Unas tradiciones
Pero los gemelos, al ser ellos mismos hijos de uno de los diez venerables del Consejo del Fuego, eran considerados casi como príncipes, aunque no a la misma altura que ella.
Solo ella era hija del khar-tua’tán, el «padre del fuego».
Sin embargo, ellos, aunque probablemente no habían leído un solo libro en su vida, fueron sus amigos desde la infancia.
Pasaron mucho tiempo explorando el valle, cazando conejos y practicando el daiwá.
Desde pequeños, los gemelos se distinguieron en el arte del combate, e indudablemente Haliná les tenía una gran deuda, porque practicar con ellos la convirtió en una mejor guerrera. En parte, les debía mucho de lo que era ahora.
—Estoy bien, estoy bien —respondió, mirando todavía incrédula el cadáver.
Se acercaron para inspeccionarlo.
—Es un monstruo —dijo Rajma-dín, declarando lo obvio.
—Pero ¿aquí? ¿En las Montañas Rojas? —dijo Haliná—. ¿Cuándo fue la última vez que los engendros del mal se atrevieron a subir?
—Antiguamente moraban en estos valles —dijo Rajma-un.
—Pero esas son historias que nos contaba la abuela para asustarnos —dijo Rajma-dín, su hermano menor.
—No —objetó Haliná—. Rajma-un tiene razón. Recuerdo haberlo leído.
—¿Leído? ¿Dónde? —preguntó el menor de los gemelos.
—En aquel tiempo la sacerdotisa tenía en su tienda un libro de crónicas. No recuerdo bien el nombre. Pero debe seguir allí —contestó.
Antes de que huyera de las montañas a los diecisiete años, la sirviente Ashira fue la suma sacerdotisa del clan. Sin embargo, había fallecido siete años atrás, y el sumo sacerdote era ahora el sirviente Taal.
—¿Decía eso el libro? —preguntó Rajma-un.
—Sí. Si recuerdo bien, el libro de crónicas afirmaba que, hace unos mil quinientos años, la península entera estaba poblada por razas de monstruos en una eterna lucha contra los clanes humanos, incluyendo aquí en las alturas.
Los humanos eran pocos acá, todos agrupados hacia el sureste de las montañas, cerca del mar.
—Cuando los cinco clanes eran cinco hermanos —dijo Rajma-dín.
—Exacto —asintió Haliná.
Según la tradición histórica, en la antigüedad los cinco clanes habían sido una sola familia de cinco hermanos: Hara’lutze, el mayor, luego Osh-arén, Dagandi, Umi-hazán y Rejnaji.
Cinco varones, un solo clan. El padre de los cinco, Targar el Guerrero, al ver su familia crecer, organizó un ejército y, durante décadas, fueron conquistando las montañas y expulsando a los engendros.
Casi al mismo tiempo, en el resto de la península, Ramunor III el Conquistador invadía los territorios para fundar lo que sería el reino de Zurmeldán.
Expulsados los monstruos, Targar el Guerrero dividió el territorio entre los cinco hijos, para que cuidaran y labraran los valles, y defendieran las montañas tanto de monstruos como de zurmeldanos. Así se formaron los cinco clanes.
—Yo nunca había visto un monstruo en persona —dijo Rajma-dín—, pero hay otros que sí. Ha habido avistamientos.
—Siempre se ha sospechado que quieren regresar a la península, pero no se han atrevido del todo —dijo Haliná.
—Pero hay algo raro con este —dijo Rajma-un—. Tenía espada, túnica y cota.
—Eso es rarísimo —asintió Rajma-dín.
—Y además, hablaba —dijo Haliná.
Los gemelos levantaron la vista y la miraron con el ceño fruncido.
—¿Qué? —preguntó ella.
—¿Cómo que hablaba? —dijo Rajma-dín levantando una ceja.
—¿No lo escuchasteis? Hablaba con los otros dos.
Los hermanos se miraron entre sí.
Rajma-un negó con la cabeza:
—No, khar-ime’tán, no escuchamos que el monstruo hablara.
—Pues este sí. Yo lo escuché. ¿Estáis seguros de que vosotros no…?
—Bueno, estábamos más lejos que tú, princesa guerrera —dijo Rajma-dín—. Lo escuchamos rugir cuando nos atacó.
—¿Entonces pensáis que estoy loca?
Los dos negaron rápidamente con la cabeza.
—De ninguna manera, khar-ime’tán —dijo Rajma-un.
—Simplemente no lo oímos nosotros —añadió su hermano—. Según lo que sé, los monstruos no pueden hablar.
—¿Y cómo podemos saber eso con certeza, si no han morado en las montañas durante siglos? —preguntó ella—. Todo lo que sabemos viene de las tradiciones y del libro de crónicas.
Los gemelos se encogieron de hombros.
Tengo que leer de nuevo ese libro, pensó.
—Sea lo que sea, hay que llevar la cabeza del monstruo al Kharaán-dunn —dijo Rajma-dín en referencia al Consejo del Fuego, que era la corte más alta del clan.
—Estoy de acuerdo —dijo Haliná.
—Tú deberías ir también —dijo Rajma-un.
Ella sacudió la cabeza:
—No, no puedo.
—Eres la hija del Khar —dijo Rajma-dín—. Además, si oíste al monstruo hablar, es mejor que el consejo lo escuche de ti. Si lo decimos nosotros…
—¿Creerán que estáis locos?
—Quizá —respondió el menor de los gemelos.
Lo pensó por un momento. Pero no, simplemente no era posible.
—Sabéis que no puedo presentarme ante el consejo sin ser invitada. Va en contra de la ley.
—Pero eres la hija del Khar —insistió Rajma-dín.
—Eso no importa. Desde que llegué, mi padre no me ha convocado. Él sabe perfectamente que estoy aquí. Sabe dónde encontrarme. No me ha mandado llamar, lo que significa que no quiere verme.
—Quizá quiere que tú lo busques a él —sugirió Rajma-un.
—Imposible. Mi padre conoce la tradición. Si me presento delante de él sin ser convocada, podría perder la cabeza.
—El Khar jamás ordenaría eso —dijo Rajma-dín—. Es un hombre honorable, princesa.
Sé que mi padre es honorable, pensó. Pero yo lo dejé en vergüenza cuando huí de aquí hace doce años. Él quería nombrarme sucesora. Yo no. Ser líder de clan… no es mi destino.
—De todas maneras, no lo haré. No iré al consejo salvo que mi padre me mande llamar primero.
—¿Y qué diremos? —dijo Rajma-dín.
—Solo lo que es. Que matamos a tres ladrones, y uno de ellos es un monstruo… con espada.
—Espada, túnica y cota de malla —precisó Rajma-un.
—¿Pero qué significa? —dijo el menor—. ¿Un monstruo domesticado? ¿Qué hacía con los humanos?
—No, domesticado no. Era el jefe —afirmó Haliná.
—Por los espíritus vivientes —dijo Rajma-dín—. Eso es… escalofriante.
—Los dos humanos parecen rejnajis —dijo Rajma-un, mirando los cadáveres.
—Sin duda —concordó Rajma-dín—. Y eso también es extraño. ¿Un monstruo con dos enemigos nuestros, y tan adentro en nuestros territorios? ¿Qué significa?
—Significa que debemos estar muy alerta y redoblar la vigilancia de nuestras tierras —dijo ella.
—¿Guerra? —se preguntó Rajma-un.
Era exactamente la misma incógnita que ella tenía en la mente.
—No lo sé —respondió—. Pero sospecho que podría ser.
Haliná recordaba bastante bien las historias que la generación anterior a la de su padre contaba sobre la guerra de los clanes.
El resultado de aquella guerra había sido una frágil paz, pero eso no significaba que las relaciones estuvieran restablecidas.
Si bien Osh-arén era aliado, y se mantenían buenas relaciones con Dagandi, con Umi-hazán las relaciones continuaban tensas, y Rejnaji era enemigo.
Los rejnajis —en alianza con Umi-hazán— comenzaron la guerra, queriendo dominar a las tribus.
Eran despiadados y, en la guerra de los clanes, que duró veinticinco años, incendiaron aldeas, matando a hombres, mujeres y niños.
Haliná recordaba también que su padre siempre enfatizaba la importancia de mantener un ejército bien entrenado y siempre listo. «Algún día los rejnajis atacarán de nuevo —decía—. Está en su sangre. El menor de los hermanos siempre quiso dominar al mayor».
—Será mejor llevar las tres cabezas —dijo Rajma-dín—, para que el concilio vea las facciones, y decida qué hacer.
—Estoy de acuerdo —dijo Rajma-un.
—Hemos estado en paz con los clanes durante casi cien años —dijo Rajma-dín—. Espero que eso no cambie.
—Igual yo —asintió ella.