Una pelea
CUANDO SALIÓ DE la biblioteca, tenía mucha hambre.
Se dirigió al mercado para encontrar alguna taberna, que en el pueblo llamaban «salones de fuego».
Aunque su túnica no tenía capuchón, en su bolsón llevaba un gorro, el cual se puso para cubrir su cabeza y frente. Intentaría pasar desapercibida.
Caminó por el mercado con la mirada al suelo, negando con la cabeza cada vez que los mercaderes le ofrecían algo, desde comida hasta ungüentos.
Le gustaba el mercado. Siempre tan lleno de vida. De pequeña, cuando lograba escabullirse de sus tutores, siempre la terminaban encontrando o en la biblioteca o en el mercado.
Qué lugar tan único. Los olores, los colores, los gritos, la gente, los objetos en venta…
Aunque muchas tiendas ofrecían comida, ella buscaba alguna grande y con mucha gente, para que no la notaran.
Finalmente encontró una, aunque estaba en una esquina maloliente. Sin embargo, atiborrada y mal iluminada; mejor para ella.
Entró y se dirigió a una mesita, en una esquina.
Casi inmediatamente la atendió un niño. Seguramente el hijo del dueño, pues en Hara’lutze no había esclavitud. Todos los habitantes eran considerados hermanos. De cierta manera lo eran, pues incluso los aldeanos de los otros clanes eran descendientes del mismo padre.
—¿Le traigo algo, mi señora?
—Aguamiel. ¿Qué sirves hoy?
—Estofado de jabalí.
Se le hizo agua la boca:
—Perfecto.
—Al momento, mi señora.
A su alrededor hombres y mujeres comían, bebían, jugaban a los dados o a las cartas, algunos cantaban.
El muchacho regresó rápidamente con un cuenco, un trozo de pan y un vaso con el aguamiel. Olía estupendo.
—Gracias, pequeño —dijo y le sacudió juguetona el cabello con la mano.
—Para servirle —respondió el chiquillo sonriendo. Le faltaba un diente de leche. Tendría unos siete años, con piel marrón y ojos del color de la miel.
La comida de Hara’lutze es mejor que la de Xulde, eso sin duda , pensó. Incluso la callejera.
Recordó sus tiempos en Xulde. Parecía que había pasado ya tanto tiempo.
Pero en realidad apenas la mitad de un año.
Sí, con frecuencia se preguntaba si cometió un gran error al venir aquí.
Su vida en el reino de Zurmeldán no había sido perfecta, y definitivamente no pacífica.
Pero algunas noches —algunas, no todas—, extrañaba el golpe de sangre de la emoción al buscar un nuevo artefacto, encontrar a un malhechor buscado, visitar la tienda de libros de adoni Musrum.
Por supuesto, el Xulde que dejó era muy diferente a la ciudad a la que primero llegó. La invasión de piratas y garrajeños dejó una marca que no se borraría por mucho tiempo. Era, de cierta manera, otra ciudad.
Pero también estaban allí sus amigos.
¿Cómo estaría el viejo Pitt? Esperaba que bien. ¿Y Josfat? Seguramente metiéndose en problemas. De los tres, echaba más de menos a Roamán, por su corazón noble y espíritu valiente.
¿Y su amiga, siana Larani? ¿Qué estaría haciendo? Cuando dejó Xulde, ella y Roamán andaban lanzándose miradas cariñosas. No podía imaginar que Larani dejara de ser una madre ungida para casarse. Pero uno nunca sabía.
Y quizá ella jamás lo averiguaría. No había canales de comunicación entre las montañas rojas y las ciudades del reino de Zurmeldán.
Ese viaje que hizo de regreso a los territorios de Hara’lutze fue más sencillo de lo que imaginó. Lo recordaba bien y, gracias a la diosa, o al Creador, o a ambos, fue en verano, por lo que los caminos no estaban nevados.
Pero ¿a qué había venido? ¿A reencontrarse con su pasado? ¿A reconciliarse con su padre?
Pues ninguna de las dos cosas ha sucedido, pensó.
Aquí estaba ella, viviendo en las afueras del Gran Círculo, cuidando de las ovejas junto con antiguos amigos, preguntándose casi cada día si cometía un error.
Se llevó la mano al costado, a su espada. Acarició la vaina con la yema de los dedos. La espada que había pertenecido a su madre. Que había tomado sin permiso al salir de las montañas. Su padre la querría de vuelta. No estaba segura de poder separarse de su compañera.
Entonces, en la mesa contigua escuchó a dos personas discutiendo. Dos hombres. Al parecer se trataba de un problema con un juego de naipes.
Tan temprano bebiendo y jugando a las cartas. ¡Hombres!
Uno de los dos, a quien no podía verle el rostro porque le daba la espalda, dijo:
—Más te vale que midas tus palabras, hijo del Espectro. Soy tu príncipe.
Su voz tenía el arrastre de los efectos del alcohol.
El otro era delgado, con una nariz chueca y ojos saltones. Respondió, aunque con atisbo de temor:
—Puedes ser príncipe entre nosotros, pero no te da derecho a hacer trampa.
El primero se puso de pie. Se mecía suavemente, intentando encontrar el equilibrio.
—Repite eso y te cortaré la garganta.
El dueño de la taberna, desde lejos, exclamó:
—Eh, vosotros dos, tranquilizaos.
Pero el que estaba de pie apuntó al tabernero y gritó:
—Tú cierra el hocico, si no quieres terminar muerto también.
Haliná sintió que se le calentaba la cabeza. Miró al bocón, que llevaba capa sobre la espalda y una espada en la cadera. Era alto, de hombros anchos y cabello recogido en una trenza casi tan larga como la de ella.
No te entrometas. No es asunto tuyo.
El hombre dijo:
—Tomaré lo que es mío y, si tan solo dices pío, te rebanaré el cuello. —Agarró los anillos en la mesa y los echó a su bolsón. En Hara’lutze las «monedas» eran anillos de oro, plata, bronce y hueso.
En ese momento el chiquillo chimuelo se acercaba a esa mesa con un par de tarros de cerveza. El hombre extendió la mano izquierda para tomar el vaso, pero debido a su embriaguez se le resbaló de los dedos y cayó al suelo.
—Niño estúpido —gritó y le soltó un bofetón.
El otro tarro salió volando y el niño se fue de espaldas, golpeándose en la cabeza con fuerza.
Haliná se puso de pie con tanta rapidez que apenas pensó lo que hacía. Tomó al borracho por el hombro y lo giró para encararlo.
—Lo vuelves a tocar y lo lamentarás, perro inmundo —le dijo.
Entonces reconoció ese rostro: joven como ella, pero soberbio, duro, con mejillas tatuadas y una barba negrísima que le descendía por el cuello.
Maldita sea.
Era Oshrek Rompecuellos, hijo del venerable Urkhan. Sí, un príncipe en la tribu.
Él, sin embargo, no debió reconocerla, porque con un movimiento rápido del brazo se deshizo del agarre de ella, diciendo:
—Suéltame, mujer, si no quieres que te…
Oshrek levantó el puño. Probablemente solo buscaba intimidarla y no golpearla, pero ella respondió con instinto y lo empujó con fuerza.
El trasero de Oshrek aj’Urkhan dio contra el borde de la mesa, perdió el equilibrio y se fue de espaldas, la mesa volcándose, comida, cuencos, vasos y naipes girando por el aire y cayendo con estrépito.
El Rompecuellos lanzó un juramento. Se puso de pie. Otro hombre se le acercó e intentó detenerlo.
—Oshrek, alto —dijo—, ella es…
Pero no hizo caso y se abalanzó sobre ella, lanzando un puñetazo que esquivó y luego un segundo que tampoco dio en el blanco. Ella con todas sus fuerzas le lanzó una patada en la boca del estómago, con tal vehemencia que lo dobló y le sacó el aire.
Eso será suficiente para…
No. Ya se había incorporado y ahora su mirada era mortífera.
Sin embargo, no desenvainó. Incluso en el estupor del alcohol sabía que, en el momento en que sacara la espada, tendría que usarla.
Los duelos no estaban prohibidos en el pueblo, pero bastante regulados por la ley y la tradición.
Incluso siendo un príncipe, hijo de un venerable, podía ser expulsado del clan por violencia o ejecutado en caso de matar a otro habitante del pueblo sin razón legítima.
Por eso la mayoría de los combates sucedían por las noches, a las afueras del Gran Círculo o en algún callejón.
El Rompecuellos se abalanzó sobre ella gritando. Su entrenamiento en daiwá vino en automático. Ella lo tomó por el pecho al mismo tiempo que se dejaba caer y, con las rodillas y piernas, lo lanzó por encima de ella.
— Uggghhh —exclamó el Rompecuellos al caer sobre su espalda.
Haliná se levantó e, increíblemente, Oshrek también.
Era un guerrero, después de todo, y uno de los mejores en la tribu, según se decía. Cosa que no le sorprendía. Haliná lo conocía desde pequeño. Siempre había peleado bien.
Esto nunca se va a acabar. No se dará por vencido. La única opción es dejarlo inconsciente, y no será tan fácil.
Así que, esperando no lamentarlo, Haliná desenvainó su espada.
Oshrek aj’Urkhan sonrió y se llevó la mano al pomo de su arma, pero antes de sacar el acero, un hombre se puso frente a él y le gritó:
—¡Oshrek! Es Haliná. La princesa.
—¿Qué…?
La miró.
Y sus ojos se abrieron de par en par al reconocerla.
Todas las miradas estaban puestas en ella.
La boca de Rompecuellos se desencajó, soltó el pomo de la espada y levantó las palmas:
—Khar-ime’tán —dijo—. Yo no…, yo no sabía…
Haliná guardó su arma, el único sonido en una taberna repentinamente muy silenciosa. Dejó un par de anillos de plata y, apresuradamente, salió de allí.