Princesa guerrera (Mercenaria 6) Un códice
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Un códice

AMBOS SE SENTARON de nuevo en la mesa.

Keldar escuchó el relato con atención, su semblante iluminado por la lámpara.

—Un monstruo —dijo el joven sacerdote cuando ella terminó.

—Sí. Un lobo. Pero con características humanas.

—Espada y cota.

—Hasta túnica.

—Por los espíritus. Eso es…

—¿Increíble? ¿Una locura?

—Fascinante —dijo Keldar.

Ella levantó las cejas:

—Vaya. No es lo que opinaron los gemelos. Pusieron cara de que había perdido la razón.

El bibliotecario se rascó la mejilla:

—En parte lo entiendo. Las leyendas más cercanas a nuestros tiempos describen a los monstruos como seres de intelecto inferior, ligeramente por encima de los animales, pero significativamente por debajo de los humanos. Sin embargo…

—¿Sin embargo?

—Recuerdo que mi maestro una vez comentó que algunos libros en las antiguas crónicas parecen describirlos de forma diferente, como seres inteligentes.

Sabes que, aunque durante generaciones nos hemos referido a ellos como monstruos o engendros, o palabras similares, he encontrado pergaminos y códices donde se refieren a ellos de otras maneras.

Gorgots, por ejemplo. Excepto que en nuestra cultura el Gorgot es un monstruo específico que se usa para asustar a los niños.

—Sí, mi abuela lo decía: «Pórtate bien o vendrá a por ti el Gorgot». Aunque nunca lo describía físicamente. Siempre me lo imaginé como algún tipo de monstruo.

—Exacto. Seguramente es una palabra extranjera que llegó a las montañas por las caravanas. Pero aquí se adoptó para referirse a un monstruo específico y no a la raza de monstruos. —Keldar se quedó pensando por un momento. Luego añadió—: Dijiste que querías ver un libro.

—Sí. Recuerdo leerlo de niña. Un libro de crónicas de las tribus. Decía que las montañas en aquel tiempo estaban habitadas por monstruos.

—Sí —dijo el sacerdote, poniéndose de pie—. Debe de ser el libro de las crónicas del sabio Húan el Viejo. Está por aquí.

Haliná lo acompañó. Las tablas, códices, pergaminos y papiros estaban colocados en estantes de madera a lo largo y ancho de la carpa. Entre estante y estante había un pasillo angosto que serpenteaba como un laberinto.

—Mira, es este —dijo Keldar. Tomó un libro grande, como de tres palmas de largo por dos de ancho, con hojas de pergamino y tapas de madera delgada. Regresaron a la mesa donde, antes de abrirlo, lo admiraron.

—Hace unos ocho años mi maestro y yo le cambiamos la cubierta. La otra ya estaba muy desgastada, era de cuero. Esta es de madera tratada. Debe durar años.

Sobre la cubierta estaba escrito el título: Las crónicas de las tribus montañesas por el sabio Húan.

Abrió el libro en las primeras páginas. La letra era pequeña.

—Tardaremos tiempo en encontrar el pasaje que buscamos.

—No necesariamente —dijo el sacerdote, tomando otro grueso libro sobre la mesa—. Este es el Índice. Nos ha llevado años, y no lo hemos terminado. Mejor dicho, no lo he terminado. Pero en este índice estará no solamente cada libro o pergamino de la biblioteca, sino también el contenido.

—Vaya. Estupendo.

—Por eso me paso la vida aquí dentro, Haliná. Este trabajo lleva tiempo, y lo peor es que cada vez que abro un libro tengo que resistir la tentación de leerlo detenidamente.

—Me imagino.

—Pero como este es uno de los más antiguos, debería estar aquí. —Pasó varias hojas hasta llegar a la indicada—. Mira. Es este. Aquí los contenidos. Veamos si…, hmm…, parece que no…, un momento. Mira. «Sobre las guerras contra los gorgots». Libro octavo, tercera sección.

Hojeó el libro hasta llegar a esa sección.

—Aquí está. Es targarán antiguo, o «clásico», como me gusta llamarlo.

—¿Sabes leerlo?

La miró con la cabeza ladeada:

—¿Y qué clase de bibliotecario sería, princesa guerrera, si no pudiera leer targarán antiguo?

Ella le enseñó las palmas de la mano:

—Yo solo preguntaba.

—Por supuesto que sé leer targarán antiguo.

No es tan diferente del nuestro, simplemente que nuestra lengua se ha ido simplificando.

Antes, por ejemplo, se usaba la palabra tar para señalar a qué o quién se dirige una acción determinada.

Hoy ya no se usa. También, los artículos frecuentemente iban después del sujeto.

En lugar de decir «el guerrero», se decía «guerrero-él», y se pronunciaba como una sola palabra.

Además, hay muchas palabras que han caído completamente en desuso, sobre todo aquellas que, sospecho, provienen del tiempo antes de que llegáramos a las montañas.

Algunas no tengo ni idea de lo que significan.

No es que a Haliná le desinteresara la lección gramatical. De hecho, la encontraba fascinante. Sin embargo, quería saber ya lo que la crónica decía.

Según recordaba, ya había leído ese libro. Sin embargo, ahora pensaba que era un recuerdo incompleto, porque no sabía leer targarán antiguo. Probablemente fue la sacerdotisa quien se lo leyó.

Los recuerdos son cosas extrañas , se dijo. No muy fiables.

—Mira, ya lo encontré —dijo Keldar—. «Y aconteció en aquellos días que Targar hijo de Tarash, hijo de Arden, hijo de Aulé, hijo de Zimeno…». Vaya, esta genealogía ocupa media hoja. Ya sabes la obsesión que tenemos con las genealogías.

Ella asintió.

—A ver… —continuó Keldar—. «Targar el Guerrero, escogido por el Gran Creador, hizo descender la ira de Eluvá sobre toda impiedad e injusticia de los gorgots, cuya violencia había ascendido hasta el trono celestial, el aroma de la sangre inocente derramada, un sacrificio impío ante Dios.

Y aconteció en aquellos días que Ghar-era-darión, rey impío de los monstruos y adorador de Za, diosa abominable de los gorgots, reunió sus fuerzas en el valle de Jamín, al otro lado de la Roca Apacible, y mandó mensajeros a Targar el Guerrero, diciendo… ».

Keldar levantó la vista.

Haliná sabía la razón. Allí estaba la evidencia de que los monstruos hablaban, por lo menos en aquel tiempo.

—Por los espíritus vivientes, Haliná, tenías razón.

Aquí está: evidencia en el relato del sabio Húan.

Veamos. Dice: «Mandó mensajeros a Targar el Guerrero, diciendo: “Tus mujeres y tus niños son míos. Tus ovejas y tu ganado me pertenecen. Mañana, a esta misma hora, daré tu carne y la de tus ejércitos a las aves del cielo y a las bestias del campo. Y la memoria de tu nombre será borrada para siempre. Comeremos las entrañas de tus hijos, y alimentaremos a nuestros críos con los ojos de tus mujeres”».

—¡Diosa! —dijo ella. Miró al sacerdote, pues se le había escapado aquella expresión de la religión zurmeldana.

Pero él no dijo nada al respecto, más bien:

—Haliná, esto es fascinante.

—Ahora sé que no estoy loca.

El joven sacerdote se inclinó sobre su silla:

—Todavía hay un reto. Esto que se narra aquí sucedió hace quince siglos.

Significaría que los monstruos no solamente han vivido todo este tiempo, sino que también se han desarrollado como tribu.

¿Dónde han estado estos siglos? ¿Por qué regresarían?

¿Por qué ahora? ¿Por qué solo uno? ¿Y por qué con dos hombres que parecían ser rejnajis?

—Todo a su tiempo, Keldar —respondió ella—. Tarde o temprano esas preguntas tendrán respuesta. Pero, cualquiera que sea, algo me dice que no nos gustará nada.