Princesa guerrera (Mercenaria 6) Una disculpa
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Una disculpa

CUANDO SU HERMANO se fue, Haliná encendió un fuego frente a su tienda bajo la luna y las estrellas. Puso el pollo y las verduras en la sartén y dejó el maíz junto a las brasas.

Poco tiempo después, comía y bebía aguardiente.

Había tenido que aprender a cocinar. Cuando llegó a Zurmeldán, primero fue acogida por una amable familia de granjeros en Oamande, un pueblito.

Ellos prácticamente la adoptaron durante medio año, y la señora Vindi cocinaba para la familia.

Haliná, sabiendo que tendría que aprender, se pegó a ella, lo cual doña Vindi apreció.

Entonces, cuando dejó Oamande y fue primero a la ciudad de Zurmeldán, para luego pasarse a Xulde, fue perfeccionando el arte de la cocina.

Aunque, a decir verdad, todos estos años después, seguía preparando los platos más básicos y con frecuencia terminaba asando de más el pollo o chamuscando un poco las verduras.

No es que su madre no le hubiera enseñado. Simplemente que Haliná, siempre que podía, prefería estar leyendo o jugando a las espadas con sus amigos. Y cuando su madre le pedía ayuda, estaba distraída y terminaba arruinando la comida.

Se le humedecieron los ojos al recordar la muerte de su querida madre.

Había sido todo tan rápido. A mitad de semana comenzó a sentirse mal. El fin de semana llegó la fiebre. Los médicos hicieron todo lo que pudieron, pero la fiebre no cedió. Días después, estaban en la cripta, enterrándola.

Tantas cosas que debí haberle dicho. Si tan solo hubiera sabido que esa fiebre sería mortal.

Por lo menos alcanzó a despedirse de ella, y esto por insistencia de su misma madre. Probablemente sabía que estaba en sus últimos días.

El golpe a su padre fue tremendo. Amaba a su esposa, y aún era joven, sin cumplir los cincuenta veranos.

Tan frágil es esta vida. Por cosas como esta, a veces me pregunto si allá arriba hay alguien al mando. Sea la Madre, sea Eluvá, quien sea.

Pasos, acercándose.

Por los espíritus, ¿quién demonios viene a estas horas?

—¿Puedo acercarme, khar-ime’tán? —dijo la sombra.

Ella se sorprendió.

¿Podría ser…?

—Sí —dijo ella.

La luz reveló a Oshrek aj’Urkhan, el Rompecuellos.

—Por la diosa —dijo ella, lamentando escuchar en su propia voz el arrastre de los efectos del alcohol—, parece que hoy es día de audiencia.

—No era mi intención interrumpir tu cena —dijo, e inclinó el cuerpo en señal de respeto.

—No tienes que inclinarte ante mí, Oshrek. Eso déjaselo a los que no me conocen bien.

—No te conozco bien, khar-ime’tán. No te he visto en doce años. Te fuiste niña, regresaste mujer.

—Déjate de cursilerías, Oshrek. Y llámame por mi nombre: Haliná. ¿Te quieres sentar o te vas a quedar ahí de pie, con tu semblante incómodo?

—Puedo quedarme de pie. Solo vengo… no me quedaré mucho tiempo.

—Está bien. ¿Quieres pollo? Me queda un poco.

—No, gracias.

—Tú te lo pierdes. No me ha quedado tan mal, para variar —le dio otro sorbo al aguardiente—. Parece que hemos cambiado los papeles, eh, Oshrek. Ahora el sobrio eres tú y yo la… —fingió que se tambaleaba.

Un ligero indicio de sonrisa apareció en el rostro de él.

Oshrek era, como muchos de los varones guerreros de la tribu, alto, musculoso y de anchos hombros.

Llevaba el cabello rapado por encima de las orejas, y la melena le descendía por la espalda en una trenza.

Tenía facciones afiladas, la piel curtida por el sol, barba negra al igual que sus ojos.

En las mejillas, unos tatuajes azules, puntitos finos que le adornaban el rostro por debajo de los ojos.

Era un hombre bien parecido, tendría unos treinta años.

—Precisamente por eso he venido, Haliná.

—¿Para verme borracha? Maldito seas.

Sonrió:

—No. Eh…, por la cuestión de esta mañana.

—Bah —respondió ella, haciendo con la mano una señal que restaba importancia a la situación—. No fue nada. Nos peleábamos peor de críos, ¿no?

—Pero ya no somos críos. Yo soy hijo de un venerable. Y tú, la khar-ime’tán.

Ella se encogió de hombros. Se bebió el resto de su vaso y se sirvió más.

—Después de lo sucedido, hablé con mi padre —dijo él—. Luego fui con el tuyo.

—No tenías que ir.

—De todas maneras. Ofrecí mis disculpas. Estos días he estado algo…, distraído. Y el vino ha sido mi refugio. El vino y el juego. Era temprano y no debí haber estado así de mal. Es por eso que vine a… —se le secó la lengua.

—No tienes que disculparte, Oshrek. Estoy completamente segura de que, de haber sabido que era yo, nunca me habrías, pues…

—La verdad es que no pude hacer nada. Esquivaste mis golpes y me lanzaste de espaldas. Todo el pueblo está hablando de ello. Dicen que la hija del Khar dejó avergonzado al Rompecuellos. Y tienen razón.

Ella tuvo que suprimir una carcajada:

—No seas ridículo. Sabes perfectamente que me habrías partido en dos si la pelea hubiera durado un minuto más.

—De ninguna manera, Haliná. Eras rápida, y ahora más. Y parece que, al igual que antes, te gusta tirarme al suelo.

En la mente de ella, el destello de un recuerdo, lanzando a Oshrek al barro; los gemelos, que vieron desde lejos, riéndose. Oshrek levantándose, la cara roja, molesto, y ella avergonzada y enfadada.

Permanecieron en silencio un momento. El Rompecuellos miró hacia el valle, luego en dirección al pueblo.

—Tu hermano habló conmigo. Me dijo lo de la expedición.

—¿Qué le contestaste?

—Le dije que sí. Parece que los gemelos van también, y algunos Manos Rojas.

Las Manos Rojas eran la unidad de élite de los guerreros del pueblo. En tiempos de guerra, se encargaban de la protección del Khar y de las expediciones más peligrosas. En tiempos de paz, como ahora, se ocupaban de supervisar la seguridad del Gran Círculo.

—Será un escuadrón pequeño —continuó él.

—Buena idea.

—Me dijo que te invitó a ti también. Pero le dijiste que lo pensarías.

—Lo pensaré.

—Deberías venir, Haliná.

—¿Para qué?

—Si peleas la mitad de bien de lo que vi, serías un miembro valioso del escuadrón. A menos que prefieras quedarte aquí cuidando las ovejas de los gemelos.

Para nada. No me gustaría quedarme haciendo eso.

Pero entonces ¿a qué se quedaba? ¿A pasearse por el pueblo? ¿Con quién conversaría, si los gemelos y su hermano estaban fuera?

—Saldremos en dos días.

—Lo sé.

—Bien. Creo que he dicho lo que tenía en mente. Espero que aceptes mis disculpas.

—Acepto tus disculpas, Oshrek. Y si aceptas un consejo, deberías tener cuidado con la manera en que tratas a nuestros hermanos. Golpeaste a un niño y amenazaste de muerte a un hombre.

—Es la maldita bebida.

—O el orgullo —dijo ella, y lamentó inmediatamente haberlo dicho. Pero sí, había conocido a Oshrek toda su infancia, y era el más orgulloso de los príncipes. Engreído por su fuerza, por su inteligencia, por ser apuesto.

Pensó que se molestaría. De críos se habría enfadado.

En lugar de eso dijo:

—Quizá tengas razón, khar-ime’tán.

Y con una inclinación, se marchó.