VEINTICUATRO
Vera y yo llegamos a la una y diez. Vera trae la maleta en el maletero porque, cuando le propuse dejarla en el apartamento antes, me miró con esa cara que le sale cuando calcula cosas y me dijo que prefería llevarla con nosotros, no por rigor logístico, sino por una razón que dijo sin énfasis y que me hizo girar la cabeza dos centímetros:
—Prefiero no entrar en tu casa antes de haberle visto la cara a Ornella.
Aparcamos en la calle. Bajamos. Vera se sacude el vaquero y se pasa las manos por el pelo.
Se examina un segundo las zapatillas, que son las mismas de siempre, y por primera vez en seis semanas parece plantearse si van a resultar inadecuadas para una visita sin aviso.
Decide que sí lo son, lo acepta, y levanta la cabeza con la dignidad operativa de quien no va a dar más importancia al asunto.
—Avisamos desde el coche —le había dicho a Ornella mientras veníamos.
Ornella había contestado con la brevedad exacta de las mujeres de su generación: «Vengan. Hay melón cortado en la nevera».
Cruzamos la verja lateral. El patio huele a tierra mojada porque Ornella riega a las doce y media todos los días, y la baldosa conserva el olor hasta las cinco. En una mesa de hierro forjado hay una bandeja con tres vasos, una jarra de agua con rodajas de limón y un plato de terracota con melón.
Ornella sale de la cocina. Lleva un vestido de lino crudo, una pulsera de oro fina y los ojos, que a sus ochenta y un años, conservan el brillo de las mujeres que decidieron hace décadas que ya no se van a aburrir por nadie.
Se detiene a dos metros de Vera. La estudia entera, de la cabeza a los pies, en un inventario profesional que dura tres segundos exactos. Después levanta la mano derecha.
—Querida.
—Ornella.
Vera da dos pasos. Ornella da uno. Se juntan.
No se abrazan inmediatamente. Ornella le coge las dos manos a Vera, se las aprieta veinte segundos, se las suelta, y luego, como si la decisión fuera aparte, la abraza.
Vera le devuelve el gesto con una presión mínima que yo reconozco como el tipo de abrazo que reserva para la gente a la que respeta sin ironía.
Cuando se separan, mi abuela me mira a mí.
—Sandro.
—Nonna.
—Has dormido.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tienes mejor cara que el martes.
—He dormido, sí.
—Gracias a Dios.
Señala la mesa. Nos sentamos. Ornella sirve agua con la eficiencia de quien lo ha hecho diez mil veces. Vera bebe. Ornella la mira beber; no me mira a mí.
—Vera —dice Ornella, cuando ha esperado el tiempo suficiente—. Dos cosas.
—Dígame.
—La primera. Has traído la camisa.
Vera sonríe lateralmente.
—La he traído.
—¿Dónde está?
—Doblada en la maleta del coche. Lavada y planchada por una lavandería que se llama Chez Maxine. Está lista para ser devuelta a su dueño.
—Ese tema es asunto suyo y de mi nieto. Yo solo necesitaba saber que la había traído.
—La he traído.
Ornella asiente.
—La segunda cosa. Gracias.
Vera tarda un segundo.
—¿Por?
—Por haber tardado cuarenta y dos días.
Lo dice con la voz más baja que le he oído jamás.
La voz con la que las mujeres mayores dicen las cosas que llevan esperando mucho tiempo.
Yo no entiendo qué significa la frase. No porque desconozca el número cuarenta y dos —es el tiempo que Ornella y Alessandro tuvieron para decidir en 1968—, sino porque no entiendo su papel en los trece días de Vera en Haití.
Vera lo entiende. Entró en esa biblioteca el dieciséis de julio y salió con una historia que no ha compartido conmigo. Entiende perfectamente por qué Ornella le da las gracias.
—Ornella —dice Vera, con la misma voz baja—. Fueron trece.
—Mejor aún.
—He tardado trece días de cuarenta y dos.
—Por eso le doy las gracias.
Se quedan mirándose. Un intercambio entre mujeres del que yo quedo provisionalmente fuera. Bebo agua. No pregunto. Ya preguntaré esta tarde, si ellas deciden darme acceso. Ornella se vuelve hacia mí.
—Sandro. ¿Querías algo?
—Sí. Quería contarte una cosa que me contó la abuela Dolores la noche de la boda. Me pidió que te lo dijera cuando Vera volviera.
Ornella se recuesta en la silla. Cruza las manos sobre el regazo.
—Dolores me contó lo que tú no sabías —digo—. Que Alessandro estuvo una tarde de 1968 en el taller con ella. Y le pidió una cosa: que si el uno de julio él se iba a Chicago sin que tú hubieras aparecido, te diera un mensaje.
Ornella no se mueve.
—¿Qué mensaje, Sandro?
—Este: «Ornella, si decides aparecer en el taller hoy, quédate. Si decides no aparecer, no vengas luego a Chicago. Yo voy a respetar tu decisión. Pero no me hagas esperarte otra vez en una ciudad nueva».
Ornella baja la mirada a sus propias manos. Durante diez segundos, es una estatua.
—Él le dio el mensaje a Dolores —susurra al fin.
—Se lo dio. Y ella no te lo dio porque tú apareciste el veintiocho de junio con tus cinco palabras. Dolores decidió que el mensaje ya no era necesario. Pensó que si lo sabías, dedicarías tu matrimonio a preguntarte si Alessandro se había casado contigo o si se había resignado a no irse.
Ornella respira una sola vez, muy profundo.
—Cincuenta y ocho años —dice—. Dolores se lo guardó cincuenta y ocho años. ¿Y por qué te lo contó a ti?
—Porque vio cómo miraba Vera durante el cóctel. Y me dijo: «Si esa niña se va a algún sitio alguna vez sin ti, Sandro, díselo a tu abuela. No la dejes esperar cincuenta y ocho años para saber que Alessandro no se resignó. Yo me callé en 1968 por cariño. Ahora callarme sería mala leche».
Ornella hace un ruido pequeño con la garganta. No es llanto, ni risa. Vera respeta la escena con profesionalidad. Mi abuela levanta los ojos.
—Sandro, ¿te das cuenta de lo que me estás regalando?
Me estás regalando que mi marido no fue un hombre que se quedó por resignación.
Fue un hombre que me esperó con una estrategia.
No me casé con un hombre bueno que aceptó perderme; me casé con un hombre que era mío desde el principio.
La diferencia, a mis ochenta y un años, es enorme.
—Lo sé. Porque he pasado trece días viendo lo que era pedir a alguien que no te lo pida.
Ornella me sostiene la mirada.
—Ven aquí. —Me levanto y me acuclillo a su lado. Me pone la mano en la cara y me aprieta la mejilla cinco segundos. No dice nada—. Vuelve a tu silla.
Vuelvo. Ornella recupera la compostura, se endereza y mira a Vera.
—Vera. Usted ha tenido trece días. Yo tuve cuarenta y dos.
Dolores tuvo cuarenta y siete años de silencio por cortesía.
No le haga a Sandro lo que Alessandro me hizo a mí.
Dígale lo que tenga que decirle directamente.
Aunque sea raro, intenso o demasiado. Alessandro me trató con una delicadeza maravillosa que ahora me está saliendo cara.
No cometa esa misma cortesía con mi nieto.
Vera asiente una sola vez.
—Ornella... puedo prometerle que lo intentaré.
—Eso basta.
Ornella se levanta y vuelve de la cocina con una cesta de mimbre. Saca tres cannoli y una botella pequeña de prosecco.
—Los cannoli son para ahora. La botella es para ustedes dos. Esta noche. En la terraza. Cuando lleguen a la parte de la tarde en la que decidan hablar.
Miro la etiqueta. Es de la reserva buena.
—¿Por qué lo sacas, nonna?
—Porque hoy se saca. Ahora váyanse, que tengo agenda. Y tráeme la camisa algún día, Vera. Pero tráigamela sin planchar. Yo la plancho. Tengo mi sistema.
—¿Me está pidiendo que le traiga yo una camisa de su nieto para que la planche usted?
—Le estoy pidiendo que me traiga una camisa de mi nieto para que la planche yo, sí. Son dos cosas distintas. Una camisa que ha estado en Haití trece días no se plancha en una tintorería; se plancha aquí.
Vera se ríe. Yo no; respeto su humor protocolario. Nos despide en el patio. A Vera le dice algo al oído que dura cinco segundos. Vera asiente. Salimos.
Meto el prosecco en la nevera portátil del maletero. Arranco. A los tres minutos, en un semáforo, Vera habla.
—Sandro. ¿Me vas a preguntar qué me ha dicho al oído?
—No. Porque eso es entre tu abuela Dolores, tú y mi abuela Ornella. Ya he entregado lo mío hoy.
—¿Sabías desde cuándo lo que te dijo Dolores?
—Desde la boda. He esperado a hoy porque no iba a contarle a mi abuela una historia de 1968 sobre su marido la víspera del día en que la mujer que le importa a su nieto se subía a un avión. Habría sido una carga. Hoy es el día en el que puede recibir la información sin ansiedad.
Vera me mira durante los seis segundos que quedan de semáforo verde.
—Sandro. Eres el hombre más cuidadoso con los tiempos ajenos que he conocido en mi vida.
—Gracias.
—No era un cumplido.
—No me importa. Me lo quedo igual.
Ella suelta una risa corta y sonora. La segunda en dos horas. Llegamos al edificio y subimos la maleta. En el salón, ella hace un inventario visual.
—Sandro. ¿La mantequilla?
—En la nevera. Las tres. La tuya original a la mitad, más las dos que compré el lunes.
Va a la cocina, las mira y vuelve. Se sienta en el sofá y da dos palmadas al cojín. Me siento.
—Hoy ya no hago nada más antes de la terraza. ¿Puedo dormir aquí dos horas? ¿Te tumbas conmigo? Sin hablar.
—Me tumbo contigo. Sin hablar.
Vamos al dormitorio. El lado izquierdo de la cama, que llevo trece días sin deshacer, sigue estirado con una precisión casi ofensiva. Vera lo ve, pero no comenta. Se mete en la cama con la ropa puesta, deshace la sábana y se acuesta. Yo me meto por el derecho. Ella me pone la mano en la mejilla.
—Sandro. Gracias por no haber deshecho mi lado.
—Gracias a ti por haber vuelto para deshacerlo.
Se duerme en menos de noventa segundos. Yo me quedo mirándola: la cicatriz en la ceja, el pelo corto despeinado, el pintalabios color teja casi gastado. Después cierro los ojos yo también. Me quedo con la mano derecha apoyada sobre el lado izquierdo, que desde hace veinte minutos ya no está vacío.
Y a las dos menos veinte de la tarde del jueves, con el prosecco en la nevera, el boceto de vestido intacto en el despacho y la mujer que ha vuelto durmiendo a treinta centímetros de mí, entro en lo más parecido a la paz que he sentido en veintiocho años.
Y duermo.