VEINTIDÓS
Son las nueve y cuarenta de la noche del jueves veintitrés, y llevo once horas en el atelier porque en casa no se me ocurre nada mejor que hacer.
Vera lleva seis días fuera. Le quedan siete, según el calendario original, o cinco, según el nuevo.
El nuevo me lo comunicó el lunes por la noche con un mensaje que empezaba por «adelanto el viaje» y terminaba por «no vengas al aeropuerto».
Desde entonces mi cabeza funciona con los dos cronogramas a la vez, el caducado y el vigente, porque anular mentalmente el que ya no sirve me parece una forma de tentar a la suerte.
Así que el treinta por la mañana, a las once y cuarto, Vera aterriza en Miami International. Quedan seis días y catorce horas, si cuento desde ahora.
He estado todo el día trabajando en la colección de otoño.
He resuelto tres asuntos: el ajuste del pliegue del hombro del vestido número siete, que llevaba una semana sin salir; la elección final de las telas para el abrigo principal, resuelta a favor del lino italiano tras un intercambio de seis frases con Matteo; y la distribución de las pruebas para la presentación del ocho de septiembre.
Son decisiones operativas. Tres unidades de trabajo bien hechas.
A las nueve y cuarenta, con el edificio en silencio absoluto, estoy sentado en la planta alta delante de un cuaderno de bocetos cerrado que llevo abriendo y cerrando durante los últimos días sin haber dibujado una sola línea.
Lo compré el sábado dieciocho, justo después de que ella se marchara.
Pensé que iba a esbozar una idea que me rondaba, pero la tarde pasó y no lo abrí.
El domingo lo trasladé al escritorio de la sala pequeña buscando la luz del norte y la lámpara de pie de mi abuelo Alessandro que, según una superstición que no he cuestionado en veintiocho años de oficio, ilumina los trazos de otra manera. Tampoco dibujé.
Lunes, martes, miércoles. Tres días más con el cuaderno sobre la mesa, resistiendo con una disciplina cada vez más incómoda el impulso de romper la primera hoja.
Hoy jueves, con la lámpara encendida y seis días de espera por delante, lo abro por fin.
No pienso qué voy a dibujar. Llevo demasiado tiempo intentando decidirlo y el papel ha seguido en blanco. Cojo el lápiz de grafito medio y apoyo la punta sobre la esquina inferior izquierda. Empiezo por abajo.
Por abajo del vestido. La primera línea es el dobladillo, donde la tela toca el suelo.
La segunda es la subida del lado izquierdo, una curva suave que surge sin buscarla.
La tercera, la del lado derecho, paralela pero no simétrica.
El vestido que estoy trazando posee una ligera asimetría estructural que se va a convertir, en apenas unos trazos, en su razón de ser.
Sigo. Dibujo la línea del talle. La altura del escote. La caída de la manga tres cuartos. El pliegue de la espalda, una doblez de origami casi invisible si no se sabe que está y que, si se conoce, se nota incluso en una fotografía.
Y en el puño izquierdo, sin haberlo calculado en los días previos de resistencia, dibujo con dos trazos mínimos la puntada de la nonna.
Me detengo. Observo el dibujo un momento.
Tardo segundos en reconocer lo que estoy mirando, porque esa es la función de los bocetos automáticos: uno los identifica a posteriori.
Es un diseño de corte en A, con cola corta y cuello redondo.
Es, salvo por la asimetría, el vestido de Giulia.
Pero con una diferencia fundamental: en la parte superior derecha, a la altura del omóplato, hay un bolsillo interior que no había diseñado nunca.
Matteo sabría inmediatamente que es la única aportación verdaderamente nueva.
El bolsillo tiene el tamaño exacto de una cámara de fotografía pequeña.
Cierro los ojos. Los abro. Escribo en la esquina inferior derecha, con esa caligrafía de diseñador que garabatea sin firmar todavía, una frase que surge de una sola vez:
«Para cuando vuelvas, si vuelvas».
Suelto el lápiz. Me quedo mirando la frase.
El «si» está ahí. No me gusta que esté. No porque crea que no va a regresar —llevo días sabiendo que lo hará, desde que Ornella me confirmó que Vera usó la palabra exacta «volver»—, sino porque yo no pongo un «si» en mis bocetos.
Escribo en certezas, no en probabilidades.
Ese «si» aparece porque hay una parte de mí que llevo veintiocho años alimentando con rigor, la misma que ha enderezado cada mañana un marco de fotografía, que no se permite escribir una seguridad sobre alguien que se fue en un avión.
Y si no lo tacho, el boceto está mal.
Cojo el lápiz de nuevo. Dibujo una sola línea sobre la palabra «si».
Una línea recta, firme, que no deja que el dibujo parezca una revisión.
La palabra queda debajo, visible a pesar de la tachadura, porque ese es el punto.
La línea no oculta la duda; la señala. Dice: aquí había una probabilidad y hoy decido que ya no.
Dejo el lápiz. Me levanto y abro la ventana lateral. Coral Gables suena a cigarras y a un coche que pasa despacio. Vuelvo al escritorio.
El boceto está bien. No es un dibujo terminado; le faltan especificaciones técnicas sobre la seda o la cinta del talle.
Pero es lo que es: un vestido para una mujer que regresa el treinta a las once y cuarto, con un bolsillo para su cámara y un pliegue que solo ella notará porque llevo treinta y cinco días observando cómo observa.
Arranco la hoja con cuidado y la dejo sobre la mesa del despacho para que mañana, al entrar, sea lo primero que vea.
Son las diez menos cinco. Apago las luces, cierro el taller y salgo a la calle. El coche de Matteo está aparcado enfrente con el motor encendido. Golpeo su ventanilla.
—¿Llevas aquí mucho? —le pregunto.
—Diez minutos. He venido a recogerte. Sube. Te llevo a casa y te doy de cenar. Paola ha hecho lasaña.
—Matteo, no hace falta...
—Sandro. Sube.
Cuando Matteo usa ese tono, no discuto. Me subo y arranca en dirección a su casa. Paolo Conte suena muy bajito por la radio. Al cabo de unos minutos, me mira de reojo.
—¿Has dibujado algo?
—Hoy sí.
—Bien.
No pregunta qué ni cómo. No insiste. Matteo tiene la sabiduría de no pedir más detalles de los que estoy dispuesto a entregar.
Llegamos a su casa y Paola me recibe con un beso en cada mejilla y un plato hondo de lasaña recién hecha.
Hablamos del encargo de la señora Wasserman y de una exposición en el Pérez Art Museum.
No hablamos de Vera. No porque el tema esté prohibido, sino porque ya está absorbido por la rutina; en esta mesa ella ha pasado de ser noticia a ser un dato, y los datos no se nombran cada diez minutos.
A las once y doce salgo en un Uber. Me despido de ellos con un abrazo breve y el coche arranca. Durante el trayecto saco el móvil. El último mensaje de Vera es de esta mañana: una foto de su desayuno con moscas en la terraza del Oloffson.
Escribo: «Vera. He dibujado algo hoy en el atelier. Un boceto. Lo he dejado sobre mi mesa para que mañana sea lo primero que vea al entrar. Quería decírtelo. No te mando foto. Te la enseño cuando vuelvas».
Llego al apartamento y voy directo a la cocina.
En la nevera, junto a la mantequilla francesa que Vera dejó como despedida, están las dos tarrinas nuevas que compré el lunes.
Tres unidades de mantequilla en la nevera de un hombre solo.
Sería cómico si no fuera preciso. Bebo un vaso de agua y salgo a la terraza a mirar las luces de Brickell.
Abro la galería del móvil. Tengo doce fotos guardadas en once días.
Doce imágenes que decidí conservar por el mero gusto de hacerlo.
Me detengo en la del lunes por la noche: sus manos entrelazadas sobre la sábana, reproduciendo la composición de la foto de 2024 que ahora tengo enmarcada en el despacho. La he mirado treinta y siete veces.
La treinta y ocho es ahora. Las mismas manos, la misma luz lateral, la arruga en la sábana. Pero la taza de café ha desaparecido. Sus manos están vacías. No he conseguido decidir si esa ausencia es angustia o es espacio; si esperan sostener algo o si, por fin, no necesitan sostener nada.
Me inclino por lo segundo. Y cada vez que lo hago, algo dentro de mí se ablanda una décima.
Entro al despacho y abro el cajón con llave para verificar el sobre que guardé el día de la boda.
Dentro siguen la llave de repuesto, la carta manuscrita de dos hojas que nunca entregué y la copia de la foto que ella hizo desde mi ventana con mi camisa puesta. Cuento los elementos y cierro el cajón.
Seis días y catorce horas.
Me meto en la cama, en el lado derecho. El izquierdo sigue sin hacer desde el viernes dieciséis.
Lo dejé intacto cuando ella se marchó y no he podido deshacerlo.
He intentado tirar de la sábana, pero me he limitado a mirar la arruga formada por mi propio gesto y la he vuelto a estirar.
Llevo cinco noches durmiendo al lado de su ausencia. Es absurdo. También es exacto.
El móvil vibra sobre la mesilla. Es ella.
«Sandro. Has dibujado». «He dibujado». «¿Me cuentas una sola cosa del boceto para poder dormir bien?».
Tardo un segundo en decidirme. «Hay un bolsillo interior a la altura del omóplato derecho. Del tamaño exacto de una cámara pequeña».
El doble check se activa enseguida. Pasa casi un minuto antes de que responda. «Sandro. Duerme bien». «Tú también».
—Seis días y catorce horas —escribo.
—Seis días y catorce horas —replica ella.
«Buenas noches, padrino».
«Buenas noches, fotógrafa».
Dejo el teléfono y me doy la vuelta hacia el lado izquierdo de la cama por primera vez en seis días. Apoyo la mano sobre la sábana estirada de su lado y me quedo dormido con la respiración tranquila, sabiendo que en seis días y catorce horas ese espacio volverá a estar ocupado.