Una aldea
LAS ALDEAS-CAMPAMENTOS que salpicaban el territorio Hara’lutze variaban en tamaño, pero todas eran más pequeñas que el Gran Círculo.
Años atrás, cuando el clan primero llegó a aquellas tierras, vivían todos en el mismo campamento.
Pero con el paso del tiempo y el movimiento nómada, algunos se fueron quedando o estableciendo sus campamentos en diversos puntos del territorio.
La gran mayoría de las aldeas comenzaron con dos o tres familias, pero ahora, cientos de años después, habían crecido en tamaño y número.
No entraron en ninguna el primer día, sino que las dejaron a un lado, a lo lejos.
El segundo día fue lo mismo. El tercero, por la mañana, entraron en la aldea de Borzhal, que era una de las más grandes del territorio, con cientos de carpas levantadas en un terreno hermoso, verde, con un río de agua cristalina que atravesaba el campamento por el medio.
La aldea estaba a unas cinco millas de la Garganta del Viento, un desfiladero rocoso que cruzaba un cañón enorme que se extendía ante ellos como una muralla gigantesca.
Dejaron las mulas en un establo para que las alimentaran y cuidaran, y se dirigieron al mercado para comer y comprar provisiones.
Horladán era quien mejor conocía al jefe del campamento, así que fue a buscarlo y, poco después, regresó con él.
Se llamaba Jarum. Era bajito, obeso, pero con brazos fuertes y una soberbia barba gris que le descendía hasta el vientre. Llevaba el cabello recogido en una trenza larga.
Se sentó con ellos a la mesa.
—Bienvenidos a nuestra aldea, hermanos —dijo el jefe.
—Gracias por recibirnos —respondió Horladán.
—Por supuesto, khar-etua’tán —dijo.
—Está con nosotros también la khar-ime’tán —añadió Horladán, señalando a su hermana.
El jefe del campamento levantó sus pobladas cejas y, con semblante sorprendido, dijo:
—Por el Gran Creador, os pido disculpas, princesa. No sabía que estabais aquí. Es un honor tener con nosotros a los hijos del Khar.
—El honor es nuestro —respondió ella.
El jefe inclinó la cabeza:
—Comed y bebed lo que necesitéis. Será para nosotros un privilegio pagar no solo esta comida, sino también suplir cualquier otra necesidad que tengáis.
El grupo le dio las gracias.
—Me decía que estáis en una expedición —le dijo Jarum a Horladán—. Un asunto… delicado.
—Así es, hermano Jarum —respondió—. El plan es que hoy atravesemos el cañón por la Garganta del Viento.
El semblante del jefe se ensombreció. El Cañón de las Águilas era una enorme pared rocosa.
Para llegar a su destino en particular, era más fácil atravesarlo que rodearlo.
Había varias maneras de cruzarlo, diversos caminos usados desde antaño.
Pero probablemente el más común, y el que aparecía en los mapas, era la Garganta del Viento, un desfiladero que atravesaba el cañón por completo y les permitiría llegar a las tierras donde se avistaron los lobos.
Esto todavía estaba dentro del territorio del clan.
—¿Algún problema, hermano Jarum? —preguntó Rajma-un al notar la expresión del jefe.
—Ningún aldeano de este pueblo cruza el cañón hacia el sur.
Prácticamente nuestras caravanas se dirigen hacia el norte o a los campamentos del noreste.
Esas son las rutas comerciales que hemos mantenido durante años.
Sin embargo, las aldeas del sur, las que están más allá del cañón, envían sus caravanas hacia estos rumbos al menos cuatro veces al año. Y ninguna ha venido en medio año.
—¿Ninguna? —preguntó Haliná.
El jefe del campamento negó con la cabeza:
—Ninguna. No han venido.
—¿No habéis enviado a alguien para averiguar la razón? —preguntó Oshrek.
—No. En parte porque no teníamos motivo para sospechar nada malo.
No es la primera vez que ocurre, aunque no es habitual.
Hace diez años, las caravanas no vinieron durante un año entero, aunque se debió a la terrible nevada que hizo casi imposible atravesar el cañón.
Sin embargo, el hecho de que estéis aquí, en una expedición hacia el sur, me hace pensar que…
quizá sí haya una razón por la que no han venido hasta aquí.
Rajma-dín se rascó la barba y se inclinó hacia delante:
—Entonces, hermano Jarum, ¿la comunicación con las aldeas más allá del Cañón de las Águilas es nula?
—Así es, hermano guerrero. Y ninguno de nosotros ha ido hacia allí.
—¿Hay algo que hayáis visto últimamente, algo extraño? —preguntó Haliná.
—¿Como qué, khar-ime’tán?
—Cualquier cosa. Por ejemplo, rejnajis.
—No, no hemos visto a nuestros antiguos enemigos por aquí. Ninguno de los vigías ni de los pastores me ha informado de algo así. Además, ¿qué vendrían a hacer por estas tierras?
Los guerreros se miraron entre sí.
—¿Estáis diciéndome que se han visto rejnajis en nuestro territorio? —preguntó Jarum.
—No estamos del todo seguros —respondió Horladán—. Lo que es un hecho es que encontramos a dos con facciones rejnajis, aunque ellos negaron serlo.
—¿Están muertos o capturados?
—Muertos.
—Lástima.
—Hay otra cosa, jefe Jarum —dijo el comandante Horladán—. Es importante saber cómo manejar esta información, porque podría provocar temor o desconcierto entre nuestros habitantes. Y no queremos que sea así hasta que tengamos más información.
—Podéis contar con mi discreción.
—Encontramos también a un monstruo, muy cerca del Gran Círculo.
—¿Un… monstruo? —preguntó incrédulo—. Imposible. Los monstruos están todos muertos.
—Pues este estaba bastante vivo —dijo Rajma-dín.
—No puede ser. Una equivocación, seguramente.
—Lo vimos, jefe Jarum. Con nuestros propios ojos. Era un monstruo. Estamos completamente seguros —dijo Haliná.
—Por el Gran Creador. Entonces debemos estar en alerta. Tenéis razón, lo mejor es no atemorizar sin motivo a todo el pueblo, pero sí dar la instrucción a los vigías de que mantengan los ojos bien abiertos.
—Probablemente eso sea lo mejor —dijo Horladán—. Y que nos aviséis de inmediato si veis algo. Nosotros cruzaremos el cañón y, de regreso, pasaremos por aquí para dar un informe.
—Estaríamos profundamente agradecidos —respondió Jarum—. Tened cuidado. La Garganta del Viento es traicionera. Tiene una zona pantanosa. Que Eluvá os proteja.
—Tendremos cuidado —respondió Haliná.