Un escape
—¡RETIRADA, PRINCESA! —DIJO Oshrek.
—¡No nos dejéis! —gritó una mujer con rostro aterrorizado, rostro que probablemente vería en sus pesadillas por mucho tiempo si lograba salir de ahí.
El Rompecuellos ya corría y, si ella no se apuraba, quedaría sola.
Nada que hacer. La misión había fracasado. Solo un milagro los salvaría ahora. Ni siquiera los gemelos podrían hacer algo para salvarlos. Su única esperanza de vida era escapar.
El camino más corto hacia la salida estaba —increíblemente— siendo bloqueado por Draven, quien al verlos correr en su dirección desenvainó espada y daga.
Algunos de los enemigos ya salían de sus tiendas, en alerta y con armas en mano, mientras que el Mano Roja seguía gritando la alarma.
Oshrek maldijo a Draven cuando sus aceros se encontraron, lanzando chispas en la oscuridad debido a la fuerza del encontronazo.
—Estás muerto, Oshrek —le dijo Draven.
—¡Maldito traidor! —gritó el Rompecuellos, trabando su espada en la guarda de su enemigo, quien aprovechó para lanzar la daga al frente, logrando herir a Oshrek en la cadera.
El Rompecuellos gritó de dolor, pero eso no impidió que le diera al otro una patada en el muslo.
La pierna se le dobló a Draven, y sus ojos se llenaron de terror cuando la espada de Haliná descendió sobre su frente, partiéndosela en dos.
Púdrete, perro, en el infierno.
—¡Corre! —gritó Oshrek.
Para entonces ya se escuchaban gritos de hombres y monstruos, lanzando juramentos y alertas, vociferando la posición de los enemigos.
Quizás nunca en su vida había corrido con tanta fuerza, saltando cuerdas y esquivando tiendas, pidiéndole a los espíritus eternos que le concedieran la habilidad de correr como pantera, porque si se tropezaba sería su fin.
Un monstruo, grande, peludo y desnudo, les tapaba el camino blandiendo un hacha con ambas manos. Sus ojos brillaban de amarillo y rugió al verlos acercarse.
Detenerse a luchar contra él no era opción. Oshrek esquivó el hachazo y Haliná le cortó el muslo mientras corría, sin detenerse, por lo que el loboide, aunque herido, ahora los perseguía.
No estaban muy lejos del extremo del campamento. Si tan solo corrieran en línea recta, ya habrían salido. Pero las tiendas estaban atravesadas, forzándolos a doblar a izquierda y a derecha.
Delante de ellos, tres monstruos salieron de sus carpas con espada, lanza y hacha en mano.
—Por acá —dijo Oshrek, saltando a la izquierda antes de que fueran avistados. Sin embargo, para su horror, no había salida.
El Rompecuellos masculló un juramento.
—Regresemos —dijo ella.
—No. Por aquí.
Avanzaron entre dos tiendas de campaña pegadas una junto a la otra. No había pasillo entre ambas, por lo que esquivaban una telaraña de cuerdas atravesadas y clavos en el suelo.
En el campamento, ya despierto, sonaban gritos, aullidos, y de repente una corneta anunciando la alarma.
Estamos perdidos. No saldremos de aquí. Es imposible.
Llegaron al otro lado para encontrarse con dos rejnajis que, por la pura misericordia de la diosa, les daban la espalda.
Haliná le clavó a uno la espada por los riñones, y Oshrek le destrozó la nuca al otro.
—Vamos —masculló ella al reanudar la huída.
Se preguntó qué estarían pensando los gemelos en ese momento. Solo esperaba que no cometieran la estupidez de tratar de salvarlos. Si entraban al campamento, eran hombres muertos.
Pensó en por qué demonios estaban allí. Había sido una misión suicida desde el principio, y ella debió haberlo dicho claramente y en voz alta. Por supuesto, salvar a los aldeanos era algo que quería, que todos querían, pero ¿a costa de sus vidas?
Las misiones siempre se llevaban a cabo o se cancelaban dependiendo de las probabilidades de éxito.
Y en este caso eran prácticamente nulas.
Si mueres, será tu culpa, Haliná. La tuya y la de tu escuadrón. La estupidez se recompensa con la muerte. Tomaron una decisión por el ardor de la ira, sin pensarlo con cabeza fría.
Pues quizá su momento había llegado. El de emprender el viaje eterno.
Lo averiguaría pronto.
Con su corazón tamborileando en su pecho, sintió un golpe de alegría al ver el fin del campamento. Del otro lado, la oscuridad de la noche. Sí, los perseguirían, pero las probabilidades de escapar incrementaban.
Tres monstruos brincaron de la nada. Uno enfrente, y dos a cada lado.
Los tres ladraron, un sonido aterrador que los detuvo.
Sin inmutarse, el Rompecuellos se abalanzó hacia el que tenía más cerca, y ella iba a hacer lo mismo, excepto que ya tenía encima a su maloliente y terrorífico enemigo, que lanzaba mandobles con tal fuerza que estaba segura de que la decapitaría en un descuido.
El monstruo tenía la ventaja de la fuerza, pero ella la rapidez. Se agachó para evitar el filo que pasó a unas pulgadas de su coronilla, y luego saltó a la izquierda para evitar que le partiera la frente en dos.
El lobo gruñó enseñándole los dientes, la baba descendiendo por los labios del hocico.
—Te maldigo por la Madre —dijo ella, y se lanzó en ataque. Si no lo mataba pronto, saldrían más enemigos y quedarían rodeados.
¿Dónde estaba el otro, el tercero?
Miró, rápidamente, a su alrededor, alcanzando a divisar al Rompecuellos que todavía se enfrentaba contra el engendro.
¿Dónde está el otro? , pensó, desesperada, asustada de no verlo.
Una sombra detrás de ella. Luego su visión explotó en miles de puntos luminosos.
No sueltes la espada, no sueltes la espada, no slts lspda…
La empuñadura se le resbaló de las manos, y ella, como en un sueño, descendió hacia el suelo, hasta sentir en su mejilla la tierra fresca y ligeramente húmeda por el rocío.
No sintió el golpe de la caída. Su visión borrosa le dejó ver a Oshrek, el Rompecuellos, ahora rodeado por tres que salieron de quién sabe dónde, y entonces se escuchó el grito de su viejo amigo, y lo vio caer al suelo.
Antes de que su vista se oscureciera, Haliná recordó, una vez más, aquella ocasión en que lanzó al príncipe Oshrek al lodo.
Los gemelos habían pensado que ella lo hizo porque Oshrek le dijo algo malo, alguna ofensa.
Pero no fue así.
Ella, secretamente, estaba enamorada de él. Así que ese día, pensando estar solos —no se imaginó que los gemelos espiaban desde lejos—, Haliná le declaró su amor.
Amor que no fue correspondido.
Y ella, molesta, avergonzada, humillada, lo empujó. Oshrek se tropezó con una raíz en el suelo, y cayó.
Fue mi culpa, pensó Haliná. Mi culpa.
Y perdió el conocimiento.