Dos
Londres. Inglaterra.
Seis meses atrás.
Sus extremidades inferiores estaban acalambradas. El frío y la falta de movimiento ralentizaron su circulación sanguínea. Una puerta metálica chirrió, el sonido de una llave, y, de pronto, se abrió. Barud dejó de respirar, el miedo lo paralizó. Se escucharon pasos, eran varias personas.
—Señor Sinclair, bienvenido—dijo una voz gruesa. Barud se mantuvo con su cabeza gacha, los pasos se acercaron—. Está frío aquí, ¿no es así?
Más silencio. Barud no sabía si responder o seguir callado.
El tipo fue hacia él, tironeó la venda y la luz lo cegó.
El resplandor dolía, sus ojos ardían luego de horas de oscuridad.
El hombre frente a él llevaba un traje a medida.
Barud, todavía cegado, quiso fijar su vista.
El tipo tenía el rostro vendado. Barud abrió la boca cuando el reconocimiento le cayó encima.
Conocía a este bastardo, Dios, era imposible.
—El señor Kayne y el señor Stoickov van a visitarlo en algunos días. Debo decirle que deberá mantenerse aquí, espero no le moleste.
«Dima Stoickov».
Barud abrió los ojos en medio de la noche. Su corazón galopaba en su pecho y el sudor cubría cada parte de su cuerpo. La punzada en su cabeza lo hizo entrecerrar los ojos de dolor. Un dolor sordo e inenarrable, eso es todo lo que le quedó luego de dos años de debatirse entre la vida y la muerte.
«Es un milagro que hayas sobrevivido».
¿Lo era? ¿O simplemente era un castigo con el fin de perpetuar su amarga vida?
Barud Sinclair, el hijo de uno de los hombres más poderosos de Londres, el «príncipe», como algunos lo llamaban despertó para entender que su reino ya no existía, y que su territorio estaba teñido de guerra y sangre, y no solo eso, despertó para vivir con el dolor de que su gran amor estaba en prisión y había pasado allí los últimos dos años allí.
«Anael Morgan».
Solo podía calificarlo de una forma. Solo una que venía a sus pensamientos todo el tiempo, incluso cuando intentaba apartarlo de su mente deteriorada a sabiendas de que nunca le pertenecería, no como él lo deseaba, no somo siempre lo quiso.
«El amor de mi vida».
Lo fue desde siempre, desde el momento en que apareció con sus rizos rubios, su rostro angelical y lo asió de la mano cuando se encontraba en un rincón llorando porque su padre, una vez más, le dijo que no era suficiente.
—Te amo, Anael. Puedo negarlo mil veces, pero sería mentirme a mí mismo.
—Yo también te amo, pero no así, no de ese modo. Yo no sirvo para esto, no estoy hecho para las relaciones románticas.
Resultó que el «Ángel» Morgan sí se enamoraba después de todo, pero no de él, no de su amigo de la infancia, no del hombre que siempre estuvo a su lado esperando su turno.
Se sentó en la cama y buscó a tientas en la mesa de noche los medicamentos, el dolor se instaló con más fuerza los últimos días.
Agudo, y persistente. Los médicos explicaron que era normal, que después de dos años con su cerebro casi muerto las neuronas comenzarían a regenerarse y las medicinas podrían causar efectos secundarios.
Durante dos años sobrevivió gracias a máquinas conectadas a su cuerpo.
Veinticuatro meses en los que sus hermanos lo mantuvieron hicieron hasta lo imposible para mantenerse en pie ellos también.
Barud no era un narcotraficante, mucho menos el rey, y a pesar de que jamás le gustó darle la razón a su padre, entendió que ese negocio no era para él, no estaba en su esencia. Era bueno hablando con la gente, divirtiéndose, pero estar en peligro permanente era una cuestión diferente.
¿Cómo carajo terminó en esta situación? ¿Cómo permitió que el apellido del cual su padre se enorgullecía fuera sinónimo de vergüenza y desgracia?
«Eres narcotraficante, el apellido debería ser la menor de tus preocupaciones».
Bufó al recordar las palabras del bastardo de Lisandro Callum, ¿quién carajo le daba voz en la conversación con su amigo? ¿Cómo Anael fue capaz de quedarse con ese idiota?
Sacudió la cabeza y dejó que ese pensamiento muriera, del mismo modo que la esperanza de tenerlo como algo más que un amigo.
Desde que regresó a la vida, su mundo ya no era el mismo.
No solo diferente, había desaparecido. La mayor parte de las familias que controlaban el negocio de la droga fueron borradas, la guerra entre bandas que desató Dima Stoickov expuso las debilidades de cada uno, y de a poco, todos cayeron.
Ahora quedaban sus sucesores, los segundos, los hombres que siempre estuvieron en la sombra, a la espera de tomar el poder, y muchos rostros desconocidos, demasiados.
Lisandro y Anael le traían información del exterior, de un mundo que ya era desconocido, porque él tenía prohibido mirar noticias.
Su estado mental era endeble, y cualquier situación negativa podría llevarlo de nuevo a la cama o al cementerio.
Se sentó en la cama y dio un profundo suspiro, luego otro, y otro. Se mareaba con facilidad.
—Barud. —Escuchó la voz que venía desde el pasillo ya que la puerta de su habitación se mantenía abierta de manera constante. La privacidad era un lujo del cual carecía desde que salió del hospital—¿Qué haces? ¿Por qué no me llamaste?
Barud entornó los ojos.
—Merim, voy al baño ¿Puedo ir a mear solo, aunque sea?
—No mientras los mareos continúen—respondió con molestia su hermano—. Lo único que falta es que…
—No voy a regresar al hospital—Barud se enfocó en él con seriedad—, ya lo sabes.
Merim hizo una mueca y asintió. Lo ayudó a ponerse de pie y dieron pasos hacia el baño. Luego de ello, Barud se acercó al lavamanos y mojó su rostro con agua fría. Merim estaba afirmado en el marco de la puerta.
—No sé por qué te enojas tanto—cuestionó—. No es lindo para mí tampoco esperar mientras cagas.
Barud contempló su reflejo en el espejo. Su abundante cabello ensortijado, sus ojos negros y sus pestañas largas y abundantes, luego agachó la cabeza y su vista quedó en la porcelana blanca y fría. El agua corría por su rostro.
—Lo sé—replicó—, y te agradezco que me cuides, tú y Sura son lo más preciado.
Merim enarcó una ceja divertido.
—¿Más que tu precioso ángel?
Barud dejó que una mueca similar a una sonrisa se dibujara en su rostro. Buscó una toalla y se secó.
—Son amores diferentes.
—Claro.
—¿Estás celoso de Anael?
—No—Merim aclaró—, pero habría sido lindo que nos tuvieras la misma consideración.
—Merim, he compartido pocas cosas contigo porque nuestra diferencia de edad lo impidió muchas veces, pero jamás dejé de quererlos—confesó—, es más, lo único que me preocupa en este momento, es carecer de la fuerza y de los recursos suficientes para defenderlos en la situación en la que nos encontramos.
—Londres está en guerra, pero nosotros ya no formamos parte de ella desde hace mucho tiempo.
—Ojalá fuera tan fácil—Barud se dio la vuelta y se apoyó en el lavamanos—, si nos han perdonado durante este tiempo fue porque estaba muerto para ellos, ahora que he resucitado, veremos qué nos trae el afuera.
Merim negó.
—Deja de pensar en tonterías—añadió seguro—, si nos quisieran muertos, ya lo estaríamos. Solo eres tú luchando contra fantasmas. Somos solo despojos de guerra, ni más, ni menos.
—Hay una guerra afuera, Merim—advirtió—, y lamento decirte que es por nuestra familia.
Barud apoyó sus manos sobre la orilla de porcelana. Necesitaba tranquilidad esa noche, algo que lo alejara de los fantasmas y las pesadillas.
«Nadie sale de este negocio, Barud. Esta es tu vida, tu legado».
Las palabras de Ergan, su padre, llegaron como disparos en medio de la madrugada, letales e inequívocos. Rogó para que se desvanecieran, y si el destino no le traería felicidad, al menos, que le trajera paz.