Princesa guerrera (Mercenaria 6) Un escuadrón
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Un escuadrón

EL SOL SE ocultaba tras las montañas.

Haliná seguía en la mecedora, pensando. Se sentía un poco mareada de tanto fumar, incluso con el estómago revuelto, pues ni siquiera comió, aunque seguía con mucha hambre.

Si un atalaya vio una manada de lobos, se debe investigar. No podemos simplemente quedarnos sin hacer nada, con la esperanza de que no nos ataquen. Si es una manada de monstruos, el peligro es alto, muy alto.

Las tripas le rugieron y decidió que era hora de comer algo.

Se levantó, se estiró, se crujió la espalda y el cuello, preguntándose si era mejor caminar hasta el Gran Círculo y buscar cena.

Me da pereza. Comeré algo aquí.

La tienda-hogar de Haliná era rectangular, sólida, levantada con vigas y cubierta de cuero teñido de rojo oscuro.

Dentro todo estaba dispuesto con orden. El suelo, recubierto de alfombras.

Al área de descanso —donde estaba su catre, ropa y armas— se accedía al descorrer una cortina.

En el área principal, justo al entrar, una mesa baja con tres banquillos.

En una esquina, los arcones con carne seca y grano.

Tomó carne y frutos secos, una rebanada de queso y vino aguado.

Cuando estaba a punto de terminar de comer, escuchó pasos. Su espada estaba allí cerca, pero no la tomó, pues las pisadas no eran furtivas.

Escuchó desde fuera una voz que reconoció:

—Haliná, ¿puedo entrar?

—Pasa.

Entró su hermano menor, Horladán.

—Buenas noches, hermana —dijo.

—Pasa, siéntate. ¿Tienes hambre?

—No —dijo, sentándose en uno de los banquillos—. Vengo de un salón de fuego.

—¿Vino?

—A eso es más difícil decir que no.

Ella se puso de pie y le sirvió en un vaso de madera. Horladán se bebió la mitad de un trago, así que ella se lo rellenó.

Su hermano había tenido quince años cuando ella huyó de las montañas. La última vez que lo vio era un muchachito flacucho con espinillas en la frente.

Ahora era un hombre más alto que ella, delgado pero con músculos bien definidos.

Se había convertido en un hombre apuesto, de piel tostada por el sol, ojos grises como ella, una mandíbula afilada y barba de tres días.

Llevaba el cabello recortado a la nueva usanza, corto por los lados y más largo arriba, sin trenza.

Haliná sabía que era uno de los hombres más codiciados de la tribu y, cuando andaba con él por el pueblo, le fastidiaba un poco cómo lo miraban las mujeres, desde las jóvenes hasta las maduras.

—¿Cómo estás, hermanita? —le dijo él.

—No puedes llamarme «hermanita». Tú eres mi hermanito.

Horladán sonrió. Hizo un gesto con ambas manos, poniendo una palma más arriba de la otra:

—Antes tú estabas así y yo así —dijo, haciendo referencia a la altura de ambos, anteriormente, cuando ella era más alta que él—. Pero ahora estamos así —dijo intercambiando la altura en las palmas de la mano.

—¿Y desde cuándo la altura cambia el orden de nacimiento?

—Desde que llegaste y, para mi sorpresa, eres una bajita.

Ella tomó un pedazo de manzana seca y se lo lanzó al pecho.

—Cállate, estúpido.

—¿Estoy mintiendo?

—Cuando me fui eras un mocoso lleno de granos en la cara. Cuando regresé sigues siendo el mismo mocoso, pero más alto.

—Y sin granos, por lo menos.

—Por lo menos.

Horladán dio otro sorbo al vino.

Cuando Haliná llegó al pueblo, no sabía la manera en que su hermano reaccionaría.

En aquel entonces, doce años atrás, debido a las edades de ambos, no habían sido precisamente mejores amigos.

Pero habían sido cercanos, sobre todo después de la muerte de su madre.

Ella le explicó que no podía ser la persona que su padre quería y que, por lo tanto, abandonaría las montañas.

Su hermano, con ojos llorosos, le dijo que hiciera lo que su espíritu le guiaba a hacer.

La noche que abandonó el Gran Círculo, el último abrazo que recibió fue el de su hermano Horladán.

Curiosamente, el primer abrazo que recibió al regresar fue también el de su hermano.

—Debiste estar en el Consejo del Fuego —dijo Horladán.

—¿Tú crees?

—¿Y por qué no? Estabas con los gemelos. Viste todo. Tu aportación habría sido valiosa.

—Sabes bien la razón por la que no fui.

Horladán se pasó la lengua por los labios. Se quedó perdido en sus pensamientos un tiempo.

—Nuestro padre —dijo él— es un buen hombre. Pero testarudo. Además, aunque da la impresión de ser el hombre más fuerte de las montañas, y quizá lo sea, sus heridas no han sanado. La muerte de mamá. La pérdida de su hija.

—No estoy muerta.

—No estoy diciendo eso, hermana. Pero durante años no supimos nada de ti. Ni un mensaje.

—No hay mensajería entre Zurmeldán y Hara’lutze. ¿Esperabais una paloma?

Su hermano la miró, esa mirada penetrante que tenía:

—Hay maneras, Haliná. Cuando te fuiste eras la mujer más inteligente que conocía, y ahora lo eres diez veces más.

Estoy seguro de que habrías encontrado una manera de decirnos que estabas bien.

Yo sabía que estabas con vida, lo sabía en mi corazón.

Quizá papá también. Pero no teníamos certeza.

Además, cuando te fuiste, la vergüenza de mi padre fue tanta que estuvo a punto de renunciar como Khar.

—Lo sé —respondió, sonrojándose. Su hermano le había contado lo sucedido. Su padre presentó su renuncia como el khar-tua’tán. Si el Consejo aprobaba la renuncia, pasaría a ser uno de los venerables, mientras que al mismo tiempo se elegiría un nuevo Khar de entre los diez.

Los diez venerables votaron, todos en contra, excepto uno: Urkhan, el padre de Oshrek.

—Debiste decirnos que estabas bien —insistió su hermano.

Eso le había quitado el sueño desde su regreso. En su tiempo en Zurmeldán, varias veces se preguntó si lo correcto era, de alguna manera, mandar mensaje a las montañas para que supieran algo de ella. Dos veces lo intentó. Comenzó a escribir el mensaje…, pero terminó quemándolo.

—Tenía miedo de que me buscaran.

—Sabes que no lo habríamos hecho.

—¿Estás seguro? ¿Estás seguro de que nuestro padre no habría mandado a dos o tres para encontrarme? ¿A ti, incluso?

Su hermano negó con la cabeza:

—Imposible, Haliná. Nos habrían arrestado en la primera ciudad. Quizá quemado como herejes.

—Yo…

Iba a decir «yo no lo creo». Pero ¿cómo afirmar tal cosa? Ella misma fue perseguida tan solo por ser oriunda de las montañas rojas. Cambió de tema—: Hay algo que los gemelos no dijeron. Sobre el monstruo.

—Cuéntame.

Le contó todo. También lo que halló en las crónicas del sabio Húan.

—Pensarás que soy una lunática.

Horladán estaba serio, muy serio. Se rascó el mentón, los ojos entrecerrados.

—Hablemos con nuestro padre. Cuéntale lo que viste. Él debe saberlo.

—Tiene que mandarme llamar él, Horladán. Lo sabes.

—Escucha, hermana. Justo antes de venir hablé con él. Le dije que esto se debe investigar a fondo.

—Lo mismo pienso.

—Me autorizó para crear un escuadrón. Sabes… últimamente nuestro padre ha estado un poco, ¿cuál es la palabra? Paranoico.

—¿Desde cuándo?

—Cuando mamá murió, y cuando tú te fuiste, lo empecé a notar.

Poco, en aquel entonces. Pero ha ido creciendo, esa desconfianza, ese mirar por encima del hombro.

El último año, quizás año y medio, me dice que hay traidores entre nosotros.

Que enemigos se han infiltrado en los altos círculos del clan.

—¿Lo crees?

Su hermano se rascó la mejilla:

—No he visto evidencia de ello. Pero él dice que hay espías. Incluso, una noche en la que bebió demasiado, me dijo que sospecha de su círculo más cercano.

—¿El Consejo? ¡Imposible!

—Por eso accedió a la misión. Quiere que investiguemos. Iremos al sur, al territorio donde Dravet es guardián. Donde vieron la manada de lobos.

—Excelente idea, hermano. ¿Quién irá contigo?

—Estoy reclutando. Pero le diré a los gemelos.

—Responderán que sí.

—Lo sé. También a Oshrek.

—¿Qué? ¿A él?

—Que le hayas dado una paliza no significa que deje de ser el mejor rastreador de la tribu, hermana.

Haliná se llevó una mano a la frente:

—Por el Gran Creador, todos lo saben.

—Y tú.

—¿Yo qué?

—Quiero que vengas conmigo.

Ella hizo una mueca:

—No lo sé, hermano. No soy nadie aquí. No soy guerrera. No soy guardiana.

—Eres mi hermana. Eres la hija del Khar. Y estoy completamente seguro de que eres la mejor guerrera de toda la tribu.