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VEINTICINCO

Me despierto a las cuatro menos cuarto con la sensación absurda y feliz de haber olvidado una cosa importante que, al darme la vuelta, reconozco en la cama a mi lado: Sandro Greco dormido en el lado derecho del colchón, respirando despacio, con el pelo exactamente tan mal puesto como se le pone cuando lleva dos horas sin tocárselo.

Me quedo mirándolo cuatro segundos sin moverme.

No es una decisión grande. Es una resolución seca, del tipo que se toma durmiendo y se confirma al despertar.

Me levanto con cuidado, con la técnica que he perfeccionado en miles de hoteles compartidos con fotógrafos de todas las nacionalidades: sin transferir peso brusco al colchón, sin tirar de las sábanas.

Salgo al pasillo descalza. Cierro la puerta del dormitorio con dos dedos, para que el aire circule y Sandro duerma los veinte minutos más que le hacen falta.

Voy a la cocina. Me preparo un café. Solo, con hielo.

Cuando abro la nevera, me vuelvo a encontrar con las tres tarrinas de mantequilla francesa en el estante central.

Me permito una reflexión que llevaba dos semanas postergando: un hombre que compra dos tarrinas extra de una mantequilla que se gasta despacio es alguien que está planificando desayunos futuros con una persona concreta.

No es un gesto nostálgico. Es un gesto estratégico.

Y eso es, en el diccionario emocional de Sandro, la forma más exacta de decir «te quiero» que he tenido delante en mi vida.

Me llevo el café a la terraza. Miami a las cuatro menos cinco de la tarde de un jueves de julio tiene ese color específico del final del verano: un blanco ligeramente amarillento, con una humedad que se ve.

Miro el post-it original, el de la mantequilla, que pegué yo el lunes diecinueve.

Sandro lo ha dejado donde estaba. No te olvides de la mantequilla.

Sigue allí, catorce días después, con la mancha de agua en la esquina.

Vuelvo al salón. Sandro aparece en el umbral, descalzo, con la cara de quien ha dormido profundamente por primera vez en trece días.

—¿Cuánto hace que estás despierta?

—Veinticinco minutos.

—¿Café?

—Ya. ¿Quieres?

—Sí. Lo hago yo.

Va a la cocina y oigo la cafetera italiana. Vuelve al salón y se sienta a mi lado sin taza todavía, esperando a que el café se haga.

—Vera. ¿Te ha pasado algo en estas dos horas?

—Nada. Se me han ocurrido tres cosas. He ido a por café, he visto la mantequilla, he salido a la terraza y he visto el post-it.

—Tres cosas útiles en veinticinco minutos. ¿Son las cinco que traías del avión?

—No. Son tres nuevas. Pero las nuevas van primero.

Se levanta, va a la cocina y regresa con su cortado.

—¿Te espero en la terraza a las siete y media con el prosecco o prefieres que las tres nuevas las oiga ahora?

—Las oyes ahora. Las cinco del avión, a las siete y media.

Me giro hacia él y recojo las piernas bajo el cuerpo.

—Primera cosa —digo—. Hay un post-it en la nevera que escribí yo antes de irme. Lleva catorce días ahí. Tiene una mancha de agua y no la has limpiado. ¿Por qué?

—Dos razones. Primera, no me atrevía a quitarlo porque lo habías pegado tú. Tirar un papel con tu letra me habría parecido un sacrilegio menor. Segunda, la mancha me gustaba. La ponía en la categoría de lo que está vivo.

—Vale. Segunda cosa. En la nevera hay tres tarrinas de mantequilla. Compraste dos enteras, no una. ¿Por qué?

—Porque una no bastaba. Y porque dos me pareció una declaración proporcional a que la mujer que come esa mantequilla en mis desayunos no va a comerla solo este verano. Va a comerla también el invierno que viene. No calculé sentimentalmente, Vera. Calculé operativamente.

—Ya. Tercera. Mi lado de la cama. El izquierdo. Trece días sin deshacer. ¿Por qué?

Él tarda un poco más en contestar esta.

—Porque deshacerlo habría sido aceptar una posibilidad que no quería aceptar: la de que tu lado pudiera volver a ser un lado cualquiera. Lo sé, es irracional.

—Sandro, yo me he pasado trece noches en Port-au-Prince durmiendo en el lado derecho de la cama sin ningún motivo operativo. Hasta anoche. En la habitación catorce del Oloffson, donde antes dormía siempre por el centro.

Sandro sostiene la mirada.

—Vera, eso no me lo habías dicho.

—Acabo de decírtelo.

—¿Es una de las cinco del avión?

—Era la sexta. La acabo de añadir.

—Vale.

Nos quedamos en silencio mientras terminamos el café. A las siete y media, salimos a la terraza. El sol está en ese color dorado lento que dura exactamente veintidós minutos. Sandro sirve el prosecco. Brindamos sin decir nada.

—Vera. Las cinco.

—Las cinco. Primera: Sandro, he vuelto porque quiero volver. No porque me lo hayas pedido, ni por miedo. He vuelto porque cuando me subí al avión el diecisiete de julio, me di cuenta de que ya había empezado a volver.

Él asiente una sola vez.

—Segunda: voy a seguir haciendo mi trabajo. Voy a viajar. Pero voy a elegir las asignaciones con más cuidado, porque he decidido que ser cuidadosa es una forma de respetar el trabajo, no de renunciar a él.

—De acuerdo.

—Tercera: cuando vuelva de cada viaje, quiero volver aquí. A este apartamento. Al lado izquierdo de la cama. Quiero una base. He descubierto en estas semanas que una base no es una renuncia; es una infraestructura.

Él levanta la copa ligeramente.

—Cuarta: no te voy a pedir cosas grandes esta noche, y me gustaría que tú tampoco lo hicieras. Pido una semana de normalidad antes de formalizar cosas. Quiero decirte que sí en una tarde cualquiera, mientras cortas un tomate.

—Concedido.

Respiro. Miro el horizonte. Esta es la que más me cuesta.

—Quinta: gracias, Sandro. Por el boceto del vestido.

Por el bolsillo interior y la puntada de la nonna.

Gracias por el «si» tachado. Por haber comprado dos tarrinas de mantequilla y haber dejado sin deshacer mi lado de la cama.

Por haber igualado el marco de Lucía al de mis manos en el Oloffson.

Gracias por haberle contado a Ornella lo de mi abuela hoy y no antes.

Por haberme dado trece días de ausencia sin reproche.

Y por la frase de las cinco palabras que me enviaste al Uber. Gracias por todo eso.

Bajo la copa. Sandro me mira durante cinco segundos enteros.

—Vera, antes de responder, quiero decirte una cosa.

Esta mañana abrí un cajón del taller que llevo veinte años cerrando con llave.

Dentro había un sobre con una carta manuscrita del nueve de julio y una llave de repuesto de este apartamento.

El sobre sigue cerrado. Te lo daré la semana que viene, cuando la «cuarta» haya expirado.

Pero te diré lo que pone la carta, resumido.

Él se inclina hacia delante, apoyando los codos en las rodillas.

—Pone que estoy enamorado de ti, Vera. Pone que lo estoy probablemente desde el diecisiete de junio, cuando te vi en el jardín con las zapatillas embarradas.

Pone que lo confirmé cuando me señalaste posiciones de cámara y no me sentí desplazado, sino acompañado.

Pone que lo acepté el ocho de julio en el atelier, y que lo escribí el nueve porque necesitaba que existiera en una tinta que no fuera la de mi cabeza. Y pone que lo sigo pensando hoy.

Me permito treinta segundos de silencio. Lo que acaba de decir los merece. Luego, me inclino hacia él.

—Sandro. Yo también. Probablemente desde el veintiséis de junio, cuando te vi arreglando un vestido con un bolígrafo azul y me di cuenta de que no había sacado la cámara en cinco minutos.

Confirmado el veintisiete, cuando bailamos «Corcovado».

Aceptado el ocho de julio en el atelier.

Y ratificado hoy, a las doce y veintidós, cuando subí tus escaleras.

Él sonríe lateralmente. Levanta su copa y yo choco la mía.

—¿Por qué brindamos?

—Por la mantequilla, Vera.

—Por la mantequilla, Sandro.

Cenamos pasta con tomate a las ocho y veinte. No hablamos mucho; no hace falta. A las diez menos cuarto, mientras recogemos, él pregunta con voz baja:

—¿Qué tal si mañana vamos a ver a Ornella con la camisa blanca sin planchar?

—Mañana por la mañana. Perfecto. Sandro... me gusta esta vida.

—A mí también.

Dejo la copa sobre la mesita, cruzo el salón y le cojo la cara con las dos manos. Le beso delante de la ventana abierta al oeste de Miami sin pedirle permiso. Él me lo devuelve sin pedirlo tampoco.

Esas son las reglas nuevas.