Un caído
—¡ALTO! —brAMÓ HORLADÁN.
Todos se petrificaron al escuchar la orden.
—Comandante —dijo el Rompecuellos—, se escaparán.
Horladán ignoró el comentario y comenzó a dar órdenes:
—Rajma-un, seguimiento visual del enemigo.
—Sí, comandante —respondió el mayor de los gemelos, apresurándose a trepar el tronco para asegurarse de que los enemigos realmente huían en lugar de reagruparse para montar un contraataque.
—Oshrek, revisa el perímetro y asegúrate de que no haya más rejnajis.
—Sí, comandante —respondió el Rompecuellos, obedeciendo la instrucción, aunque con un destello de frustración en su rostro.
—Haliná, el guerrero caído, inspecciónalo.
—Al instante.
—El resto de nosotros, en alerta.
—Comandante, si los perseguimos, los podremos matar. De lo contrario darán noticia de nuestra posición —dijo Draven, el Mano Roja.
—Estamos a punto de perder luz, guerrero —respondió Horladán—. No sabemos si tienen otro escuadrón listo para emboscarnos. Sobrevivimos este, pero quizás no un segundo.
—Es cierto —dijo Rajma-dín—. Podrían estar tendiéndonos una trampa.
—Además —dijo Horladán—, Oshrek es el mejor rastreador de nuestra tribu. Los encontraremos. —Miró a su alrededor y agregó—: ¿Dónde están las mulas?
—Se ahogaron —dijo Draven.
—¿Qué? —gritaron varios de ellos.
—Salieron despavoridas —respondió el Mano Roja—, llegaron hasta el árbol caído y, queriendo huir, entraron en el agua. La primera estaba herida de muerte. Estaban amarradas las tres juntas, las arrastró la corriente.
—¡Maldita sea! —exclamó Oshrek, que ya se encontraba en el lugar desde donde los arqueros habían estado apostados.
—Nos quedamos sin provisiones —dijo Haliná—, excepto lo que traigamos encima.
—Llegaremos a la próxima aldea. No está muy lejos desde la salida del cañón —dijo Horladán.
—Los he perdido de vista —informó Rajma-un—, pero sí, huyen, son tres.
—¿Tres? —preguntó el Rompecuellos—. Eran cuatro.
—Uno de ellos sucumbió a sus heridas, parece. Está tirado como a doscientos pasos.
Haliná se arrodilló junto al Mano Roja caído. Tenía dos flechas en el cuerpo y una tercera en la mano, que había logrado arrancarse. Su expresión era de una extraña tranquilidad.
Puso los dedos en su cuello, revisando el pulso de vida, aunque era evidente que su alma ya no moraba en su cuerpo.
—Ha muerto, comandante —le dijo a su hermano, sintiendo extraño llamarlo así. Sin embargo, eso su hermano era: la «primera espada» de la tropa.
Ella sabía qué hacer. Tomó las armas del guerrero, además de su odre y lo que llevaba en las faltriqueras: un poco de carne seca, nueces y algunos otros objetos pequeños.
Horladán se acercó al cuerpo. En voz alta, para que todos lo escucharan, dijo:
—Una pausa en honor a nuestro hermano caído.
Todos se pararon, quietos, mirando al hombre que había perdido su vida.
El comandante cerró los ojos, levantó las palmas de las manos hacia arriba, como si cargara algo en brazos, y rezó:
—«Su alma entregamos al cuidado del Gran Creador y rogamos que nosotros, como él, enfrentemos con valentía nuestro destino, para emprender con honor el viaje eterno».
—«Su sacrificio no será en vano» —respondieron todos al unísono.
—Oshrek y Haliná, acompañadme a registrar al rejnaji que Rajma-un vio. El resto, haced una tumba de piedra para nuestro hermano. No dejaremos su cuerpo a merced de los cuervos. Después, registremos a los muertos mientras haya un poco de luz, pues la oscuridad nos sobrevendrá en cualquier momento.
Así como informó Rajma-un, encontraron al rejnaji no muy lejos. Sin embargo, no estaba muerto, sino moribundo. Cuando los vio acercarse, jadeando, primero los miró con furia, después con miedo.
Estaba malherido en el costado, una mancha grande de sangre en su túnica. Todavía asía la espada, pero aunque intentó levantarla, no pudo. Oshrek se la quitó.
Horladán se puso de cuclillas junto a él.
—¿Qué hacíais aquí?
—Te maldigo por el Espectro —respondió el rejnaji, desafiante.
—¿Qué estáis haciendo en nuestros territorios?
El rejnaji sonrió:
—Siempre tan confiados. Siempre tan superiores, eh. Ya no más, hijo de Hara’lutze.
—¿De qué hablas?
—Su territorio es nuestro. Sus mujeres, nuestras esclavas. Sus hijos, comida de perros.
El Rompecuellos dio un paso hacia él:
—Sigue hablando así y haremos que tu muerte sea lenta y dolorosa.
El rejnaji se rió, aunque con dificultad, tosiendo y echando sangre por la boca:
—Es demasiado tarde para vosotros. La alianza está hecha.
—¿Alianza? —preguntó Haliná—. ¿Alianza con quién?
—¿Con los Umi-hazán? —dijo Horladán. Esa era la tribu que, en la guerra de los clanes, se alió con los rejnajis.
Los ojos del moribundo relampaguearon:
—Será una grata sorpresa. Demasiado tarde cuando lo descubráis.
El comandante de la tropa sacó una navaja e introdujo la hoja en la herida del caído, torciendo la mano. El rejnaji chilló de dolor, un grito repentino, fuerte, que helaría la sangre de cualquiera que no estuviera acostumbrado.
—¿Todo bien allá? —escucharon a Rajma-dín decir, asegurándose que el grito no fuera de ellos.
—Todo bien —respondió Oshrek.
Horladán dejó la navaja dentro:
—Tenemos toda la noche, rejnaji. Toda la noche. Si no respondes a cada pregunta, estaremos aquí hasta el amanecer.
—¡Estoy dispuesto! —gritó el enemigo, la saliva bajándole por la boca, los ojos saltones, las venas pulsantes, el cuerpo temblando.
—¿Dispuesto, eh? —respondió el comandante—. Así dicen todos. Al principio.
Los gritos del rejnaji se reanudaron.