Príncipe (Bilogía Morgan 2)
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Uno
Quizás en este momento estés molesto. La verdad es que yo también quería despedirme de ti, pero como mamá solía decir, a veces, para alcanzar la luna, debes conquistar primero las estrellas.
Yo no necesito conquistar ninguna, porque mientras estuve contigo, sentí que vivía en la luna y allí quería quedarme, a tu lado, cobijado con tu cuerpo pegado el mío y tu aliento sobre mi cuello.
Nunca sucedió aquella fantasía, Dios sabe que recé para que se hiciera realidad, para que, cuando hablaras de mí, tus ojos brillaran del mismo modo que brillaban como cuando hablabas de Lisandro Callum.
Sí, he usado su verdadero apellido a propósito, porque quiero que lo recuerdes no como una burla o un error, sino como tu decisión. Tu decisión de arriesgarte y ser feliz.
Quiero que mientras esta vida dure, mientras tu corazón lata, ames. Ames con toda tu alma, o con los pedazos que quedan de ella, después de la destrucción. Las selvas vuelven a la vida después de los incendios, los bosques florecen al llegar la primera y tú, mi gran amor ,mereces florecer.
Sé que lo que hizo ese hombre es una herida que nunca cerrará del todo.
Sé que para muchos es irracional, una espiral tóxica y de locura que terminará destruyéndote, pero ellos no ven lo que yo vi cuando tus ojos se encontraron con los de él, después de dos años.
Debajo de la furia, del dolor y la tristeza, debajo del resentimiento acumulado, latía una pasión inquebrantable, un fuego sagrado que estaba destinado a arder y consumirlos en él, y ustedes estaban dispuestos a quemarse, estaban dispuestos a pagar el precio por amarse como se aman, con pasión, al punto de la locura, con el fuego que surge de la sangre y las cenizas, y de todo lo que sus familias construyeron.
Empieza a mirarte en el espejo, ángel mío.
Reconoce que no lo has olvidado, reconoce que lo sigues amando, incluso con la destrucción a cuestas, reconoce que él te hace sentir vivo de formas que ningún ser de este planeta lo haría.
No tengas miedo de encontrarte a ti mismo más allá de ese cristal, tampoco temas entregarte una vez más, incluso cuando el riesgo a sufrir continúa siendo grande.
Puedes soportarlo, eres el «Ángel» Morgan, el hombre más bello y letal que he conocido.
El hombre al que admiro y amo. El que no dudó en protegerme de los lobos incluso cuando eso le traería consecuencias.
Te debo la vida, Anael. Ese es un regalo para agradecer y esta es mi forma de hacerlo.
Si te soy sincero, no sé qué encontraré en mi hogar, pero ahora les debo tu vida. Solo por eso, ya les debo todo. Nunca seré suficiente para la organización. Nunca me considerarán más allá que el hijo defectuoso del Dumok. Que piensen lo que quieran, ya no me afectan sus palabras.
Dudo que vuelva a verte alguna vez , por eso te dejo estas líneas.
Espero que nunca me olvides, porque yo nunca te olvidaré a ti.
¿Cómo se borra de la mente al único ser que me trató con dignidad y cariño en mis veintiún años de vida?
¿Cómo se arranca del corazón a la única persona que me abrazó cuando me desmoronaba y me dijo que nunca estaría solo, que lo tenía a él?
Desconozco si Lisandro Callum alguna vez será merecedor de tu amor, de lo que sí estoy seguro es que tú mereces el mundo, y eso es lo que ese hombre representa para ti.
Atrévete, mi amado Anael, hay más en ti que solo odio y venganza, más que soledad y tristeza por el pasado. Abre la puerta y deja que la vida entre, enciende la chispa y avívala hasta que se convierta en una llama eterna.
Te prometo que pensaré en ti, te prometo que voy a vivir, como sea, no me van a derrotar. Te amo y te amaré siempre, con el alma, con mi vida.
Tu amigo, Kim Lee Nok.
Londres, Inglaterra .
«Te amo y te amaré siempre, con el alma, con mi vida».
Anael Morgan le dio una pitada al segundo cigarrillo de esa madrugada mientras Lisandro Callum, su amante, hablaba por celular a unos metros de dónde él estaba.
Sacudió con suavidad el cigarro entre sus dedos y las cenizas cayeron al suelo.
La chimenea ardió con leños gruesos, el crepitar de la noche, junto a la tormenta de nieve que se levantaba en el exterior de la casa de campo que compartían desde hacía seis meses.
Lisandro finalizó la llamada y dio un suspiro. Guardó el celular en el bolsillo trasero de su pantalón de vestir de color negro, entretanto Anael mantenía su vista en el fuego, el calor que las brasas irradiaban.
—¿Sin respuesta? —preguntó, aunque ya conocía la frase que seguía.
Lisandro suspiró. Dio pasos hacia él, hasta que quedó solo a un metro. Sus manos en la cintura.
—Están haciendo todo lo que pueden.
Anael rio y negó.
—Lo que pueden.—Su voz ardía de rabia—. Ahora entiendo porque esos imbéciles nunca encuentran a nadie.
—Nosotros también lo hemos intentado—explicó Lisandro—, pero la familia de Lee Nok no es…
—Me necesita—interrumpió—, me necesita y le estoy fallando. —Sus miradas se encontraron—. Le estoy fallando al tipo que me salvó del infierno, que creyó en mí más que en nadie.
Lisandro bajó la mirada. Todavía se avergonzaba, todavía dolía.
—Sé que es importante para ti.
—No tienes idea. —Anael se levantó—. Y estar aquí, sin armas, sin los contactos necesarios, yo…—El silencio atravesó la habitación como un cuchillo afilado. Anael negó—. Hablaré de nuevo con Jesse Callum, ya no voy a quedarme de brazos cruzados, no es mi estilo.
Lisandro tragó saliva. El fuego y la ira en ese hombre no había mermado un ápice con el devenir de los meses. Anael solo tenía un objetivo, y era recuperar a Lee Nok.
—¿De verdad nunca te enamoraste de él?
—¿Piensas que estaría aquí contigo si lo amara?
—cuestionó y frunció el ceño—. Nunca pude amarlo, no como él lo deseaba, no como él lo merecía, pero puedo salvarlo.
—Anael hizo una pausa—. Puedo devolverle el favor cuando me mantuvo vivo, cuando me abrazó por las noches mientras el hombre al que yo le entregué mi corazón maquinaba formas de arruinarme la vida.
Allí estaba, la afirmación que Lisandro odiaba, la que se repetía incluso sin palabras.
—Nunca vas a perdonarme.
—Te amo—replicó Anael—, eso debería ser suficiente ¿No te parece?
Lisandro asintió con dolor en su rostro.
La verdad es que sí era suficiente. Era el precio que pagar después de la traición y el abandono, después del dolor infligido que nadie en su sano juicio olvidaría.
Lisandro Callum no solo era el gran amor de la vida de Anael, era su verdugo, su perseguidor y, en lo profundo de su corazón, entendió que, incluso el lazo más retorcido albergaba belleza.
¿Lo perdonaría alguna vez? Lisandro sabía que no, pero si para tenerlo en sus brazos, para gozar de su boca y su cuerpo debía mantenerse a su lado de ese modo, pues lo haría, se conformaría con una parte del corazón de Anael, porque la otra, él mismo ayudó a destruirla junto con el resto de los Callums.
Llevaban semanas sin dormir, pero no solo por lo de Lee Nok, sino también por el estallido en Londres, por la guerra que ahora respiraba con libertad, por el denso aire gélido que estaba impregnado de muerte.
La verdad es que mientras Anael Morgan buscaba desesperadamente a uno de sus amigos, tenía a otro debatiéndose por mantenerse con vida en un casa a las afueras de Londres junto a sus hermanos.
El celular de Lisandro sonó una vez más. Este puso los ojos en blanco.
—Callum—respondió, porque adoptar su verdadero apellido era más honesto que seguir perteneciendo a una familia que lo detestó desde el primer segundo.
Lisandro Bello murió junto a sus hijas, lo que quedaba, lo que luchaba, era esto.
Un hombre surgido del dolor y las tinieblas, un hombre que se retorcía en busca de perdón y redención, un hombre que esperaba que las rosas que los aprisionaban, aunque fuera por unos segundos, dejaran de provocarle más heridas con sus espinas.
Anael se giró hacia el hombre. Lisandro cortó la comunicación una vez más.
—¿Qué pasa ahora? —indagó sabiendo que solo podía tratarse de malas noticias a esa hora.
Lisandro se humedeció los labios.
—Creo que Barud Sinclair va a necesitarnos.