Príncipe (Bilogía Morgan 2) Tres
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Tres

Merim caminó hacia donde estaban los medicamentos. Dio un suspiro al notar que había sobre el estante tantos remedios que se asemejaba a una farmacia. Acarició una de las cajas y contuvo el dolor. Su hermano apenas era una sombra de lo que fue, un sobreviviente, nada más que eso.

Su piel antes luminosa y de un suave dorado tenía ahora un tono pálido, sus ojos oscuros, siempre brillantes, ahora estaban hundidos y había profundos surcos violáceos debajo de ellos. Su cuerpo musculoso y fornido que era uno de los motivos de su orgullo, había perdido, por lo menos, quince kilos.

Dos años, dos malditos años. Eso es lo que separaba una versión de la otra.

—¿Sucede algo?—preguntó Barud. Su hermano contuvo las lágrimas.

—Nada—replicó y su voz se entrecortó—, solo pensaba.

Asió uno de los blíster de analgésicos y se lo mostró.

—Me llevo esto.

Barud asintió y Merim salió de la habitación. Barud se enfocó en el techo, en los sonidos del exterior, en la nieve que se derramaba sobre cada espacio. Pensó en su padre, pensó en su madre y en su figura sumisa, pero cariñosa.

—Le tenías tanto miedo—susurró al vacío.

La culpa lo envolvió como un manto pesado, porque jamás pudo defenderla, jamás se paró frente al hombre que los consideraba meras posesiones, en lugar de seres dignos de valor y amor.

Entonces, Anael Morgan golpeó su cabeza atormentada.

Barud regresó a esa sonrisa y al cariño que su padre Río siempre le dio y se odió un poco más.

Por años envidió ese amor, envidió todo lo que Anael tenía, cuando su amigo siempre le dio lo mejor.

Se sintió asqueado e impotente. Tal vez, las enfermedades sacaban lo peor de nosotros.

Barud tuvo que enfrentarse a su sombra como nunca antes y se retorció de remordimiento y desesperación.

Observó sus manos huesudas, los nudillos de un color violáceo ¿Cuánto tiempo llevaba sin empuñar un arma? ¿cuánto tiempo hacía que el verdadero Barud Sinclair había desaparecido?

Solo le quedaban sus memorias, los recuerdos buenos y malos. Los instantes de felicidad junto a sus hermanos y, a Anael. Los instantes de amor junto a su madre, antes de que la enfermedad se apoderara de ella y la desvaneciera. Su abrazo, sus manos que siempre se mantenían cálidas.

«Cuida a tus hermanos, es todo lo que tienes».

Un apretón en su mano derecha y solo silencio. Sollozos contenidos porque la tristeza no estaba permitida, no frente a su padre. No si pretendía ser el nuevo líder algún día.

Sonrió al recordar a sus amantes, les sonrió a esos segundos, a lo efímero, al placer que su cuerpo ya no sentía, al gozo del cual se alejó porque, en su situación, estaba seguro, convencido de que apenas mantendría una erección incluso si se esforzara ¿Por qué insistir cuando los médicos fueron claros?

«No pasará».

De inmediato su cabeza respondió sus dudas.

¿Quién lo querría como estaba? ¿Quién aceptaría migajas cuando ese hombre había representado todo? ¿Quién se conformaría con tan poco? ¿Quién sería capaz de ver más allá del cadáver viviente en el que se había convertido? ¿Quién sería capaz de ver al príncipe y no a la desgracia?

«¿Por qué carajo sigues pensando en sexo incluso ahora?».

Barud sacudió la cabeza. Se cubrió el rostro con ambas manos mientras yacía en la cama. Se estaba volviendo loco.

Un rugido de un motor entre la nieve.

Barud se sentó en la cama y su oído se agudizó. La casa estaba a las afueras de Londres, alejada de todo. No había vecinos, y era casi imposible que alguien lo visitara a esa hora de la madrugada.

El sonido se hizo más fuerte. Barud apagó la lámpara.

Se levantó de la cama como pudo con la ayuda de un bastón de madera que había aprendido a ser parte de él, aunque al principio se negara a usarlo.

Cuando se estabilizó, lo soltó. Se dirigió hacia la ventana, el sonido se tornó más nítido e incluso se expandió.

«Es solo una pesadilla».

Respiró profundo y abrió la cortina, la cual, caía pesada hasta el piso. Observó a través de los cristales en plena oscuridad. Cinco todoterreno se detuvieron frente a la casa. La adrenalina se disparó.

—¡Merim! —gritó con toda el alma. Se escucharon pasos a lo largo del pasillo y sus hermanos aparecieron.

—Los escuché—agregó Merim que venía con Sura, cuyo rostro estaba demacrado por el cansancio.

—Son ellos—confirmó Barud mientras buscaba la ropa para vestirse—. Hay que huir, encontrar la forma de llegar al garage. Puede ser por la estructura de ventilación.

Sura se cruzó de brazos, un instinto de protección.

—Tenemos gente afuera que nos protegerán, ellos…

Barud negó.

—Son muchos—aseguró Barud y señaló hacia el vestidor—.Quita las maderas de los estantes al lado del espejo.

Sura asintió, Merim ayudó a su hermano a terminar de vestirse. Escapar con temperaturas bajo cero era una sentencia peor que quedarse en esa casa.

—Solo somos tres.—Su hermano intentaba controlar el temblor en sus manos—¿Qué vamos a hacer? —preguntó el muchacho.

—Sobrevivir, es lo único que nos queda.

Su hermano bajó la mirada. Barud caminó hacia el interior del vestidor. Sura ya sacaba una docena de armas ordenadas a la perfección. Barud se posicionó a su lado y ensambló los rifles. Merim estaba paralizado.

—¡Hombre, apresúrate! —Sura gritó y este, por fin, reaccionó.

Los disparos comenzaron casi de inmediato en la planta baja. La luz de todo el edificio se fue. Solo quedaron iluminados por algunas luces de emergencia colocadas estratégicamente en la planta alta.

Barud probó uno de los rifles y se lo colgó en la espalda. Abrió su celular y lo primero que hizo fue llamar a su amigo Anael, pero la llamada no conectó.

—¡Maldición!

—La nieve—dijo Sura—, de seguro está haciendo estragos.

—No hay de otra.—Barud le dio un rifle a cada uno, y todo lo que podían cargar.

—¿Hace cuánto lleva esto aquí? —preguntó Merim que desconocía el arsenal guardado en esa casa.

—Desde que nuestro padre murió—aseguró Barud—, siempre supe que llegaría este día.

—Barud—la voz de Sura se entrecortó—, no estás en condiciones.

—Tranquila—abrazó a su hermana—, hay que moverse hacia el garaje. Ese tiene que ser nuestro objetivo ¡Vamos!

Los disparos en la planta baja, sumado a los gritos y destrozos cargaron el aire de nervios y miedo. Se movieron una vez más al dormitorio. Merim encendió el televisor para ver las cámaras.

La planta baja era un campo de batalla, había hombres ingresando en todas las direcciones. Uno de ellos era especialmente grande. Su rostro estaba cubierto por una capucha con la figura de una calavera, y también la llevaba tatuada en su cuello.

—No van a resistir—dijo Barud al notar que la batalla estaba perdida.

Los muchachos dieron pasos hacia el corredor cuando escucharon el tumulto en las escaleras. Esto le reveló la dirección del enemigo que ya estaba frente a ellos.

—Los conductos de ventilación no nos servirán—señaló Sura.

—Vamos hacia las ventanas al final del pasillo, desde allí saltaremos. —Barud los empujó.

El enemigo llegó al corredor en una especie de estampida. Los disparos resonaron sobre sus cabezas. La mampostería, partes del techo, de las paredes, el suelo mismo se levantaba ante la fuerza de los disparos. Astillas, yeso, concreto, todo caía sobre ellos.

—¡Agáchense!

Corrieron a través del enorme pasillo, las columnas de yeso se desmoronaban detrás de ellos. Se dirigieron hacia las ventanas, estas daban hacia un árbol inmenso cubierto de nieve Merim rompió la ventana y tomó a su hermana.

—Salta—Sura tragó saliva. La mujer puso su pie en la orilla del marco de madera—¡Salta ahora!

El viento y la nieve entraban a la casa en ráfagas gélidas.

El aire congeló sus huesos. Los disparos estaban sobre ellos, los hombres se cubrieron.

La mujer se impulsó y cayó sobre las ramas del frondoso árbol pegado a la casa.

Dio un grito desgarrador y se sostuvo con todas sus fuerzas.

La sangre en sus manos se congelaba, tenía heridas en toda su piel por la textura rugosa de la corteza del árbol.

Barud disparaba hacia los tipos que se escondían entre los restos de las columnas. No importaba cuánto lo intentara, no iba a vencerlos.

—¡Merim, sal de aquí! —gritó a su hermano, pero éste se negó—.

¡Te lo estoy ordenando! Sin embargo, Merim no era un hombre que recibiera órdenes con docilidad, sin importar lo asustado que estuviera.

No había sido un niño fácil, y mucho menos sumiso.

Sacó una granada de mano. Los ojos de Barud se abrieron con sorpresa.

Su corazón estaba a punto de detenerse—.

No te atrevas—advirtió Barud, pero Merim lo empujó hacia la ventana, mientras él se dirigía directo hacia los hombres que cubrían el pasillo—¡No!

Barud exclamó mientras quedaba sujeto a una de las ramas del árbol.

Sura tiró de su abrigo, sin embargo, él no estaba dispuesto a rendirse y, mucho menos, a dejar a su hermano sacrificarse.

Sura lo tironeó de su abrigo, entonces el fuego iluminó la planta alta.

La onda expansiva los hizo volar hacia los montículos de nieve, debajo del árbol, mientras las llamas se adueñaban del piso.

—¡Merim!—Barud exclamó de nuevo, con su cuerpo entumecido por el dolor y por la movilidad reducida. La desesperación borró cualquier rastro de raciocinio—¡Merim!

—¡Vamos! —Su hermana tiró de él. Barud se levantó como pudo. Sura lo arrastró—. ¡Levántate!

Barud observaba el primer piso envuelto en colores rojizos y naranja. Se puso de pie mientras se aferraba a su hermana, mientras caía en la realidad de que su hermano ya no estaba en este plano.

Corrieron hacia el bosque que rodeaba la propiedad.

Una extensa área poblada de abedules que ahora se cubrían con un manto blanco continuo.

Algo para admirar si no estuvieran huyendo de asesinos.

Los gritos y los disparos serían sonidos que siempre los perseguirían, incluso en sus pesadillas.

El sonido ensordecedor del dolor, las llamas cubriendo todo el espacio de la planta baja, sobre el cual se daba una batalla de vida o muerte entre los hombres.

—Merim. —Volvió a nombrarlo como un ruego, como un sacrificio.

Un sacrificio más, a cambio de su vida.