Un sacerdote
ESA NOCHE REGRESARON al aprisco de los gemelos hijos de Kharum.
Haliná durmió allí, en la choza, haciendo por turno una vigilia. La choza era apenas lo suficientemente grande para que cupieran dos personas, y a ella no le importaba dormir junto a alguno de los gemelos. Se conocían bien y la relación entre ellos era de respeto y amistad, nada más.
A la mañana siguiente, dejando el rebaño a cargo de Durn, el joven aprendiz de pastor, caminaron la milla en dirección del Gran Círculo. Así se llamaba el campamento principal del clan, justo a las faldas del majestuoso pico de Arandu, en la cordillera Alamín.
Con el paso de los años, el clan creció, por lo que siempre había un campamento principal, llamado el Gran Círculo, pues las tiendas estaban dispuestas alrededor del tabernáculo sagrado, donde se ofrecía devoción al Gran Creador.
En el Gran Círculo habitaban unas 7.000 personas, por lo que era un campamento grande. Eso sin contar los otros asentamientos que pertenecían al clan, los cuales estaban repartidos a lo largo del territorio Hara’lutze. Así se formaban diversos pueblos, que en targarán se llamaban seixes.
Los Hara’lutze, al igual que los otros cuatro clanes, eran nómadas.
Pero eso no significaba que tuvieran tiendas improvisadas.
Para nada. Al ser nómadas no permanecían en el mismo lugar de manera indefinida, pero podían pasar de cinco a diez años en el mismo asentamiento, por lo que las tiendas eran de buen tamaño, construidas con la artesanía de siglos de práctica.
Las carpas lucían diversos colores, aunque todos más bien sobrios, y predominaba el rojo, que era el color distintivo de la tribu.
Algunos de los toldos eran de considerable tamaño, en especial los de aquellos que eran venerables del pueblo.
El más grande y hermoso de todos, incluso más que la carpa del Khar, era el tabernáculo sagrado.
El extenso terreno era un cuadrado perfecto, delimitado por un cerco exterior construido con cortinas de lino fino sostenidas por postes de madera recubierta de bronce con soportes de plata, al igual que los capiteles.
La entrada principal, hacia el este, estaba adornada con cortinas carmesí.
Allí es adonde se dirigieron, pues era alrededor del tabernáculo sagrado donde se encontraban las carpas más importantes, como la habitación real, el salón de justicia y el salón del consejo.
Los gemelos aj’Karhum pedirían audiencia. Llevaban las tres cabezas cortadas dentro de unos bolsones de cuero.
—¿Estás segura de que no quieres venir con nosotros, princesa? —le preguntó Rajma-dín.
—Estoy segura.
—Tu testimonio sería importante —dijo Rajma-un.
—Estoy completamente segura de que vosotros seréis más que capaces de presentar el asunto ante el consejo.
—¿Y si preguntan por ti? —preguntó el menor.
—Estoy disponible. Si mi padre quiere escuchar mi testimonio, que me mande llamar.
Los gemelos se miraron y asintieron.
Entonces se retiraron hacia el salón del Consejo del Fuego, donde cada primer día de la semana se reunía el khar-tua’tán; los diez venerables —es decir, líderes de caravana—; el sumo sacerdote; e invitados especiales.
Ella se dirigió hacia el tabernáculo sagrado. A esa hora de la mañana, el pueblo estaba vivo, con gente yendo de acá para allá. Muchos la reconocían y la saludaban con una inclinación del cuerpo, y ella, aunque incómoda, siempre saludaba de vuelta.
No se acostumbraba a cómo la veían las niñas del pueblo, con mirada sorprendida y un destello en los ojos. Haliná era, después de todo, la única princesa Hara’lutze.
Puesto que en el Gran Círculo habitaban numerosas personas, tenían similitudes con los pueblos e incluso con algunas de las ciudades de Zurmeldán.
En lugar de estar dividido por barrios, se dividía por las diez caravanas, cada una asentada alrededor del tabernáculo.
El pueblo tenía un mercado principal, además de otros más pequeños a lo largo del Círculo y, como en cualquier pueblo, había herreros, zapateros, curtidores, tejedores, carpinteros, armeros y, por supuesto, ganaderos y agricultores, quienes por lo general vivían en los lindes del campamento.
Haliná entró por la puerta principal del tabernáculo sagrado, hacia el atrio.
Frente a ella, el gran altar de incienso y, detrás de él, el tabernáculo santísimo, de color blanco, alto, soberbio y hermoso.
Al ser un terreno grande, alrededor del tabernáculo santísimo había diversas carpas donde habitaban los sacerdotes.
Pero a ella le interesaba, principalmente, la carpa situada en la esquina noroeste: la biblioteca del pueblo.
Era grande porque era la única. Los Hara’lutze, definitivamente, no se distinguían por ser lectores. Eran una tribu ganadera.
Al entrar, levantó la vista un joven sacerdote que escribía en un pergamino a la luz de una vela. Estaba sentado frente a una mesa amplia llena de rollos, libros y tablas de diversos materiales. Cuando la vio, levantó las cejas y sonrió:
—¡Haliná! Que el Creador ilumine tu camino.
—Y el tuyo, Keldar.
El sacerdote se puso de pie. Era joven, de rostro amable y piel pálida, pues pasaba la mayor parte de su tiempo bajo techo.
Llevaba la cabeza rapada; así lo acostumbraban tanto los sacerdotes como las sacerdotisas.
Vestía la túnica sacerdotal, de color carmesí pálido, un cordel dorado por cinto. Se inclinó ante ella y dijo:
—¿Qué te trae por aquí, princesa guerrera?
Ella se cruzó de brazos. Sabía que él la estaba molestando en broma.
—Ya estoy cansada de regañar a los gemelos por decirme princesa, para que tú, además de princesa, me digas guerrera.
Keldar se rió:
—Es tu culpa, Haliná, por contarme tus aventuras con los sendarios.
«Sendarios» es como el culto al Gran Creador se refería a los habitantes de Zurmeldán, y no solo a ellos, sino a cualquier seguidor de otra fe.
Keldar era el único en todo el pueblo que sabía un poco de su vida pasada. Ni siquiera los gemelos.
—Sí, ahora me doy cuenta de que es mi culpa. Pero recuerda que mi confesión contigo es secreta.
—Lo sabes perfectamente, Haliná. Tu confesión es completamente secreta —contestó el sacerdote, muy serio.
—Eso espero.
—Tenlo por seguro.
Keldar sería un par de años menor que ella. Era uno de los sacerdotes que servía en el tabernáculo sagrado, asistiendo en las confesiones, los ritos y las fiestas. Pero era, principalmente, el bibliotecario.
Era el único amigo que ella había hecho desde su regreso a las Montañas Rojas. Los gemelos aj’Karhum ya eran amigos desde antes, y en su regreso, dicha amistad simplemente se reanudó.
Pero a Keldar lo conoció cuando, medio año atrás, visitó la biblioteca y encontró que él era el sacerdote encargado.
Al igual que ella, el joven estaba enamorado de los libros.
Era un lector voraz. Al entrar en el sacerdocio, a los doce años, fue designado como asistente del sirviente Aclandi, un venerable y sabio anciano que falleció cinco años atrás.
Desde entonces, Keldar estaba a cargo y era llamado el «guardián de los libros».
—Y entonces dime, Haliná, ¿qué noticias traes? La última vez que me visitaste fue hace tres semanas.
Keldar era una de las pocas personas que casi siempre la llamaba por su nombre.
—Pues déjame decirte: tengo mucho que contar.
—¿Sí? Pues ¿a qué esperas, eh? —Keldar pasaba casi todo su día en el tabernáculo de reunión, sin salir mucho. Por eso, siempre que Haliná lo visitaba, quería escuchar alguna historia del pueblo, y mucho mejor si era algún chisme.
—Lo más interesante no es solamente lo que nos sucedió, a los gemelos y a mí, sino el libro que necesito encontrar. Y tú eres la persona que me puede ayudar con eso.
Keldar se frotó las manos:
—Cuéntame, pues.