Princesa guerrera (Mercenaria 6) Un campamento
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Un campamento

SE FUERON ACERCANDO sabiendo que podía ser una trampa.

Andaban deprisa, corriendo medio agachados. Decidieron avanzar por un terreno pedregoso que aumentaba el riesgo de que sus enemigos se escondieran detrás de las rocas, pero también los ocultaba de posibles vigías.

Al avanzar se percataron que no era una luz, sino varias. Fogatas de campamento.

—No pueden ser los rejnajis que huyeron —dijo Rajma-dín—. Una cosa es ser estúpido, otra cosa es querer que te maten.

—Es un campamento —dijo su hermano mayor.

Indudablemente, tenía que serlo.

Entonces, al irse acercando más, empezaron a escuchar extraños sonidos.

Parecían aullidos y ladridos.

Haliná sintió un escalofrío. Algo le decía que habían encontrado aquello que buscaban: la manada de monstruos.

—Andemos más lento —dijo Horladán—. Habrá vigías.

—Yo traigo un catalejo, comandante —dijo Rajma-dín.

—También yo —dijo Oshrek.

—Bien —respondió el comandante—. Vayamos allí —dijo, apuntando una loma salpicada de pinos—. Estaremos a suficiente distancia de ver bien con los miralejos.

En las faldas los esperaba un vigía. Era humano. Rejnaji.

Se acercaron como panteras a su presa, usando los matorrales y las rocas para no ser vistos. A la distancia suficiente, Rajma-dín asomó, la piedra zumbó y le dio exactamente en la nariz al somnoliento guerrero, que se desplomó inmediatamente.

Fueron hacia él para terminar de matarlo, pero no fue necesario. Tenía la cara deshecha.

Subieron la loma y, desde allí, vieron el campamento a lo lejos.

Todos guardaron un incómodo silencio debido a lo que escuchaban: sonidos de lobos y voces de humanos.

La luz de la luna era suficiente para mostrarles las dimensiones. Habría fácilmente suficientes tiendas como para unos mil soldados.

Oshrek le cedió su catalejo al comandante; Rajma-dín a Haliná.

—Por todos los espíritus —dijo Horladán.

A Haliná se le atoró un grito en la garganta.

—Si no lo viera con mis propios ojos —dijo Horladán—, no lo creería.

Le dio el catalejo al resto de la tropa.

Cada guerrero que ponía su ojo en el lente mascullaba algo: una expresión de sorpresa, una maldición, un rezo.

Haliná no despegaba su mirada del campamento.

Era un campamento de monstruos que andaban sobre dos patas, vestían túnicas negras, blandían armas y algunos protegían su cabeza con yelmos y su pecho con petos o cota de malla.

Pero no era un campamento solamente de monstruos, sino mixto. La mitad de los guerreros eran rejnajis.

Una maldita alianza entre monstruos y rejnajis.

Se le erizó la piel. Su respiración se tornó agitada, profunda.

Tenemos que regresar y advertir a nuestro pueblo. Se están preparando para la guerra y nosotros no lo sabemos. No teníamos ni idea.

—La pregunta —dijo Rajma-dín— es si estamos viendo la totalidad del ejército o una compañía.

—Si tuviera que adivinar —dijo Horladán—, hay más. El ejército rejnaji es grande. No más grande que el nuestro. Por lo menos, no lo creo.

—Hemos estado muy confiados mientras que nuestro enemigo se prepara para la pelea —dijo el Rompecuellos—. No me sorprendería que el ejército de ellos fuese el doble del nuestro.

Haliná sintió más escalofríos al escuchar eso.

—Khar-ime’tán —dijo Rajma-un—, tenías razón. Son monstruos que hablan.

—¿A qué te refieres? —preguntó Oshrek.

—Mirad. Escuchad. Ved —dijo el mayor de los gemelos.

Entonces distinguieron que entre el ladrar y el aullar había conversaciones guturales que no provenían de los humanos, sino de las bestias.

—Espíritus eternos —dijo Rajma-dín—. Bestias parlantes. Estamos ante el ejército del Gran Espíritu del Mal.

—Tenías razón, princesa —volvió a decir Rajma-un.

—¿A qué te refieres? —preguntó Horladán.

—La khar-ime’tán nos dijo que la bestia que matamos había hablado —respondió el mayor de los gemelos.

—¿Qué? —dijo el Rompecuellos—. Esta es la primera vez que escucho eso. No lo mencionaron en el Consejo.

—No es que no le creyéramos —dijo Rajma-dín—. Simplemente… nosotros no lo oímos.

—¿Tú sabías eso? —le preguntó el Rompecuellos al comandante.

—Haliná me lo dijo —respondió él, simplemente.

—¡Por el Gran Creador! ¿Soy el único que no lo sabía? —Oshrek miró a los Manos Rojas, pero ellos negaron con la cabeza—. Bueno, por lo menos no soy el único.

El catalejo regresó a las manos de Horladán, que inspeccionaba cuidadosamente el campamento.

—Tienen prisioneros. En una jaula —dijo, apuntando con un dedo—. Allí, al oriente del campamento.

Le pasó el catalejo a Oshrek.

Haliná lo confirmó:

—Es cierto, los tienen enjaulados. No alcanzo a ver del todo bien, pero parecen mujeres y niños. Deben de ser unos treinta o cuarenta.

—El resto de la aldea —dijo Rajma-un.

—Se los llevaron como esclavos, malditos hijos del abismo —dijo Rajma-dín—. Tenemos que rescatarlos.

—No será cosa fácil —dijo su hermano mayor con esa voz grave y templada—. Son muchos.

—Son muchos, pero no esperan una incursión —dijo Oshrek—. La noche se acerca a la segunda vigilia y pronto comenzarán a dormir y, seguramente, a beber.

—¿Beberán los monstruos? —preguntó Haliná en voz alta.

—Ojalá que sí —respondió el Rompecuellos—. ¿Comandante? ¿Qué piensas?

Horladán aj’Halidán se quedó pensativo por unos instantes. Luego:

—No descenderemos todos, porque si nos capturan, nos torturarán y matarán, y nuestro pueblo no sabrá lo que se avecina.

Todos asintieron con la cabeza.

—Por lo tanto, haremos tres escuadrones.

Uno se quedará aquí y, si las cosas van mal, saldrá huyendo lo más rápido que pueda para avisar a nuestro pueblo.

Otro escuadrón, de ser necesario, causará una distracción.

Se quedará justo a las afueras del campamento y dará soporte en caso de que las cosas se tuerzan.

El tercero, bajo mi liderazgo, hará el rescate.

—Khar-etua-tán —dijo Oshrek—, con todo respeto, pero no podemos arriesgarnos a perderte. Eres el hijo del Khar, y un comandante de los ejércitos de nuestra tribu.

—Tiene razón el Rompecuellos, comandante —dijo Rajma-un—. Es un riesgo demasiado alto.

—Iré yo —dijo Oshrek—. Que vengan los Manos Rojas conmigo.

—Yo también iré con Oshrek —dijo Haliná.

Todos la miraron.

—Hermana… no creo que tú…

—Sí, creo que yo, hermano. Seré la hija del Khar, pero la gente no tiene un apego a mí, ni soy comandante de nada. Además, este tipo de misiones son mi especialidad. No me lo niegues.

Su hermano vislumbró el campamento enemigo. Se pasó los dedos por la barba. Regresó su vista a ella. Haliná notó el temor en sus ojos.

Acabo de regresar. No quiere perderme.

—Está bien —accedió—. Iréis tú, Oshrek y Draven.

—Los gemelos serán el segundo escuadrón y tú —se dirigió al otro Mano Roja— te quedarás conmigo. ¿Queda claro?

—Sí, comandante —respondieron los guerreros.

—Vamos. Y que el Creador ilumine nuestro camino.