Princesa guerrera (Mercenaria 6) Una incursión
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Una incursión

ESPERARON A QUE avanzara la noche. Bestias y humanos fueron regresando a sus tiendas para dormir. Algunos monstruos que fungían como capitanes ladraron instrucciones, y los soldados obedecían, aunque algunos a regañadientes.

No era un campamento ordenado. Las tiendas estaban levantadas por aquí y por allá, muy diferente a lo que sería un campamento de guerra Hara’lutze.

Eso complicaba las cosas, porque en lugar de tener corredores derechos, tendrían que serpentear entre las tiendas, con cuidado de no tropezarse con las cuerdas o los clavos que sujetaban las carpas.

Haliná se sentía impaciente. El plan era hacer la incursión al final de la tercera vigilia, cuando la noche era más oscura y el sueño más profundo.

Por mientras, debían permanecer allí, en silencio, atentos a su alrededor. Por fortuna para ellos, ningún otro vigía se acercó.

Quizás porque los monstruos y los rejnajis estaban confiados. Aunque no estaba tan segura de eso. Si los tres guerreros que habían huido de ellos lograron llegar hasta este campamento, probablemente dieron aviso de la presencia de guerreros Hara’lutze.

¿Por qué no enviaron algún escuadrón a buscarlos?

¿Será que… nos están esperando?

Mientras más avanzaba el tiempo, más pensaba que esta era una misión imposible. ¿Cómo sacarían a treinta mujeres y niños de un campamento tan grande?

La única ventaja es que los habían puesto en una jaula no en el centro del campamento, sino hacia el extremo.

La otra ventaja es que solamente dos rejnajis vigilaban la prisión.

No será fácil. Es casi una misión suicida.

Cerca de ella estaba Oshrek, que todo este tiempo permanecía atento al campamento enemigo, su cara seria, sus ojos determinados.

Entonces a su mente vino un destello de aquel recuerdo, cuando lo lanzó al lodo.

Miró a su alrededor. Si le hablaba en voz baja, nadie escucharía. Su corazón se aceleró. Se acercó a él.

—Oshrek —le susurró.

Él se sorprendió de verla tan cerca.

—¿Sí, princesa?

Se le secó la boca.

—Yo…

Las palabras, sin embargo, no salieron. Se quedó allí, como una estúpida, el silencio incómodo prolongándose, el ceño del Rompecuellos cerrándose.

—Hay algo que quiero decirte. No sé si tenga la oportunidad después. Esta misión será peligrosa.

—Saldremos vivos, khar-ime’tán. Por la gracia del Creador.

Ella asintió.

—Eso espero. Sin embargo, de todas formas.

—Escucha, Haliná. Si se trata de lo que sucedió en la taberna, no sé qué decir. Me siento avergonzado por mi manera de actuar.

—No, no es eso.

—¿No?

—No. Más bien, es sobre aquella vez cuando éramos niños. ¿Te acuerdas? Cuando te…

Incluso en la penumbra, a Haliná le pareció notar que las mejillas del fornido guerrero se tornaban más oscuras.

—No hay nada que decir sobre eso, Haliná.

—Pero…

Él negó con la cabeza.

—Fue el pasado. Éramos otros. No hay nada que decir.

—Te avergoncé. No debí.

—Ha quedado en el pasado. Lo juro por el Creador.

Ella sentía una extraña presión en el pecho. Quería decir algo más. Pero al final, no fue capaz.

—Está bien —dijo ella—. Está bien.

—Está bien —dijo él y se atrevió a poner, apenas por un momento, los dedos sobre su hombro. A ella se le erizó la piel.

—Tenemos que intentar salvarlos —dijo Oshrek—. Y si en el intento morimos, será un sacrificio acepto.

—Lo será —respondió ella.

¿Lo será? , se preguntó. No seas egoísta, Haliná. Arriesgaste tu vida por artefactos, ¿no lo harás por tus hermanos y hermanas?

Haliná, el Rompecuellos y Draven, cuando el comandante dio la instrucción, descendieron hacia el campamento enemigo, con los gemelos detrás de ellos, a distancia como de un tiro de piedra.

Los gemelos tenían la orden de incursionar en caso necesario, o causar una distracción, dependiendo de lo que aconteciera.

En el mejor de los casos, no harían absolutamente nada.

Miró a los gemelos. Ellos le asintieron. Ella hizo lo mismo.

Sintió una punzada en el corazón.

Espero que no sea la última vez que los veo.

Entraron al campamento. Silenciosamente. Con mucho cuidado.

El corazón le golpeaba las costillas con tanta fuerza que casi podía imaginar que despertaría a los monstruos.

Al frente iba el Rompecuellos, después ella, luego Draven.

Se oían los ronquidos de soldados y monstruos. Algo que no esperaba era el tan horrible aroma. Pensándolo bien, tenía sentido. No se imaginaba que los monstruos tuvieran una cultura de aseo personal.

Finalmente llegaron hasta el objetivo. Podían verlo, allí delante.

Dos vigías, con lanzas. Uno aparentaba estar dormido, con la cabeza agachada y reclinándose sobre la lanza. El otro bostezaba y abría y cerraba los ojos.

Haciendo señales con la mano, el Rompecuellos dio la instrucción.

Él se encargaría del de la izquierda, ella del de la derecha, con Draven detrás de ella, como apoyo.

Atacarían por atrás, lo cual no sería tan difícil porque los guardianes estaban parados mirando hacia el norte, mientras que ellos habían entrado por el sureste.

Se deslizaron hacia el enemigo, con rapidez y cautela. Haliná, daga en mano, llegó al soldado y con un movimiento rápido lo tomó con la mano izquierda por la cabeza, jalando hacia atrás, e inmediatamente le deslizó el filo por la garganta, sin permitirle siquiera lanzar un jadeo de espanto.

Tanto ella como el Rompecuellos recostaron los cuerpos en el suelo.

Se acercaron a la jaula, los dos haciendo señal a los prisioneros de que guardaran absoluto silencio.

Ojos de sorpresa. Semblantes de ilusión. Murmullos de esperanza.

Un candado grande, pero uno de los soldados llevaba la llave sujeta en el cinto.

Lo lograremos, pensó. ¿Dónde está Draven?

Miró por encima de su hombro, esperando verlo justo detrás de ella, pero no.

¿Dónde demonios…?

Entonces lo vio. Como a unos quince pasos de ella. Parcialmente oculto por una tienda.

La pálida luz plateada de la luna suficiente para mostrar un rostro de ojos entornados.

Y ella le hizo la señal de que se acercara. ¿Qué hacía? ¿Vigilaba?

Y entonces el Mano Roja gritó:

—¡Alarma! ¡Intrusos en el campamento! ¡A las armas, a las armas!

Se quedó petrificada. No podía procesar en su mente lo que sucedía. No entendía. Simplemente, no comprendía.

Oshrek maldijo.

Entonces, mientras el ruido de soldados que despertaban llegaba a sus oídos, una palabra retumbó en su mente:

Traición .