Princesa guerrera (Mercenaria 6) Una expedición
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Una expedición

AL DÍA SIGUIENTE, Haliná se había convencido de que lo mejor era quedarse en el pueblo. Por la tarde, cuanto más lo pensaba, comenzó a dudar, sobre todo cuando los hijos de Kharum vinieron para tratar de convencerla.

Estaba casi segura de que también vendría su hermano. Pero no lo hizo, probablemente ocupado con la planificación del viaje.

Al salir la luna, mientras fumaba y tomaba aguardiente, ya no sabía qué era mejor.

—Antes tomabas decisiones muy rápido —dijo en voz alta, con la boquilla de la pipa entre los dientes—. Pero ya no eres la misma muchacha que antes, Haliná. Estás cambiando.

Estaba cambiando, de eso no había duda. Seguía siendo joven, o por lo menos quería pensarlo. Ya había cumplido los veintinueve veranos. En su infancia, habría considerado a una mujer de veintinueve como una señora, y no joven.

Ciertamente ahora, por la mañana, tenía dolores en la espalda que antes no. Algunas comidas le causaban ahora reflujo. Su vista no era tan nítida como en el pasado.

Era una mujer adulta y estaba creciendo, y lo odiaba. Quería seguir siendo una muchacha, una jovencita con esa actitud rebelde y temeraria que la caracterizaba. Sin miedo a morir, sin miedo a matar.

Cómo le gustaría tener cerca a Larani y pedirle consejo. ¿Qué le diría?

Probablemente que fuera. Que acompañara a su hermano, a los gemelos y a Oshrek.

Deseó que viniera su hermano para decirle que su padre solicitaba audiencia con ella, y entonces él le diría qué hacer.

No, Haliná. No quieres regresar a ser esa niña.

No durmió la noche entera. Y en algún punto de la noche, por allí de la tercera vigilia, se decidió a ir.

Durmió quizá un par de horas y, cuando se despertó, preparó sus alforjas y odres, se ciñó las armas, se colgó a la espalda un escudo redondo de madera, y se apresuró hacia el punto de reunión, que era el pozo de agua justo a las afueras del campamento, al suroeste.

Para llegar rápido, atravesó por el medio del Gran Círculo mientras salía el sol, con las miradas curiosas en torno a ella.

Kuldun, el panadero del mercado, al verla pasar, no pudo evitar preguntarle:

—¿Te vas, khar-ime’tán?

Ella se detuvo por un momento:

—Sí… y no. Iré en la expedición.

—¿Con tu hermano?

—Sí.

—¿Con el Rompecuellos?

—Eh…, sí. Y los gemelos.

—Toma un poco de pan para el camino, princesa.

—He llenado ya mi alforja, querido Kuldun.

—¡Por favor, por favor! No me lo niegues.

En realidad no llevaba mucha comida, y lo más prudente habría sido tomarse un tiempo para comprar provisiones en el mercado. Pero los gemelos le habían dicho que el punto de reunión era el pozo de agua, al amanecer, y que partirían inmediatamente.

No quería llegar tarde ni tener que alcanzarles, eso le daría vergüenza.

Kuldun le dio varias piezas de pan, carne seca, queso, nueces y fruta seca. Quiso pagarle, pero el panadero no le aceptó ni un anillo.

Con el bolsón mucho más lleno, se apresuró al punto de reunión.

Llegó justo a tiempo, su hermano daba algunas instrucciones. Horladán levantó la vista al verla acercarse y la miró con sorpresa y alegría.

Rajma-dín dio un grito de alegría, Rajma-un asintió en su dirección, serio pero con los ojos brillando.

—Bendito sea el Gran Creador —dijo Rajma-dín—. Escuchó mis súplicas.

—Exageras, hijo de Kharum —respondió ella, negando con la cabeza pero sonriendo.

—Bienvenida, hermana. Me alegra que decidieras venir —dijo Horladán, quien era el ek-karais; es decir, el comandante del escuadrón.

—Pensé que probablemente sería más útil con vosotros que quedándome aquí.

—Sin duda —respondió su hermano.

Ella miró al Rompecuellos, quien afirmó con la cabeza.

Además de ellos cuatro, los acompañaban tres Manos Rojas, armados con espada o hacha, y el escudo en la espalda, como el resto. No los conocía bien, aunque los había visto cerca de su padre, probablemente de su guardia personal.

—Disculpad por llegar un poco tarde.

—No te preocupes. Apenas estaba por mostraros el mapa —dijo su hermano mientras sacaba el pergamino, y Rajma-dín lo extendió con ambas manos para que Horladán señalara.

—El plan es sencillo. Descenderemos por aquí, siguiendo el río —apuntó—, pasaremos por varias aldeas de nuestra tribu.

El lugar en donde vieron la manada de lobos es aquí —agregó, señalando el monte Vuldun, cuya cordillera delimitaba el extremo sur del territorio Hara’lutze.

Al otro lado de las montañas eran tierras rejnaji—.

Serán cinco días de viaje. ¿Os parece bien?

—Buena idea pasar por las aldeas —dijo Rajma-un.

—Si necesitamos provisiones, nos abasteceremos allí —agregó su hermano menor.

—Iremos, hablaremos con el vigía, y haremos una inspección visual —dijo Horladán—. Además del viaje, cinco o seis días de exploración, como mucho; después regresaremos y reportaremos lo que hallemos. ¿Entendido?

—Sí, khar-etua’tán —respondieron todos, menos Haliná, que por tradición no estaba obligada a llamar a su hermano «hijo del fuego».

—Vamos, pues. Por la gracia del Creador, llegaremos hasta la Garganta del Viento en tres días.

Haliná agregó sus alforjas a una de las tres mulas que los acompañarían en el viaje.

Partieron.