Princesa guerrera (Mercenaria 6)
© inepub.com
Unos ladrones
—¿LOS ALCANZÁIS A ver?
—Sí, princesa. Allí —apuntó Rajma-dín.
—No me llames princesa.
—Pero eres la hija del Khar.
—Eso no importa. Llámame por mi nombre.
Rajma-dín se removió incómodo en su lugar y miró de soslayo a Rajma-un, su hermano gemelo.
—Eso será difícil, hija del fuego —dijo Rajma-un—. La tradición lo impide.
—Maldita sea la tradición —dijo Alina—. Además, no lo impide. Solo no lo sugiere. Podéis llamarme por mi nombre: Haliná. Tenéis mi permiso.
Los gemelos hijos de Kharum no respondieron.
Aunque estaban agachados detrás de una roca, eran dos hombres grandes, como medio codo más altos que Alina.
Tenían barbas rojas y pobladas que descendían hasta el pecho, con adornos de piedrecillas de colores.
Su vestimenta era de pieles teñidas de rojo, era el color del clan.
Sobre la cabeza llevaban gorros de piel de zorro.
Eran dos guerreros de brazos poderosos y piernas fuertes.
En medio de los dos, apenas iluminada por la luz de la luna, estaba la guerrera llamada Alina Araluz, apodada la Sombra, cuyo nombre verdadero era Haliná aj’Halidán, del clan Hara’lutze.
—Son tres, ¿verdad? —susurró ella.
—Parece que sí, aunque solo veo dos —dijo Rajma-dín—. El otro está debajo del árbol y la fogata no lo alcanza a iluminar.
Se quedaron un tiempo observándolos desde aquel lugar que, al estar más cerca de la colina, miraba a sus enemigos hacia abajo, quienes acababan de encender un fuego y preparaban la cena.
La noche era fresca, pronto llegaría el invierno.
—Deben de ser ellos, ¿no? —preguntó Haliná.
—Tienen que ser, khar-ime’tán —dijo Rajma-un—. Son los únicos extranjeros en nuestro territorio. Lo que no logro distinguir es a qué clan pertenecen.
Haliná se encogió de hombros. «Khar-ime’tán», en targarán, el idioma del clan, significaba «hija del fuego». Prefería eso a «princesa». Aunque por más que se lo pedía, los gemelos tarde o temprano volvían a llamarla de esa manera. A veces los corregía, muchas veces no.
—Deben de ser ladrones comunes. Expulsados de su clan —dijo Rajma-dín, el menor.
—No podemos permitir que nos roben. Vayamos y enfrentémoslos. A ser posible, los capturamos y los llevamos a la cárcel —dijo ella.
—Suena bien para mí —dijo Rajma-un, que era el «mayor» por ser el primero en salir del vientre.
Era hombre de pocas palabras, a diferencia de su hermano.
Aunque gemelos, además de una personalidad diferente tenían cicatrices distintas.
A Rajma-un, por ejemplo, lo distinguía una que le descendía desde la sien izquierda y se perdía en su barba.
—Y para mí —dijo su hermano.
—Bien. Yo por el medio, vosotros a ambos lados. Seguid mi señal. Cuando yo salga, me imitáis. Así no podrán huir.
—¿Y si nos enseñan el acero? —preguntó el hermano menor.
—A ser posible —repitió—, hay que capturarlos. Para interrogarlos.
—¿Pero si nos atacan? —insistió Rajma-dín.
—Si nos atacan, respondemos. Tres contra tres, pero tenemos la ventaja de la sorpresa. ¿Estáis listos?
—Cuando nos des la instrucción, princesa… eh, digo, khar-ime’tán —dijo Rajma-dín.
—Vamos.
Los dos gemelos se alejaron, cada uno por su lado. Ella comenzó el descenso, escondiéndose detrás de piedras y matorrales.
Para ser grandes, los gemelos eran increíblemente silenciosos. Se habían criado como cazadores, aunque también eran karais, es decir, parte de los guardianes del pueblo, lo que en el reino de Zurmeldán sería el ejército.
Desde que había regresado a los territorios de su clan, en las Montañas Rojas, Haliná adoptó la vestimenta de las mujeres guerreras: una túnica roja de lana que descendía hasta la rodilla.
Debajo, unos «pantalones» de cuero. Sobre la túnica, un chaleco marrón de piel dura, con un recubrimiento interior de piel de conejo.
Llevaba en la cadera el cinturón de armas, aunque para esta expedición se había quitado cualquier cosa que hiciera ruido.
Solo llevaba su espada, una daga y dos navajas.
El cabello, recogido en varias trenzas, le descendía casi hasta la cintura.
Iba vestida de karais —como guerrera—, con el color rojo del fuego, pero no como princesa.
No se atrevía a hacerlo. De hecho, en esos seis meses desde su llegada, ni siquiera había visto a su padre. Solo a su hermano.
Si no quiere verme, me parece bien , pensó ella. Es su decisión.
Se detuvo detrás de un montículo rocoso, a un tiro de piedra de los tres enemigos. Con mucho cuidado, se asomó.
Dos de ellos, cerca del fuego, asaban un cordero. Aunque no iban vestidos con el uniforme guerrero de su clan, parecían ser del clan Rejnaji, a juzgar por su color cobrizo de piel.
¿Qué hacen dos rejnajis aquí? ¿Espías, ladrones, forajidos?
Sintió el enfado subirle por el cuerpo.
Uno de mis corderos. Robado y matado. Pagarán por ello.
El tercer enemigo, que seguía bajo el árbol, era una mancha negra. No hacía ruido. Quizá estaba dormido. Sin embargo, de repente, Haliná vio que sus ojos brillaron de color ámbar, y eso le provocó un escalofrío.
No parecen ojos humanos, sino de bestia.
Pero entonces los ojos debieron cerrarse o mirar en otra dirección, porque el brillo desapareció.
Uno de los dos enemigos habló y, puesto que lo hizo en idioma targarán, significaba que pertenecía a los clanes de aquella región.
—No debimos haber robado los corderos. Los Hara’lutze son guerreros. Cuando se enteren, vendrán tras nosotros.
—Sí —opinó el segundo—. Debimos haber cazado algún conejo. Con eso habría sido suficiente.
Entonces habló el tercero. Una voz grave, gutural, extraña, como la de alguien que sabía el idioma, pero no lo pronunciaba bien.
—Harán lo que les indique —dijo la voz en la sombra.
—Sí, señor —dijo el primero—. No intentaba contradecirle. Solo que, si la misión era espiar, habría sido mejor largarnos sin llamar la atención.
—Tengo hambre. No hay tiempo. Un conejo no es suficiente —respondió la voz gutural.
Los dos junto al fuego se miraron y guardaron silencio.
—Además, esas cabras estaban perdidas. Los Hara’lutze asumirán que fueron muertas por alguna mala bestia —dijo el de la sombra.
No estaban perdidas , pensó Haliná. Se habían alejado, pero perdidas no estaban.
—Ya pronto estará lista la comida, mi señor —dijo uno de ellos.
—Muy bien —respondió la voz—, porque tengo mucha… —Guardó silencio.
Haliná escuchó, aun a esa distancia, que el de la sombra olfateaba. Era el mismo sonido que haría un lobo o un oso.
Aunque no lograba distinguirlo del todo, le pareció que el de la voz grave se ponía de pie. Luego, el sonido metálico de una espada saliendo de la vaina.
—Atentos —dijo el de la sombra—. No estamos solos.
Nos han descubierto , pensó. Desenvainó la espada y salió de su escondite, avanzando hacia los enemigos.
Los dos junto al fuego ya estaban de pie, uno con una daga en la mano y el otro con una espada corta.
—Estáis rodeados —dijo Haliná, mientras los gemelos de barba roja emergían de la oscuridad, a izquierda y derecha—. Soltad vuestras espadas si no queréis morir.