Una pregunta
HORLADÁN SUPO QUE algo iba muy mal poco tiempo después de que Haliná, Oshrek y Draven entraron en el campamento.
Desde donde estaba no veía bien, pero la luz de la luna le permitió distinguir el momento en el que esas tres figuras se adentraron en el territorio enemigo.
Los gemelos estarían escondidos cerca, probablemente detrás de algún árbol o roca.
El Mano Roja que se quedó con él, llamado Nurgen, se acercó por la espalda y dijo:
—Lo siento, comandante.
Horladán comenzó a girarse, porque le extrañó lo que escuchó, y fue ese ligero movimiento del cuerpo el que le salvó la vida.
La capa que le descendía de los hombros se plegó de tal manera que el cuchillo no se deslizó con facilidad.
De todas maneras, sintió el filo desgarrar su piel a la altura de las costillas y gruñó de dolor, evitando gritar a duras penas, pues sabía que un grito levantaría alarma.
El Mano Roja, al percatarse de que la daga no había entrado bien, intentó acuchillar de nuevo, pero el comandante le dio un codazo en la nariz, que hizo crac .
— Ahhhjj —exclamó Nurgen. Retrocedió y se llevó la mano izquierda a la nariz, de cuyos orificios salía sangre; inmediatamente atacó de nuevo.
Horladán esquivó el cuchillazo, tomó la muñeca de su enemigo y, poniendo el hombro en el pecho y usando su inercia, lo lanzó por encima de la espalda. Las piernas de Nurgen se arquearon en el aire, como si fuera un muñeco de trapo, y cayó pesadamente sobre su espalda.
No fue suficiente para mantenerlo en el suelo. Era un hombre fuerte y acostumbrado a la batalla, por lo que se puso de pie casi inmediatamente, pasando la daga a la izquierda y desenvainando ahora la espada.
Horladán ya tenía su arma en mano.
—¿Por qué? —le preguntó.
El Mano Roja resoplaba.
—Ya es hora —respondió.
—Eres un defensor del pueblo. Un cercano al Khar. ¿Cómo…?
El Mano Roja no dio explicación, sino que brincó hacia él, levantando la espada y haciéndola descender en arco. Horladán desvió el ataque con su propio acero y evitó la tajada con la daga.
Estaban a suficiente distancia del campamento, pero si alguno de los dos gritaba, estaba seguro de que lo escucharían allá abajo.
Hizo una finta. Su enemigo cayó en la trampa, bajando la guardia. Horladán le introdujo la espada en el cuello.
Nurgen abrió los ojos grandes, sorprendido, y en lugar de un grito, lo que surgió de su garganta fue un chorro irregular de sangre. Dejó caer la daga, se llevó los dedos a la herida, hizo una mueca de terror, soltó la espada, y se fue primero de rodillas, luego al suelo.
El comandante del escuadrón se arrodilló junto al moribundo y lo tomó por el pecho, sacudiéndolo.
—¿Quién más? —le dijo—. ¿Quién más?
Pero el otro no podía hablar. La vida se le escapaba lentamente, y ahora le temblaban los labios mientras escupía sangre con cada gemido.
—Maldito seas —dijo Horladán cuando el Mano Roja expiró.
Así que era cierto. Aquellas sospechas de su padre, que había traidores en los círculos altos del clan. ¡Era cierto! Y él había pensado que su padre caía en la paranoia.
Mi padre tenía razón. Traidores entre nosotros. ¿Pero solo Nurgen? ¿O también Oshrek, los gemelos o Draven?
Por el Gran Creador, debo advertir a mi hermana. Si esto es una trampa…, ¡debo advertirle!
Descendió la colina apresuradamente, espada en mano, el corazón golpeando fuerte en su pecho.
Llegó hasta el lugar en donde pensaba que estarían los gemelos, pero no los encontró. Miró a su alrededor, pero nada. ¿Dónde estaban? ¿Se habían adelantado? ¿Quizás entraron al campamento?
—¿Comandante? —escuchó a su derecha.
Entonces, de las sombras emergió Rajma-dín, espada en mano y mirándolo con sorpresa.
—¿Qué haces aquí? —preguntó el menor de los gemelos.
—¿Dónde está Rajma-un?
—Aquí —dijo el mayor, a sus espaldas.
¿Estarán a punto de emboscarme?
—Comandante, ¿qué sucede? —preguntó Rajma-dín. Debía de notar en su rostro que algo andaba mal—. Escuchamos pasos y nos ocultamos. Pensamos que era un vigía.
Horladán miró a Rajma-dín, y luego a Rajma-un detrás de él.
—¿Estáis conmigo o contra mí? —preguntó, con la respiración profunda, pesada.
Si están contra mí, si son traidores, me despedazarán. Puedo contra uno, pero no contra los dos.
—¿Qué? —dijo Rajma-dín.
—¿Estáis conmigo o contra mí?
—No entendemos, comandante —dijo el mayor—. ¿Qué está pasando? —Dio un paso hacia él, y Horladán lo apuntó con la espada.
—Dímelo ahora, Rajma-un. ¿Sois traidores o no?
—¿Traidores? —dijo el mayor. Su rostro, siempre impasible, ahora mostraba extrañeza, horror y ofensa.
—Acabo de ser atacado por Nurgen. Por la espalda. —Sintió la sangre cálida que le bajaba por la pierna. Pensaba que la herida no era tan profunda, pero empezaba a notar un ligero mareo en la cabeza.
—¿Nurgen te atacó? —dijo Rajma-dín.
—Por la espalda. Lo maté. Entonces: ¿vosotros?
—Fieles al clan —dijo Rajma-un.
—¿Lo juráis por el Gran Creador?
—Lo juramos —dijeron Rajma-un y Rajma-dín al mismo tiempo.
—Si no lo fuéramos, ya te habríamos atacado, comandante —dijo el menor—. Y sin querer ofender, ya estarías muerto.
No tenía de otra más que confiar. Conocía a los gemelos desde pequeño. Habían sido, de cierta manera, sus hermanos mayores. No imaginaba que fueran traidores. Pero tampoco pensó que un Mano Roja pudiera serlo.
Tendré que confiar. Y si estoy equivocado, me matarán. Será un riesgo que debo tomar.
Justo en ese momento escucharon la conmoción en el campamento. Fue un grito lo que rompió el silencio de la noche:
—¡Alarma! ¡Intrusos en el campamento! ¡A las armas, a las armas!
Horladán maldijo. ¿De quién era esa voz? ¿De un vigía rejnaji? ¿O de Oshrek, o Draven?
Luego los gritos, los aullidos, los ladridos.
—¡Vamos! —dijo el comandante, listo para correr en dirección de su hermana.
Lo detuvo Rajma-un, que lo agarró del hombro con fuerza. Por un terrible momento pensó que era allí cuando sería atravesado por el hacha del mayor o la espada del menor. Pero en lugar de eso vio el semblante preocupado del enorme guerrero, que le dijo:
—No, comandante, no podemos entrar.
—¡Los matarán!
—Si entramos, moriremos los tres.
—¡Ellos morirán, Rajma-un!
—Ni siquiera llegaremos a ellos. Así no, comandante. ¡Así no!
—¡Pues entonces iré yo solo! ¡Si no venís conmigo, malditos cobardes, iré yo solo! ¡No dejaré morir a mi hermana!
Los gemelos se miraron.
—Está bien —dijo el mayor—. Vamos. Muramos juntos, maldita sea. Es una buena noche para morir.
Pero antes de que pudieran dar un paso, fueron atacados.