Princesa guerrera (Mercenaria 6) Una salida
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Una salida

TERMINADA LA COMIDA y después de reabastecerse de provisiones, salieron. Cruzar el cañón les llevaría prácticamente el resto del día y no querían que la noche los sorprendiera en las montañas, si podían evitarlo.

La entrada de la Garganta del Viento era angosta y sombría, incluso a esa hora de la mañana. Sin embargo, el desfiladero se fue ensanchando.

A la media milla era ya un pasillo amplio, con un riachuelo en medio que variaba su anchura y profundidad, y paredes rocosas a ambos lados, formando una V enorme.

El sol les daba de lleno, aunque debido a la altura de las paredes no pasaría mucho tiempo antes de que quedaran en sombra y, sin duda, oscurecería más rápido. Por lo tanto, era imprescindible avanzar a buen paso.

Mirando a su alrededor, a las rocas rojizas salpicadas de árboles y matorrales, Haliná pensó que podía ser un lugar propicio para una emboscada.

Mantén los ojos y los oídos bien abiertos, se dijo.

Las mulas eran buenos animales; iban al final de la fila, guiadas por uno de los Manos Rojas, un fortachón llamado Dravet.

Según lo que les había dicho el jefe del campamento, tardarían unas seis horas en atravesar el cañón. A las dos horas llegaron a la zona pantanosa.

Oshrek, considerado uno de los mejores rastreadores de la tribu, tomó la delantera para guiar al grupo por la mejor ruta.

—No me gusta —dijo Rajma-dín, acercándose a Haliná.

—¿No te gusta qué?

—Este lugar. Este maldito pantano. Huele mal y me da miedo que en cualquier momento salga una serpiente o un cocodrilo.

—Te aseguro que un cocodrilo no vamos a encontrar aquí.

—¿Y cómo sabes eso, princesa?

—Una serpiente sí, pero un cocodrilo, imposible y lo sabes.

—Supongo que tienes razón.

—A mí me preocupa otra cosa —dijo ella.

—¿Una emboscada?

—Precisamente.

El gemelo miró alrededor:

—Habrá que tener cuidado.

Les llevó algo más de una hora, según calculó Haliná, salir del lodazal.

Por fortuna lo lograron sin ningún problema, excepto que sus botas estaban llenas de barro, al igual que los bajos de las túnicas.

De todas formas, el Rompecuellos los había guiado por el mejor camino, pasando por encima de piedras o por zonas donde el lodo no tenía profundidad.

Hacia la quinta hora desde que entraron, por el movimiento del sol y debido a algunas nubes, aquel valle rocoso por el que avanzaban se tornó gris.

De repente, un viento fuerte recorrió el canal y se arrebujaron en las capas. Haliná sentía el frío en los huesos.

Todos se alegraron cuando, al girar levemente a la derecha, vieron a lo lejos el final del paso.

Media milla más, pensó.

Al igual que la entrada al cañón, la salida se iba estrechando. Llegaron a un punto donde tenían el río a la izquierda, la pared rocosa a la derecha y un camino irregular frente a ellos. Era una zona con árboles más grandes y abundantes matorrales.

Haliná miró hacia atrás. Dravet, el Mano Roja, se había rezagado un poco.

—¿Todo bien, Dravet? —le preguntó.

—Todo bien —contestó—. Son estas malditas mulas, que se mueven muy despacio. Bestias testarudas.

—Tienen las patas llenas de barro, quizá sea eso. Hay que limpiárselas para que avancen mejor.

—Sí, khar-ime’tán. Pienso lo mismo. Son buenos animales —rectificó—, pero la jornada ha sido dura y el camino irregular.

—Se lo diré a Horladán —dijo ella.

Apretó el paso para alcanzar a su hermano, que iba ahora a la cabeza, guiando.

Vio que Horladán se detenía. Un árbol caído les impedía avanzar. Tendrían que saltar el tronco o rodearlo por el río. Pero en ese punto el río era profundo y corría con algo de fuerza, lo suficiente como para darles problemas si lo intentaban.

Detrás de su hermano iba Rajma-un, luego Oshrek, después Rajma-dín. Luego iba ella y, detrás de ella, los tres Manos Rojas.

Apenas iba a preguntar qué ocurría cuando vio que su hermano llevaba la mano al pomo de la espada.

Ese movimiento de la mano de su hermano mayor, sucedido en apenas un parpadeo, le indicó que algo iba mal.

Llevaba más o menos la mitad de la hoja de su espada desenvainada cuando comenzó.

El ataque fue por la derecha. Los enemigos asomaron tras arbustos o rocas, tensaron arcos y apuntaron.

—¡Alerta! —gritó su hermano.

Apenas le dio tiempo de ceñirse el escudo. Las flechas volaron. Haliná se agachó para reducir su cuerpo como blanco, y una de las flechas, debido al ángulo, rebotó en el escudo.

Desgraciadamente, el Mano Roja que estaba a su derecha no logró protegerse con suficiente rapidez, pues tuvo dificultades para quitarse la correa con la que llevaba sujeto el escudo, y una de las flechas se le clavó en el estómago, arrancándole un grito de dolor.

Otra flecha alcanzó a una de las mulas en la costilla.

Rebuznó aterrada y coceó, golpeando al animal que venía detrás, que se encabritó.

Espantados, los tres animales se desbocaron hacia delante rumbo al árbol que les impedía el paso.

Los enemigos prepararon nuevas flechas. Haliná corrió a resguardarse detrás de una formación rocosa, y la flecha pasó zumbando a su espalda.

El resto del escuadrón tomó posiciones de defensa tras rocas cercanas y, en el caso de su hermano, resguardándose tras un árbol pequeño cuyo tronco no era lo bastante ancho para protegerlo, pero al menos lo ocultaba de la vista enemiga.

Rajma-dín, con esa rapidez que lo caracterizaba, ya tenía el tirapiedras listo; apuntó y psuac , soltó la piedra, escondiéndose de inmediato detrás de unas rocas cercanas a donde ella estaba.

Se oyó el golpe de la piedra al dar en el blanco: fuerte y seco, resonando en el cañón, sonido que fue casi al instante ahogado por el grito de dolor del enemigo, que se derrumbó y rodó cuesta abajo hasta quedar atrapado en un matorral, inerte.

—¡A por ellos! —gritó el cabecilla de la tropa enemiga, y de entre los arbustos salieron unos doce guerreros, de los cuales cuatro o cinco se quedaron en su posición para seguir disparando flechas.

Era una estrategia que los colocaba a ellos —a Haliná y su escuadrón— en desventaja. Sus contrincantes intentarían sacarlos de sus escondites, intercambiar hachazos para luego retroceder unos pasos y dejar que las flechas hicieran su trabajo.

Lanzó una mirada a su alrededor para reconocer mejor el terreno.

El Mano Roja herido estaba en el suelo, todavía vivo, pero ahora con dos flechas más clavadas en el cuerpo. Ya no gemía, solo intentaba sacarse la flecha de las costillas, débilmente, mientras la vida se le escapaba.

Se preparó para el combate. Uno atacó por su izquierda y un segundo rodeó la roca tras la cual ella se parapetaba para atacarla por la retaguardia.

Con un grito, se abalanzó sobre el que tenía enfrente.