó con su cabeza.

—¿Alguna pista más entre los escombros del incendio?

Lisandro dio un suspiro.

—No, la nieve complica demasiado las cosas.

Anael bufó.

—Ese bastardo está detrás de esto ¡Estoy seguro!

—Por supuesto—Lisandro tensó a mandíbula—,quiere encargarse de nosotros. Sabe que somos el único límite que le impide vivir libremente, pero no nos atacará de manera directa, dudo que lo haga.

—El tipo entra y sale del país como un puto fantasma—graznó Anael—. La estrategia no solo es de Stoickov. La forma de operar es distinta. Es tan típico de él, siempre encontrando imbéciles que hagan su trabajo sucio.

—Nadie está intentando negociar en esta guerra.

—Los aliados de Barud se mantienen en la sombra, y los entiendo. Ahora, carecen de un gran rey que los proteja, pero este desastre…—pensó—. Hay alguien más entrando al juego, provocando una lucha de todos contra todos.

—Dudo que el gobierno sostenga este desastre por mucho más tiempo.

Dictarán el estado de emergencia nacional.

Es inminente—señaló Lisandro. El celular vibró en su bolsillo.

Miró la pantalla y arqueó una ceja—. Bueno, más rápido de lo que imaginaba—dijo antes de presionar responder.

—Jesse—. Anael observó a Lisandro quien respondía con monosílabos.

—Perfecto, estaremos allí a esa hora—. La llamada finalizó.

—¿Qué sucede?

—Jesse tiene información del asesino. Nos espera en la mansión Callum a las tres de la tarde.

—¿Dejaremos solo a Barud?

—Hay un batallón custodiando, además, después de cómo destruyeron y asesinaron a todo el mundo, ¿crees que nosotros dos los detendremos?

Anael tensó la mandíbula.

—Me conformo con llevarme a muchos de ellos al infierno conmigo.

Lisandro le dio una sonrisa de labios cerrados, acarició su rostro y lo contempló.

—Alguien que tiene tu belleza y tu corazón carece de un lugar allí.

Anael rio y negó.

—¿Por qué carajo tienes que decir esas cosas?

—¿Qué hay de malo? —Lisandro frunció el ceño.

—Haces que me enamore de ti un poco más incluso, y no puedo permitirlo.

Esta vez, Lisandro lo besó con lentitud.

—Enamórate más. Hazlo, por favor.—Lisandro rogó con su aliento sobre su boca—. Enamórate al punto de que, algún día, te plantees la idea de perdonarme por todo lo que ocurrió entre nosotros.

Sus frentes se unieron. Sus cuerpos percibieron el calor del otro como un bálsamo reconfortante.

—Lisandro.

—Esto va a continuar, Morgan—replicó—. Si no lo paramos, Barud terminará muerto, y nosotros también.

Anael abrazó al hombre y colocó el lateral de su rostro sobre el hombro de éste.

—Estoy tan harto de luchar. Te juro que ya no puedo. No quiero que la gente a mi alrededor siga muriendo.

—Pues entonces terminemos con esto. Despachemos a esos hijos de puta y que todo llegue a su fin.

—Anael observó una vez más a la figura que descansaba en la cama con sus ojeras y su rostro pálido.

Era incapaz de protegerlo, carecía de las armas, fuerza y poder económico para sostener una guerra contra un enemigo sin rostro—.

Vamos por Jesse—señaló—. Más que nunca necesitaremos de él.