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VEINTIUNO

Miséline sigue aquí.

Me recibió esta mañana en el comedor. Tardó medio segundo en reconocerme.

Cruzó el salón con la cafetera en la mano, me sirvió un café cubano sin preguntar y se detuvo dos segundos a observarme.

Me dijo, en su mezcla habitual de inglés y criollo: «Ah, madeimoselle Vera.

Estás entera». Le respondí que sí, que esta vez estaba entera.

Ella asintió con la seriedad de quien ha visto desfilar a demasiada gente rota por este comedor y se retiró sin añadir nada más.

Estoy entera. Es verdad y es mentira a la vez, como casi todo lo que importa.

Llevo tres días en Port-au-Prince. He realizado tres salidas de campo: dos a Cité Soleil con Jean-Pierre, el traductor que Reuters me ha asignado, y una más breve al mercado Hyppolite.

Allí fotografié durante cuarenta minutos a una mujer que vendía mangos al borde de un canal; me permitió hacerle dos retratos a cambio de veinte dólares y una conversación en francés sobre la hija que se le había ido a Santo Domingo y no devolvía las llamadas.

El trabajo, hasta ahora, fluye con esa facilidad específica que surge cuando el terreno te conoce más de lo que tú lo reconoces a él.

En la habitación catorce guardo doscientas cuarenta y dos fotografías en la tarjeta principal y dos libretas Moleskine con anotaciones.

Miriam me escribió ayer desde Reuters para decirme que el primer adelanto era «exactamente lo que esperábamos, Vera, te has recuperado».

Leí la frase dos veces, preguntándome cuándo exactamente había perdido yo algo que ella había decidido que debía recuperar.

Son las diez y catorce de la noche.

Estoy tumbada con la ropa puesta y el ventilador de techo girando despacio.

La ventana permanece entreabierta porque el aire acondicionado del Oloffson funciona a ráfagas y prefiero la humedad a la incertidumbre.

Por el hueco entra el ruido del barrio: música lejana, un perro ladrando, el eco de una moto con el tubo de escape abierto.

Es un sonido que identifico por reflejo; llevo durmiendo con esta banda sonora, con pequeñas variaciones geográficas, desde 2014.

Terminé de editar hace veinte minutos. Me he duchado y me he puesto una camiseta limpia. He pensado en leer, pero no lo he hecho. He pensado en llamar a Valentina o en escribir a Clara para decirles que estoy bien, pero he desistido.

He pensado en Sandro.

Le he dedicado cuarenta minutos seguidos, más de lo que suelo conceder a ningún ser humano durante una asignación. Y cuarenta minutos aquí, después de tres días de trabajo limpio, son un síntoma.

Abro el móvil. Le he mandado tres fotos en tres días.

La primera, el viernes: una vista desde el taxi con el aeropuerto al fondo.

«He aterrizado». La segunda, el sábado: mi mano sosteniendo un zumo de maracuyá con la luz de la mañana.

«Desayuno». La tercera, anoche: el ventilador de techo desde abajo. «Habitación catorce».

Él contestó a las tres. «Bienvenida». «Mano buena. Vaso feo». «Ese ventilador tiene más años que yo». Son respuestas que no ocupan ni una línea y que, sin embargo, releo con una concentración que no le he dedicado ni al reportaje.

Abro la cámara del teléfono. Encuadro mis propias manos.

Las tengo apoyadas sobre el abdomen, entrelazadas, con los dedos doblados en el reposo natural de quien lleva un rato pensando.

La bombilla amarilla genera una sombra triangular entre los pulgares y la sábana está arrugada debajo.

Es una imagen mínima: dos manos sobre un abdomen en un hotel caribeño.

Disparo. Miro el resultado. Tardo dos segundos en reconocer lo que tengo delante.

Es la misma composición exacta de la foto con la taza de café que hice en esta misma habitación en agosto de 2024.

La misma luz lateral, la bombilla cansada, el ángulo de cámara e incluso la arruga en la sábana.

La única diferencia es que ahora no hay taza.

Las manos de aquella imagen pertenecían a una mujer que vivía sola con la frase de Gabriel; las de esta noche son las de una mujer que lleva una camisa blanca de un hombre de Coral Gables en la maleta y no ha dejado de contar los días.

Bajo el móvil. La respiración se me rompe unos segundos.

Me incorporo y me siento contra el cabecero de madera.

Me miro las manos otra vez, ahora a la luz directa.

Son las mismas: dedos largos, uñas cortas, la pequeña cicatriz en el nudillo del índice de aquella caída en bicicleta.

Pero en la foto de hace dos años sostenían algo. Esta noche no sostienen nada.

Se me ocurre, con la claridad del cansancio, que las manos de Sandro sobre la seda del atelier, cuando ajustaba el dobladillo del vestido de Giulia, tenían exactamente este ángulo.

El pulgar separado, la concentración invertida hacia un punto invisible.

Les hice trece fotos aquel día. Permanecen en una carpeta sin nombre en el portátil.

Me levanto y voy al escritorio. Busco la carpeta y abro la séptima imagen. Es la mejor. Paso la foto que acabo de hacer al ordenador y las pongo una al lado de la otra.

Es la misma imagen. No literalmente, por supuesto.

Son dos cámaras distintas, dos años de distancia y dos sujetos: sus manos sobre la tela en junio, las mías sobre la sábana en julio.

Pero el gesto es gemelo. La sensación de mirar a dos personas que hacen lo mismo cuando nadie las observa es idéntica.

Permanezco sentada frente a la pantalla cinco minutos.

Recuerdo a Sandro arreglando el cuello de la camisa de aquel cuadro en su despacho.

Recuerdo a Ornella sirviéndome el té sin preguntar.

Recuerdo a Valentina advirtiéndome en el ferry de que me arrepentiría si me marchaba.

Pienso en Clara murmurando que él ni siquiera se había enfadado por la mancha de vino.

Pienso en el post-it de la mantequilla, en el vaso térmico y en la frase de Gabriel, que llevo sin repetirme cuatro días.

Y pienso, sobre todo, en que la mujer de la fotografía que acabo de sacar ya ha tomado una decisión, aunque todavía no se lo haya dicho a sí misma.

Me echo agua fría en la cara y me sostengo la mirada en el espejo durante cuarenta segundos. Vuelvo al escritorio y escribo a Miriam con el tono operativo de las resoluciones que no se discuten:

«Miriam. El reportaje avanza bien. Proyecto adelantar la entrega. Cierro la fase de campo el martes 28 y te mando el paquete el miércoles 29. Me gustaría volver el jueves 30 por la mañana. Confírmame si el reajuste te cuadra».

El móvil vibra a los tres minutos. Miriam ha contestado desde Nueva York. «Vera, me cuadra. Facturo el vuelo al 30 por la mañana. Dime». Respondo con un gracias y cierro el correo.

Vuelvo al hilo de Sandro. Tengo abierto su último mensaje sobre el ventilador. No le escribo todavía. Una cosa es adelantar un vuelo porque el trabajo está hecho; es un ajuste operativo lógico. La decisión mayor es otra. Y es mejor no esperar a pisar Miami para comunicarla.

Me incorporo de nuevo y cojo el teléfono. Escribo sin tachar ni dudar.

«Sandro. Adelanto el viaje. Llego a Miami el treinta a las once y cuarto. No quiero que vengas al aeropuerto. Apareceré yo en el atelier. Tengo una cosa que decirte que no se puede decir en un curb».

El doble check azul se activa en nueve segundos. Él también está en vilo. Tarda noventa segundos en contestar.

«Vera. ¿Estás bien?».

Leo la pregunta dos veces. Es lo único que un hombre que lleva días sin dormir puede preguntarle a una mujer que anuncia un regreso anticipado. No ha pedido explicaciones ni detalles. Ha ido a lo único que importa.

«Estoy bien. De verdad. No es una urgencia. Es una decisión». «Vale». «Sandro. Abre la galería. Te acabo de mandar una foto».

Le envío la imagen de mis manos entrelazadas sobre la sábana de la habitación catorce. Tarda cuarenta segundos en responder.

«Vera. Esta foto es del Oloffson». «Esta foto es del Oloffson». «Es la misma composición». «Es la misma composición».

Pasan dos minutos largos. Sandro está entendiendo que las manos de la mujer que llevaba la frase de Gabriel y las de esta noche son las mismas, pero con dos pesos distintos. Contesta finalmente con cinco palabras.

«Te espero el treinta».

Sonrío en la penumbra del Oloffson. Le escribo una última cosa antes de apagar.

«Sandro. ¿Sigue estando la mantequilla?». «La mantequilla sigue intacta. He comprado otras dos tarrinas por si se te acababa al volver». «Sandro. Esa es información». «Esa es información. Buenas noches, Vera». «Buenas noches».

Apago la lámpara. La bombilla amarilla parpadea por última vez y muere. Me quedo tumbada en la oscuridad escuchando el ruido de la calle, que parece haberse apaciguado. El ventilador de techo sigue su ritmo constante.

Me permito un pensamiento completo por primera vez en tres años.

He tardado demasiado. Pero no cincuenta y ocho años.

Y eso, dadas las estadísticas de los Greco, es un logro razonable.

Me giro hacia el lado izquierdo de la cama —mi lado en Coral Gables— y me duermo en treinta segundos con una sonrisa que nadie ve y que, por esa misma razón, es mía entera.