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VEINTITRÉS

Los aviones son el único sitio del mundo en el que se me ocurren cosas importantes. No sé si es por la altitud o por la sensación de que, a once mil metros, una puede permitirse pensar sin consecuencias inmediatas. Sea por lo que sea, los aviones me piensan.

Decidí hacerme el tatuaje mínimo que tengo en la muñeca izquierda sobrevolando el Adriático.

Y ahora, sobrevolando el Caribe con un café insípido delante, estoy tomando otra decisión.

Técnicamente, la tomé el lunes veinte en la habitación catorce del Oloffson, cuando fotografié mis propias manos y reconocí la composición.

Desde entonces, he hecho el trabajo con una eficiencia que incluso a mí me sorprende.

Miriam me contestó con un único párrafo: «Vera, es de lo mejor que has hecho.

Se publica la semana que viene. Cuando quieras, hablamos de octubre».

Ni siquiera respondí a lo de octubre. Ya hablaremos.

El vuelo de Port-au-Prince a Miami es corto. Suficiente para pensar. Insuficiente para arrepentirme. Ayer por la noche, Miséline me subió a la habitación una botella de ron pequeña como regalo de despedida.

—Para la maleta, madeimoselle. Se lo das a alguien que se lo merezca.

Le pregunté cómo sabía que había alguien a quien dárselo, y ella sentenció:

—Llegaste con ropa. Te vas con ropa y una camisa blanca doblada de otra talla. Madeimoselle, yo trabajo aquí desde hace veintitrés años.

No le discutí. La botella está en la maleta. Miro por la ventanilla. El Caribe a nueve mil metros es un azul que no se parece a ningún otro. Todo lo que he decidido sobre mi vida parece, simultáneamente, más grande.

La azafata pasa con el carrito. El señor del asiento de al lado se gira hacia mí.

—Volvemos a casa, señorita.

—Yo sí. ¿Usted?

—Yo voy de visita. Mi hija vive en Miami. Me lleva tres años diciendo que Miami es casa, y yo le llevo diciendo tres años que Port-au-Prince es casa. Cada dos meses nos ponemos de acuerdo en que las dos cosas pueden ser verdad.

—Es una buena manera de no discutir.

—Es la única manera.

Activo el wifi solo treinta segundos para mirar el hilo con Sandro. El último mensaje fue anoche: «Aquí te espero. En el atelier desde las ocho». Le contesté: «Perfecto». Y ya.

Repaso en silencio lo que voy a decirle.

Lo primero: Sandro, he vuelto porque quiero volver .

Lo segundo: Voy a seguir haciendo mi trabajo, pero voy a elegir las asignaciones con más cuidado .

Luego: Cuando vuelva de un viaje, quiero volver aquí.

A tu apartamento . Y una última: Gracias por el boceto. Por el si tachado .

Aterrizamos a las once y dieciocho. Me lavo la cara y me pongo un pintalabios color teja, solo porque llevo seis semanas sin usarlo.

—Vale, Vera —le digo a mi reflejo—. Vamos.

Subo a un taxi.

—Coral Gables. Madruga Avenue, 4321.

Le escribo a Sandro: «Aterrizada. Taxi al atelier. Veinte minutos». El doble check azul se activa al instante: «Vale. Te abre Benito. Sube directa a la sala pequeña».

A las doce y diecisiete, el taxi se detiene. Llego al rellano y veo a Sandro de espaldas. Camisa blanca, mangas remangadas. Oye mis pasos y se gira. No dice nada durante tres segundos. Él me sostiene la mirada y dice:

—Has vuelto.

—He vuelto.

Y me doy cuenta de que ninguna de las cinco cosas que traía preparadas hace falta ahora. Hoy solo hay una frase.

—Sandro. Gracias por esperarme sin haberme pedido que vuelva.

Él asiente. Cruza el espacio que nos separa y me pone la mano en la mejilla.

—Gracias a ti por haber vuelto sin que yo te lo pidiera.

Y me besa. Un beso de dos personas que han terminado una cosa larga y empiezan una todavía más larga. Al separarnos, me mira de cerca.

—Vera. Tengo que enseñarte una cosa. Está en el despacho.

Entro y veo la hoja del cuaderno. El diseño del vestido y, en la esquina, su nota: «Para cuando vuelvas, ~~si~~ vuelvas». Con el «si» tachado con una línea firme.

—Sandro —le digo sin dejar de mirar el papel—, yo también taché el «si».

—Lo sé.

—¿Cuándo lo supiste?

—Cuando me mandaste la foto de las manos el lunes veinte.

Salimos de la sala. Le digo que le contaré mis «cinco cosas» más tarde, con una copa de vino. Él sonríe.

—Vamos a casa —dice—. Pero antes, ¿te importa si paso un momento por Ornella? Le prometí que cuando volvieras le contaría algo que me dijo tu abuela Dolores en la boda.

—¿Qué te contó mi abuela?

—Te lo cuento esta tarde. En la terraza. Son cosas de tarde de jueves.

Me río desde el estómago. Salimos al sol de julio. Camino hacia su coche con una certeza nueva. He vuelto. Y esto es un final y un principio al mismo tiempo.