Princesa guerrera (Mercenaria 6) Una incógnita
33%

Una incógnita

SIN DETENERSE, SALIÓ del Gran Círculo en dirección de su tienda-hogar.

Aunque en los últimos meses había pasado la mayoría de las noches en la choza junto al aprisco de los gemelos, ella tenía su propia tienda a las afueras del campamento, a las faldas de la montaña, con una vista hermosa del valle, no muy lejos de un cristalino riachuelo.

Todo el camino venía pensando en lo que acababa de suceder.

Bien hecho, Haliná. Querías pasar desapercibida y, para lograrlo, decidiste pelearte con el hijo de uno de los diez venerables. Bien hecho.

Y no cualquier príncipe, tampoco. Era Oshrek, hijo de Urkhan, uno de los venerables más respetados en la tribu.

Sí, conozco bien a ese engreído de Oshrek.

Desde que llegó no había cruzado palabra con él, aunque lo vio tres o cuatro veces en el pueblo.

Entró en su carpa, tomó tabaco y su pipa, y salió de nuevo. Se sentó en una silla mecedora y se puso a fumar.

El tiempo pasó.

Después del mediodía vio a los gemelos que se aproximaban.

—Te hemos buscado por todo el pueblo, khar-ime’tán —dijo Rajma-dín.

—Me encontrasteis.

Se sentaron sobre unas rocas cerca de donde ella estaba.

—¿Queréis algo de comer? Tengo carne seca.

—La carne seca es un tentempié para nosotros, princesa —dijo Rajma-dín—. Mejor vayamos después al pueblo.

—Se me antoja cordero —dijo Rajma-un.

—Id vosotros —respondió—. Yo me quedaré aquí, por lo menos hoy.

—Está bien, princesa —le dijo Rajma-dín.

—No es que no quiera acompañaros. Más bien…, tuve un…

—Lo hemos oído —dijo Rajma-un.

Haliná levantó las cejas:

—¿Tan rápido?

—Todo el pueblo habla de eso —dijo Rajma-dín con una sonrisa dibujada en el rostro, mientras encendía su pipa de tallo largo y hornillo grande—. El Rompecuellos humillado por la hija del Khar.

—Maldita sea —exclamó ella—. Qué vergüenza.

—Vergüenza para él —dijo Rajma-un—. Atacar a la khar-ime’tán.

—Tiene suerte de no recibir sentencia —dijo el gemelo menor—. Debe de estar temblando. Dicen que pidió audiencia con el Khar para explicarse.

—Espíritus. Lo único que me faltaba.

—Es lo menos que puede hacer. Pelearse con la princesa de la tribu y ser humillado por ella —Rajma-dín lanzó una carcajada—. Me recuerda nuestra infancia.

Haliná sacudió la cabeza. Dijo:

—Además, no lo humillé. La pelea se detuvo. De haber durado más tiempo, probablemente me habría vencido.

—¿A ti? —dijo Rajma-un—. No lo creo.

—Es más fuerte que yo.

Rajma-un negó con la cabeza.

—Oshrek sabe pelear —dijo Rajma-dín—, pero no como tú ni como nosotros. Por eso siempre nos tuvo envidia, y en especial a ti. Ya sabes cómo era de pequeño, avergonzado de perder contra una mujer.

—Éramos unos críos —respondió Haliná.

—¿Recuerdas la vez que lo lanzaste al barro porque te quiso besar? —dijo Rajma-dín. Los hermanos estallaron en risas.

Haliná se sonrojó:

—Es la última vez que hablamos de esto. ¿Me habéis oído, hijos de Kharum? Lo digo en serio.

—Está bien, está bien, princesa. No lo mencionaremos de nuevo —dijo el menor de los dos, aunque todavía con semblante divertido.

—Más os vale. Y tampoco mencionarlo a nadie. Y cuando digo a nadie, me refiero a nadie .

Rajma-un se pasó los dedos por los labios, haciendo la señal de mantener la boca cerrada.

—No me preocupas tú, Rajma-un. Me preocupa él —señaló a su hermano.

—¿Yo?

—Sí, tú, Rajma-dín. Eres el bocazas de los dos.

—Me siento ofendido.

—Prefiero que te sientas advertido.

—Advertido estoy —dijo inclinando la cabeza, socarrón.

Haliná decidió que era un buen momento para rellenar la pipa. De pronto le dio mucha hambre y pensó si era mejor idea ir al pueblo con los gemelos a comer algo.

—Y bien —dijo ella—. ¿Tuvisteis audiencia?

Rajma-un dijo que sí con la cabeza.

—¿Y qué pasó?

Los dos se pusieron serios.

—El Consejo está preocupado, khar-ime’tán —dijo el menor—. Ningún rejnaji se ha atrevido a cruzar nuestros territorios en años. Y cuando vieron la cabeza del monstruo…

—Una conmoción —dijo el mayor.

—Hicieron muchas preguntas, princesa. Respondimos lo mejor que pudimos.

—¿Mencionasteis lo otro? Es decir…, ¿que el monstruo habló?

—No, princesa. Pensamos que probablemente lo mejor sea que tú lo digas cuando el momento sea propicio.

Ella lo pensó:

—Está bien. Probablemente sea mejor así. Sin embargo, yo también estuve investigando al respecto.

Les contó lo que halló en el libro de crónicas.

—Interesante, khar-ime’tán —dijo Rajma-un.

—Sé que no es una prueba contundente —dijo ella—. Pero por lo menos hay constancia de que lo que dije es cierto, y en uno de los libros más importantes de la historia de nuestra tribu.

—Preocupante —dijo Rajma-un.

—Sí, princesa. Si los monstruos hablan, debemos estar más que alerta.

—¿Y qué dijo el Consejo? ¿Qué haremos?

—Para empezar, redoblarán la vigilancia.

No solamente en el Gran Círculo, sino que restablecerán los vigías en nuestro territorio.

El venerable Dravet dijo que hace un mes recibió un informe de una de las torres de vigía, al sur.

El atalaya creyó haber visto una manada grande de lobos cruzando a lo lejos, pero no pudo ver bien pues era al atardecer.

—¿Y qué pasó?

—Nada. Supusieron que había sido simplemente eso: una manada de lobos y nada más.

—Por los espíritus vivientes —dijo Haliná—. Si esa manada de lobos en realidad era una de monstruos…

Los gemelos se miraron.

—Si eso es así, khar-ime’tán —dijo el mayor—, debemos estar muy alerta.

—¿Y qué más dijo el Consejo? ¿Qué más se va a hacer?

—Por ahora nada más, princesa —dijo Rajma-dín—. ¿Qué más podemos hacer?

Era cierto.

¿Qué más podían hacer?