Un rugido
—PERO ¿QUÉ ES esto? —dijo el que llevaba la espada corta, mirando a Haliná y a los gemelos con ojos que inicialmente expresaban sorpresa, pero ahora se mantenían alertas—. ¿Es así como el clan Hara’lutze trata a simples pastorcillos que van de paso?
—Sí —dijo el otro, que empuñaba la daga—. No sabía que se maltrata a los extranjeros en estas tierras.
—Si son pastorcillos —dijo Rajma-dín—, ¿dónde están sus ovejas?
—Como dije —respondió el primero—, estamos de paso solamente.
—Robar nuestras ovejas no es ir de paso —dijo Haliná—. Hurtar ganado está penado por la ley y la tradición en cualquiera de los cinco clanes, y lo sabéis. ¿A qué clan pertenecéis y qué hacéis aquí, en nuestro territorio?
—No pertenecemos a ningún clan —dijo el de la daga—. Vamos de paso, solamente.
Expulsados, entonces, pensó ella.
—Oye, tú —dijo Haliná, dirigiéndose al tercero, que seguía oscurecido por la sombra del árbol—. Sal de ahí, inmediatamente. Queremos verte.
No recibieron respuesta y el hombre no se movió.
—Ya lo has oído. Obedece —dijo Rajma-dín. El menor de los gemelos llevaba lista una ballesta «tirapiedras». Como su nombre lo decía, en lugar de lanzar flechas lanzaba rocas y era más corta y sencilla que una ballesta. Era un arma que podía ser letal.
—No os preocupéis por nuestro amigo —dijo el de la espada—. Es inofensivo. Y tampoco oye muy bien. Es lento, digamos.
Mienten , pensó Haliná. Dijo:
—Lo escuché hablar. Si no se deja ver, lo tomaremos como agresión.
—Como dije, es inofen…
El de la espada gritó y se abalanzó sobre Haliná.
Al percibir la aproximación de su enemigo, ella retrocedió, pero éste era bastante veloz y, debido a la oscuridad de la noche y al cansancio del día, no reaccionó con suficiente rapidez.
El otro tenía ya la espada en alto y la hacía descender sobre su cabeza.
Rajma-dín, sin embargo, con esa velocidad que distinguía a los gemelos y que parecía imposible debido a lo grandes que eran, levantó el tirapiedras, accionó la palanquilla, la piedra lisa surcó el aire y golpeó al ladrón en el pómulo izquierdo, destrozándoselo por completo.
El golpe fue tan violento que le desencajó la mandíbula, le rompió la mitad de la dentadura y uno de los ojos se salió de su cuenca, sujeto solamente por el nervio.
Estaba tan cerca de Haliná que la sangre que emanaba de la boca y la nariz la salpicó; cayó al suelo junto a ella.
Mientras Rajma-dín sacaba una segunda piedra del bolsón que pendía de su cinto, el de la daga atacó a Rajma-un, que tenía más cerca.
Semejante error.
El mayor de los gemelos, cuya arma de preferencia era un hacha con cabeza de doble filo, no solo desarmó a su oponente, sino que le cortó la mano con el primer tajo, para luego incrustarle el filo en el cráneo con tanta fuerza que casi le partió la cabeza en dos, sangre y cerebro saltando.
El ladrón, su espíritu dejando el cuerpo, quedó flácido y se desmoronó en el suelo.
El gemelo apoyó la bota en su pecho y, tirando con fuerza, sacó el hacha de la cabeza.
Entonces, un rugido.
A Haliná se le heló la sangre.
El tercero no era humano. Lo que vio salir de la sombra, rugiendo y enseñando dientes afilados, era un monstruo.
Era grande, tan grande como los gemelos.
La cabeza era de lobo, pelaje negro y ojos brillantes.
Rugía mostrando afilados colmillos. Andaba sobre dos patas y ceñía, increíblemente, una cota de malla.
No solo eso, sino que iba vestido con una túnica gris que le llegaba a las rodillas, y en los lomos un cinturón de armas.
Además blandía una enorme espada curva y corría en dirección de Rajma-un.
Rajma-dín, gritando un juramento, accionó la palanca y la piedra le dio al monstruo en la espalda, un golpe fuerte y seco que a cualquier ser humano le habría partido la columna. El monstruo rugió, dolorido, pero no aminoró el paso.
El mayor de los gemelos ya lo esperaba, los ojos abiertos de sorpresa, pero con el hacha lista. El choque de los aceros resonó con fuerza en la noche, lanzando chispas al aire.
—¡Hara’lutze! —vociferó Alina, aquel grito de guerra que ella no había pronunciado ni escuchado pronunciar desde su llegada a las Montañas Rojas.
Llegó hasta el loboide e intentó perforarle el cuerpo por la axila, donde la cota no cubría bien, pero el monstruo se movió y la punta le dio en las costillas sin cortar piel.
El enemigo la miró de reojo y, con el codo, le dio un fuerte golpe en la frente.
Vio puntos luminosos y trastabilló hacia atrás, tropezándose con una piedra y cayendo sobre sus asentaderas.
Rajma-dín lanzó el tirapiedras al suelo, desenvainó su larga espada y corrió en auxilio de su hermano mayor. Antes de que llegara al monstruo, el ser se percató del ataque por la retaguardia y dio un tremendo salto hacia un lado y rugió, un sonido gutural y aterrador.
Los gemelos no se intimidaron ante el engendro. Se habían enfrentado muchas veces a osos, leopardos, leones y lobos.
Rajma-un, con un movimiento rápido de la mano, hizo girar el hacha sobre su propio eje, como un rehilete.
Rajma-dín apuntó al loboide:
—Si tienes alma, engendro, encomiéndala al Gran Creador.
Haliná se puso rápidamente de pie, apretando la mandíbula, enfocándose en el enemigo, el dolor en la cabeza desapareciendo.
—Juntos, muchachos —dijo.
Eso hicieron. Atacaron al mismo tiempo. La bestia era grande y fuerte, pero torpe con la espada, pues la sujetaba con patas que habían mutado para parecerse a las de un humano, pero seguían siendo animales, con pelaje y garras.
El loboide se defendió, lanzando estocadas, zarpazos e incluso intentó morder a Rajma-dín, pero se descuidó por un palpitar del corazón y el mayor de los gemelos le destrozó el hombro de un hachazo, las anillas de la cota de malla saltando por la fuerza, y al rugir de dolor, Alina le metió el filo de la espada por la boca, la punta saliendo por la nuca del animal.
Cayó al suelo y se retorció. Por un momento parecía que se levantaría a pesar de la herida, pero Rajma-dín, tomando impulso, hizo descender el filo de la espada sobre el vientre del lobo, inmovilizándolo.
Su hermano levantó con ambas manos el hacha y la hizo descender sobre el cuello del animal como si fuera un leño para la fogata.
Sangre. Mucha sangre.
La cabeza, cercenada por el cuello, rodó suavemente a un lado y quedó inmóvil.
—Por los espíritus vivientes —dijo Rajma-dín mirando el animal muerto—. ¿Qué es esto?