Princesa guerrera (Mercenaria 6) Una aldea
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Una aldea

SALIERON DE LA Garganta del Viento con un cielo cubierto de estrellas y una luna llena que iluminaba suficientemente su camino.

Al frente, Oshrek, rastreando a los rejnajis.

Sus enemigos huyeron con temor de ser perseguidos inmediatamente, así que no era difícil rastrearlos. Sin embargo, les llevaban una ventaja significativa. Tarde o temprano se detendrían, ya fuese a descansar, a dormir o se esconderían en alguna peña o en las faldas de los cerros cercanos.

Delante de ellos un terreno irregular, más bien rocoso y lleno de matorrales, aunque con algunos parches de verde y árboles medianos, como pinos de montaña, encinas y enebros.

Subieron una loma pedregosa para ver mejor el terreno.

—Van en dirección suroeste —dijo el Rompecuellos. Aunque no podían avistarlos debido a la oscuridad, el rastro apuntaba hacia allí.

—Según el mapa, deberíamos ver pronto una de nuestras aldeas —dijo Horladán—. La aldea de Thalé.

—¿Es decir que huyeron en dirección de una aldea nuestra? —preguntó Haliná.

—Eso parece —dijo Horladán.

—¿Por qué harían algo así? —preguntó Rajma-dín.

—Ya deberíamos haber visto las luces del campamento, ¿no? —dijo Rajma-un.

Horladán solo gruñó:

—Hmm.

Algo me huele mal, pensó Haliná al reanudar la marcha.

En su mente resonaban las palabras —los gritos, más bien— del rejnaji. Al principio no había querido soltar información, pero al final, con la navaja hundida y revuelta en las tripas y los golpes en el rostro, fue soltando información.

No estaba segura de cómo se sentía sobre la tortura del rejnaji. Por un lado, eran sus enemigos. ¿Y qué podía decir ella? ¡Había hasta decapitado a personas! Por el otro… seguía siendo un ser humano, un hermano lejano.

Es guerra , se recordó. Y la guerra no tiene reglas, excepto una: ganar.

El rejnaji había gritado: «Monstruos. Han regresado».

Cuando Horladán le preguntó qué significaba eso, expiró.

Esto confirmaba una cosa. Los monstruos estaban de regreso. ¿Pero monstruos que hablan?

Siguieron avanzando por el terreno. Media milla después, el comandante del escuadrón estaba preocupado:

—¿Dónde está la aldea, maldición? Ya deberíamos haberla visto.

—Probablemente se movieron de lugar —dijo Rajma-dín, lo cual era una posibilidad bastante razonable.

Después de todo, los Hara’lutze eran nómadas.

Sin embargo, ese mapa era el más actualizado que tenían y normalmente, cuando una tribu cambiaba de lugar, mandaba mensaje al Gran Círculo.

Ese mensaje podía tardar tiempo en llegar, así que, en el mejor de los casos, la aldea Thalé había levantado las tiendas hace no mucho tiempo, para irse a otro lado.

Esa era la esperanza de Haliná y de los demás.

Sin embargo, pronto se dieron cuenta de que la situación sería diferente. Fue el olor lo que los alertó primero.

—Espíritus eternos —musitó, pasmado, Rajma-dín, al ver la escena que, al avanzar un cuarto de milla más, se materializó.

Thalé estaba destrozada. Hecha ceniza, incluso. Las tiendas quemadas y tierra esparcida encima para apagar las brasas y opacar el olor.

Los varones y los niños estaban empalados en círculo, alrededor del campamento, mirando hacia el centro.

Los palos salían por sus gargantas, bocas o el pico incrustado en la cabeza.

Era una escena horrorosa. En el centro estaba el resto del pueblo, las mujeres, los niños y los bebés. Solo las cabezas, amontonadas.

Rajma-dín vomitó. Haliná también, y sus piernas temblaron, se sintió mareada y por un momento pensó que se desmayaría. No solamente era el horror de la escena, sino también el tufo que entraba no solamente por la nariz sino por cada poro de su piel.

En su vida como mercenaria había visto cosas pasmosas. Ella no era ajena a la muerte, el dolor, el sufrimiento.

Pero esto iba más allá.

Aquí no solamente había crueldad, sino maldad en su más honda profundidad.

—Esos malditos nos guiaron hasta aquí —dijo el Rompecuellos—. Querían que lo viéramos. Querían que lo supiéramos.

Rajma-dín temblaba de ira:

—Pagarán por esto. Así sea lo último que haga, pagarán por esto.

Horladán respiraba hondo, se mantenía serio, aunque con una turbulencia interior evidente.

—Los rejnajis nunca actuaron con este salvajismo —dijo—. No hay registro de que hicieran algo así en la Guerra de los Clanes. Siempre respetaron nuestra antigua hermandad. Somos hijos del mismo padre.

—Eso fue hace mucho tiempo —respondió el Rompecuellos, entre dientes—. Hay una nueva generación. No respetan las antiguas tradiciones. ¿Matar mujeres y niños? ¿Aldeanos inocentes? ¡Ni siquiera eran guerreros! ¡Miradlos! —señaló a un par de niños empalados de no más de doce años.

Haliná sintió arcadas tan solo de imaginar lo que esta gente debió de haber pasado. Probablemente mataron primero a las mujeres y los niños, con los hombres como testigos, para después deshacerse de ellos.

—¿Los habrán matado a todos? —preguntó Draven.

—Imposible saber —dijo Rajma-un.

—Si se llevaron cautivos…, no me quiero ni imaginar —dijo Haliná. Las lágrimas brotaron de sus ojos. La mano izquierda le empezó a temblar incontrolablemente. Por qué solo ese brazo, no lo sabía. Pero algo sí: jamás había sentido tanto furor, tanta rabia, tantas ganas de matar a un enemigo.

Ahora le parecía poca cosa la tortura del rejnaji.

Curioso cómo la perspectiva podía cambiar en tan poco tiempo.

Lo cual era irónico. Ante la muerte, lo único en lo que podía pensar era en matar más.

Guerra. Maldita guerra.

Su hermano la miró y notó que estaba por llorar. Se acercó a ella y le puso una mano sobre su hombro:

—Juro por el Gran Creador que vengaré las almas de nuestros hermanos.

—Lo juro yo también —dijo Rajma-un.

—Lo juro —dijeron Rajma-dín, Oshrek y los dos Manos Rojas.

—Lo juro —dijo ella.

—Encontremos a esos bastardos y enviémoslos al abismo del fuego eterno —dijo Horladán.

—Allá —dijo entonces el Rompecuellos, apuntando al horizonte.

Una luz. Un fuego.

¿Pero qué era? ¿La fogata de los enemigos u otra aldea ardiendo?