Princesa guerrera (Mercenaria 6) Una sorpresa
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Una sorpresa

MADRE. GRAN CREADOR. Si existís. ¿Por qué? ¿Por qué me dejáis sufrir así?

Abrió los ojos, pero no vio nada. Solo oscuridad.

El cuerpo entero le dolía. Seguía amarrada a la silla. Pensaba que tendría el cuerpo cubierto de sangre, pero por lo que alcanzaba a percibir, no era así. Su piel seguía intacta, pero con tremendo dolor.

Eso sí, el dolor que sentía ahora no se comparaba con el de la tortura.

Ese maldito lobo, engendro de las profundidades del infierno, la torturó por no sabía cuánto tiempo. Una eternidad, quizás.

Ni siquiera recordaba lo que ella dijo. Solo el terror, los gritos, el sufrimiento, las ganas de morir.

Si la dejaron en paz, ¿sería por soltar algo? ¿Sería que ahora era ella una traidora? Pero ¿quién podía resistir semejante sufrimiento?

No recuerdo lo que dije o no dije. Por los espíritus eternos, simplemente no recuerdo.

Se sentía mareada, tenía hambre y sed.

Nunca pensó que moriría así, torturada hasta la muerte.

Había imaginado que quizás lograría llegar hasta su vejez, que pasaría el ocaso de su vida leyendo códices y disfrutando de una vida tranquila.

A menos que pueda escapar.

Pero ¿cómo? La sujetaron bien, y las sogas eran gruesas. Le ataron las piernas a las patas de la silla, y las muñecas a los brazos de la silla. Trató de moverse, pero lo único que logró fue sacar un gruñido de su garganta.

¿Qué dijo su torturador? Se llamaba Kaz-ur. Agorero de alguna diosa…, Zirtá, si recordaba bien, y líder del pueblo Ghar. Imaginaba que así se hacían llamar los monstruos.

Vaya locura. ¡Un agorero! Y no mentía. Ese báculo poseía algún tipo de poder maligno, porque cada vez que le hizo daño fue al inclinar el bastón.

Tengo que salir de aquí. No puedo durar más tiempo, o me volveré loca.

Elevó un rezo a la Madre, rogándole que tuviera misericordia de ella, por lo menos una vez más.

Si realmente eres diosa, y si realmente eres poderosa, no debe ser mucho problema para ti sacarme de aquí, ¿no?

Pero no recibió respuesta.

Solo la misma oscuridad, y el mismo silencio, excepto por algunos ronquidos que se escuchaban relativamente cerca.

Entonces se escucharon pasos. Su corazón se aceleró.

Si era ese maldito lobo…, por los espíritus, ¡por favor que no sea de nuevo!

La cortina se descorrió. Era el médico rejnaji. Traía un cuenco con agua, algunos trapos y un bolsón que tintineaba con el sonido de frasquitos.

—Sácame de aquí —le dijo ella—. Te daré lo que quieras. Lo que desees. Te lo daré.

—Solo he venido a atender tu herida en la cabeza. Así que quédate quieta.

Recargó el bolsón sobre la mesa y sacó algunos ungüentos.

—¿Para qué vas a atenderme?

—Porque no quieren que mueras antes de tiempo, princesa guerrera —dijo el viejo con voz seca, sin emoción, indiferente.

—¿Me seguirán torturando? ¿Por cuánto tiempo?

El hombre la miró y se encogió de hombros.

—Tan solo soy un médico. No soy nadie. El señor Kaz-ur hará lo que quiera contigo. Su voluntad es la ley.

—¿Cómo puede ser que vosotros, los orgullosos rejnajis, hayáis doblado la rodilla ante un engendro?

El médico entornó los ojos:

—¿Doblar la rodilla? De ninguna manera. Hemos hecho una alianza con una fuerza mayor que la nuestra, con un propósito muy específico.

—¿Cuál?

—¿Tienes que preguntar eso, princesa guerrera? Tú lo sabes bien.

—Retomar los territorios.

El médico se acercó e inspeccionó su cabeza:

—Siempre se trata de eso, ¿no? Las tierras.

—Si me dejas ir, te daré cualquier cosa. Ven conmigo, serás rico en nuestra tribu. Serás recompensado con todos los deleites de las montañas.

—Soy un viejo. Y soy rejnaji —afirmó, como si eso pusiera fin a la discusión.

Haliná se esforzó por no llorar. Pero una lágrima de rabia le descendió por la mejilla. Había regresado a las Montañas Rojas ¿para qué? ¿Reencontrarse con su familia, volver a ver a su pueblo? Ni siquiera estaba segura.

Pero definitivamente no para morir en una carpa maloliente a manos de un monstruo hechicero.

Cuando el médico terminó de vendarle el cráneo comenzó a guardar sus cosas para marcharse.

—Espera. Por favor. Déjame ir —suplicó.

El hombre tomó el bolsón y se ajustó la correa al pecho. La miró de frente y le dijo:

—Debes aceptar la voluntad del Creador. El fin de tu carrera terrenal ha llegado. Si fuera tú, me prepararía para el viaje eterno. Porque pronto lo tomarás.

Tres guerreros entraron en la carpa. Llevaban el uniforme de los rejnajis, que eran unas túnicas negras de cuero. Además, uno de ellos, el de menor altura, se había cubierto la parte inferior de la cara con un pañuelo.

El curandero, frunciendo el ceño, se dio la media vuelta para verlos.

—¿Qué hacéis aquí?

El médico gruñó.

De la espalda del viejo brotó un cuerno plateado manchado de carmesí.

Era la hoja de una espada, la cual desapareció y volvió a emerger a la altura del corazón.

El viejo se desplomó, con un opaco gruñido de dolor.

El que lo mató se acercó y bajó el pañuelo de su cara.

—¡Horladán! —dijo ella, sorprendida.

Detrás de él reconoció a Rajma-un y Rajma-dín. Vestían como el enemigo. Pero eran ellos. Mientras los gemelos cortaban las cuerdas, su hermano le dijo:

—Fuimos atacados, pero nos deshicimos de ellos y tomamos su vestimenta. Ha sido muy difícil pasar desapercibidos, pero lo logramos. La cuarta vigilia está por terminar, así que nos queda poco tiempo de oscuridad. Tenemos que salir de aquí.

Haliná notó que su hermano tenía sangre seca que le descendía por la pierna.

—Estás herido.

—No fue profunda. Rajma-dín me vendó.

—Oshrek está vivo —dijo ella.

—Lo está —respondió su hermano—. Pero no aquí. Vimos cómo lo sacaban de una tienda. Iba vendado.

—¿Adónde?

—No lo sabemos.

—¿A matarlo?

—No lo sabemos, hermana. No pudimos seguirlos. Demasiado arriesgado.

Con las cuerdas cortadas, se puso de pie. Por poco se cae, porque la cabeza le daba vueltas. Horladán la ayudó a permanecer de pie.

—¿Lo rescataremos? —dijo ella—. ¡No podemos dejarlo aquí!

Rajma-dín puso una mano sobre su hombro:

—Primero salgamos de aquí, khar-ime-tán.

Ella asintió:

—Sí, salgamos de aquí.

Los cuatro salieron a la oscuridad de la noche.