Una escaramuza
SE DESHIZO DEL primero con sorprendente rapidez. Un espadazo en la cara que le partió la frente; sangre, hueso y cerebro salpicando.
El que venía por detrás blandía un hacha, la cual giró hacia atrás, pero antes de que la hiciera descender, Haliná lanzó la punta de la espada al frente, alcanzando a perforarle la costilla, aunque la hoja apenas entró unas tres pulgadas.
Por la inercia, el hacha descendió y, aunque ella logró esquivar el filo, su contrincante la empujó violentamente con el hombro.
Para su terror, cayó hacia atrás, perdiendo el agarre de su espada, que seguía encajada en el hombre quien, al ver la herida, tomó la hoja con su propia mano y la sacó. Después la lanzó al suelo.
Desde esa perspectiva, Haliná vio mejor a su adversario.
Era un hombre rejnaji, no le quedaba duda alguna.
El color de piel, los ojos ligeramente rasgados y la vestimenta, con una túnica negra y corta que le llegaba a las rodillas y mangas que apenas cubrían el hombro.
No llevaba yelmo ni cota de malla, sino solo una protección de cuero duro sobre el pecho.
A su alrededor escuchaba los gritos de la escaramuza.
Puesto que al caer quedó al descubierto, posicionó de inmediato el escudo para protegerse. Una flecha le pasó zumbando junto a la cara y otra impactó en el escudo, incrustándose en la madera recubierta.
Antes de que el rejnaji la atacara de nuevo, ya estaba en pie y con la daga en la mano.
—Te voy a comer viva —le dijo. Era un hombre más o menos de su tamaño, con un rostro horroroso.
Le faltaban dientes, tenía la nariz torcida y una enorme cicatriz le bajaba por la frente y la mejilla, distorsionándole los labios.
A la usanza de los soldados rejnajis iba rapado de la cabeza y lucía barba negra—.
Te mataré. Luego disfrutaré de tu cuerpo.
Lanzó un hachazo. Su escudo vibró con el golpe, algunas astillas saltaron, pero era un buen escudo. El hombre se reía mientras le propinaba otro tajo horizontal, que también defendió. El rejnaji levantó el hacha y la hizo descender.
El movimiento que en ese preciso instante realizó Haliná era uno bien practicado. El hacha impactó en el escudo y, entonces, ella desplazó ligeramente el cuerpo hacia la derecha y lanzó su mano al frente. La daga se hundió en la garganta del rejnaji, cortándole, literalmente, la risa.
Sacó la daga de la herida. La sangre emanó a borbotones. Su enemigo dejó caer el arma y se llevó ambas manos al corte, como intentando contener la sangre que brotaba, sus ojos saltones y desorbitados por el pánico.
Haliná gritó y le clavó la daga con fuerza en el pecho. El peto de cuero impidió que la herida fuera profunda, pero el guerrero cayó al suelo y después rodó hacia atrás.
Recuperó su espada. Iba a hundirle la hoja por la garganta, pero no hubo tiempo. Frente a ella, a unos diez pasos, Rajma-dín luchaba contra un adversario —increíblemente— más alto que él. La espada del menor de los gemelos contra el hacha de su contrincante.
Apenas dio unos pasos y escuchó el silbido de las flechas que pasaron peligrosamente cerca de su cuerpo.
Sintió esa horrible expectativa al pensar que en cualquier momento una de las flechas podría clavarse en su cuerpo y dejarla malherida o, peor, muerta.
Puesto que llevaba el escudo en la mano izquierda y los arqueros estaban apostados a su derecha, no podía cubrirse bien.
Aun así, en un instante ya estaba junto a Rajma-dín.
Antes de que pudiera atacar al contrincante rejnaji, este se percató de ella y le propinó un mandoble que impactó en su escudo, pero la hizo trastabillar y, perdiendo el equilibrio, estuvo a punto de caer al suelo de nuevo.
Maldición. Estos guerreros son poderosos.
Un latigazo de dolor le recorrió el brazo izquierdo. El golpe había sido tan fuerte que se preguntó si le habría roto algún hueso. Giró el hombro.
Estoy bien. Parece que estoy bien.
Se preparó para atacar, pero no pudo: un rejnaji se abalanzaba sobre ella por la derecha.
Era delgado y musculoso. Iba con el torso desnudo, el pecho pintado con símbolos negros.
Intercambiaron espadazos, midiéndose, haciendo fintas, atacando, defendiendo.
El rejnaji la miraba con odio y le ladraba como si fuera un perro.
Por poco tropezó con un cuerpo tendido.
Parece que hoy me estoy tropezando con todo, maldita sea.
Su enemigo giró la espada y le lanzó un golpe de tanteo, ella respondió con un paso firme de la pierna izquierda hacia delante y, con el borde del escudo, le destrozó la nariz y algunos dientes.
Aprovechó la desorientación del guerrero enemigo, que aullaba de dolor, para clavarle el filo de la espada sobre la clavícula.
Lo empujó con el escudo y le abrió el musculoso pecho con una profunda tajada, la carne abriéndose como si fuera mantequilla.
Eso te pasa por ir desnudo, imbécil.
La realidad es que ni Haliná ni su escuadrón llevaban el pecho protegido con peto o cota. Habían venido en un viaje de exploración, no a una guerra.
Le dio al rejnaji una patada en la boca del estómago; se fue tambaleándose y terminó cayendo de espaldas en el río, una mancha roja formándose mientras la corriente se lo llevaba.
A su alrededor, la batalla continuaba. Gritos, golpes, el sonido metálico de las espadas chocando entre sí.
Los arqueros abandonaron sus posiciones para auxiliar a los suyos, que estaban en apuros, pues el escuadrón Hara’lutze, aun habiendo sido tomado por sorpresa, indudablemente llevaba la ventaja: solo un Mano Roja muerto.
Seguimos vivos , pensó. Su hermano, los gemelos, el Rompecuellos, todos vivos.
Por ahora, pues aquello no había terminado.
Delante de ella, el Rompecuellos blandía su hacha contra su contrincante, que retrocedía ante los poderosos golpes.
—¡Pelea! ¡Encaráme, gusano! —le gritaba Oshrek, el hacha en mano, la cara roja, las venas del cuello y del rostro latiendo con fuerza.
La contienda no duró mucho. El Rompecuellos primero le hundió el filo en el hombro, seccionándolo por completo.
El brazo cayó al suelo, un pedazo de carne muerta.
Luego, haciendo girar el hacha con fuerza, le cortó la cabeza, haciendo honor a su apodo.
La sangre salpicó a Oshrek, que rugió como un oso, mirando a su alrededor, buscando a su siguiente víctima.
Rajma-un, por su parte, acababa de herir mortalmente a uno que cayó al suelo y levantó una palma en dirección al mayor de los gemelos, pidiendo misericordia.
Pero misericordia no encontró. El gemelo le hundió el hacha en el pecho. Luego apoyó la bota en el hombro, tiró con fuerza para arrancar su hacha de la carne y el hueso del guerrero que aún gritaba, y volvió a hacer descender el filo, esta vez partiéndole la cara en dos.
—¡Retirada! —gritó uno de los enemigos. De inmediato, los rejnajis que aún seguían con vida, apenas cuatro, emprendieron la huida.
—¡Tras ellos! —gritó Oshrek.