Princesa guerrera (Mercenaria 6) Una carpa
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Una carpa

AbrIÓ LOS OJOS.

Casi no podía ver.

Pero estoy viva , pensó Haliná.

Le dolía mucho la cabeza. El cerebro quería salirse por sus orejas. Abrió la boca, y le tronó la quijada.

Era un milagro que siguiera viva.

Y todo por una traición.

¡Y por un Mano Roja!

No lo podía creer. Simplemente no podía creerlo. Recordó lo que su hermano le dijo, que su padre tenía sospechas de traidores en su círculo cercano. Ella pensó que se refería al Consejo, pero al parecer no, se trataba de los Manos Rojas.

¿O sería que, además de ellos, también había traidores en el Consejo? ¡Por la Madre!

¿Qué sería de su hermano, de los gemelos? ¿Estarían bien?

Si alguno de los gemelos es un traidor, moriré de tristeza y decepción.

Entonces pensó en los aldeanos que no pudieron rescatar, y en Oshrek. Sintió una terrible punzada en el corazón. Quizás, solamente quizás, estaba vivo al igual que ella.

Miró a su alrededor, buscándolo, pero estaba sola, o por lo menos así le parecía en la oscuridad. No era una carpa muy grande. De unos seis pasos largos de longitud y anchura. Había otra silla de madera, y una mesa cuadrada.

Entonces otro intenso dolor en la cabeza. Cerró los ojos con fuerza y gruñó, terminando con un alarido corto.

Repentinamente se sintió exhausta, y perdió el conocimiento, o se quedó dormida.

Tiempo después (no sabía cuánto, aunque seguía siendo de noche, y asumía que era la misma noche), la despertó una firme bofetada. No tan fuerte para herirla, pero suficiente para asustarla.

Un varón rejnaji, que había dejado una linterna sobre la mesita, la miraba.

—¿Quién eres? —le preguntó ella, su voz ronca. Tenía mucha sed.

Era un hombre de cabello blanco y barba del mismo color. Llevaba puesta una túnica café, y de su cuello le descendía un collar de piedras de colores.

Un curandero , se dijo.

—He venido a ver si seguías con vida —dijo el hombre.

—Demando ver al líder de este campamento —respondió Haliná.

—No creo que eso suceda. Te revisaré, y después vendrá alguien a cuestionarte. Te torturarán, y luego te matarán.

—Mi nombre es Haliná aj’Halidán. Soy la khar-ime’tán del clan Hara’lutze. Este trato va en contra de nuestras tradiciones. Demando ver al líder.

El medicastro arrugó el ceño:

—¿Hija del Khar? Ella está muerta. Murió hace años.

—No es verdad.

—Si mientes, habrá consecuencias. Muy dolorosas consecuencias.

—No miento.

El viejo lo pensó por un momento:

—Revisaré tus heridas, y pasaré el mensaje.

Se inclinó hacia ella y llevó sus dedos a la cabeza de Haliná, tanteando. Le dolió cuando la tocó encima de la nuca. El curandero, con un trapo que llevaba al cinto, se limpió los dedos manchados de sangre. La inspeccionó el resto del cuerpo, minuciosa pero respetuosamente.

—Solo esa herida —dijo, aunque más para sí—. La limpiaré y la vendaré si recibo esa instrucción. Antes de ello, pasaré el mensaje. ¿Tienes sed?

—Sí.

Le dio un sorbo de agua fresca de un odre. Para Haliná fue como volver a vivir. Sus ojos se aclararon.

El hombre se retiró.

No había ninguna ley que exigiera un mejor trato a los príncipes de un clan.

Pero esa era la tradición. No que no pudieran ser muertos en batalla.

De hecho, históricamente muchos príncipes murieron así.

Sin embargo, al ser capturados, debían ser tratados con la dignidad de su posición.

Hasta ahora, que ella recordara, ningún Khar, o sus hijos, habían sido objeto de tortura. Se consideraría de mal gusto.

Sin embargo, aunque el Rompecuellos era hijo de un venerable, y por lo tanto un príncipe en el pueblo, no era hijo del Khar y, por lo tanto, no estaba tan segura de qué podrían hacerle.

Si sigue vivo.

Cerró los ojos, y de nuevo dormitó.

Un fétido olor la despertó.

Abrió los ojos.

Sentado frente a ella, un loboide.

Se despertó por completo, lanzando un jadeo de espanto.

Y vaya que era un espanto lo que tenía enfrente.

El monstruo era grande. Aunque estaba sentado, sería tan alto como uno de los gemelos.

No llevaba armadura puesta, sino una túnica gris oscura, con un cinto de cuero.

De su cuello descendía un pendiente, un medallón dorado con una piedra morada incrustada en el centro.

En su mano derecha asía un báculo largo y delgado, cuya voluta era una luna creciente.

La miraba con unos ojos de pupila amarilla en una cabeza de pelaje negrísimo.

—Así que eres la hija del Khar —dijo con voz grave.

—Sí —respondió ella.

—¿Cuál es tu nombre?

—Haliná aj’Halidán, khar-ime’tán del clan Hara’lutze.

El lobo asintió.

—Coincides con la descripción que recibí hace tiempo, cuando regresaste a las Montañas Rojas por primera vez.

Trató de no mostrarse sorprendida. El monstruo hablaba con perfecta dicción, una voz gutural y placentera, a diferencia del lobo que decapitaron días atrás, a quien escuchó hablar con dificultad.

Si decía la verdad, significaba que la espiaban desde su regreso.

—¿A quién me estoy dirigiendo? —preguntó ella.

—Mi nombre es Kaz-ur. Gran agorero de la diosa Zirtá. Líder del pueblo Ghar.

Un hechicero , pensó.

—No he oído de ese pueblo.

—No deberías. Hemos estado escondidos por cientos de años, después de nuestra impía expulsión. Pero ya no más.

—¿Han hecho alianza con los rejnajis?

—No responderé preguntas evidentes, princesa.

—Mi padre sospechaba de traidores dentro de nuestro clan.

Las comisuras de los labios en el hocico del lobo se arquearon ligeramente hacia arriba. Una sonrisa.

—Tu padre es sabio, pero viejo y débil. Ningún clan se salvará de nuestras garras. Daremos a vuestros hijos como alimento a las aves del cielo y a los chacales de la tierra.

Haliná sintió cómo le ardía el rostro al escuchar a ese engendro horroroso decir que su padre era débil.

Testarudo, sí. Iracundo, también.

Pero débil, no.

—¿Dónde está el otro guerrero? El que venía conmigo.

—Fuisteis valientes en intentar salvar a los aldeanos. Valientes, pero tontos.

Pensó: De no haber sido traicionados, quizás lo hubiéramos logrado.

—¡Suelta a los aldeanos! Son inocentes.

—Por supuesto que son inocentes, khar-ime’tán. Pero son botín de guerra. Por lo tanto, son posesión nuestra, ahora. No debes preocuparte más por ellos. Di la instrucción de que los llevaran hacia el territorio rejnaji.

Por los espíritus. Los hemos perdido. Quizás para siempre.

—¿Qué harán con ellos?

—Serán esclavos. O comida para mis guerreros. Todavía no lo he decidido.

Haliná crujió los dientes:

—Te maldigo por todos los espíritus eternos.

Los ojos del engendro relampaguearon:

—Ahora veo que realmente eres la hija del Khar. Me dijeron que tienes un temperamento iracundo.

—¿Qué? ¡Vaya tontería! ¿Yo no tengo un temperamento iracundo…? ¿O sí?

—¿Dónde está el guerrero? —dijo ella.

—¿Y qué es él para ti, hija del Khar? Es un guerrero. Un peón. Carne de matadero.

—No lo es.

Pensó en decir que era hijo de un venerable, pero no estaba segura de si esa información beneficiaría o terminaría siendo ventaja para el enemigo, así que calló.

—¿Dónde está? Si está muerto, dímelo, agorero.

—Tú mataste a tres guerreros nuestros. Uno de ellos era capitán de mi ejército. La paga es la muerte.

—¿Matarías a la khar-ime’tán por ello? Va en contra de la tradición.

—Va en contra de vuestra tradición. No de la nuestra.

—Pues entonces mátame, maldito perro infernal.

Kaz-ur la miró, la cabeza ligeramente ladeada, con curiosidad.

—Todo a su tiempo, princesa. ¿Quieres saber dónde está tu guerrero? ¿Tu amante?

—No es mi amante.

El agorero se encogió de hombros:

—Él vive, por poco tiempo más.

Sintió que un peso se le caía de la espalda.

Oshrek vive.

—Ahora es tu turno —dijo el lobo—. Tu turno de darme información. Quiero saber de cuántos guerreros dispone Halidán.

Ella se rió.

—¿De verdad crees que te lo diré? Jamás.

—¿Jamás? —El lobo se puso de pie. Vaya que era alto—. ¿Jamás, eh?

Inclinó el báculo ligeramente en dirección a ella. La voluta destelló como una estrella en el cielo, una luz blanquiazul parpadeante, y ella sintió como si le enterraran miles de agujas por todo el cuerpo.

—Veamos si eso es cierto —dijo el lobo.

No pudo escuchar su propio grito por la intensidad del tormento.