CATORCE
El martes es el tercer día.
Me desperté a las seis y cuarto, desayuné con mi padre en silencio y llegué al atelier a las siete y cuarenta.
Tenía pendiente el encargo de la señora Lefebvre: un diseño para una gala benéfica.
Ella suele ser previsible, pero hoy traía una idea nueva que me ha mantenido tres horas ante un patrón que no encajaba.
A la una, Matteo pasó a revisar el croquis. Me miró a mí, luego a la mesa.
—¿Estás en condiciones de trabajar hoy?
—Sí.
—No lo parece.
—Lo estoy.
Se marchó sin decir más. Comí un sándwich en el despacho y a las tres volví a la carga; el patrón funcionó a la primera. A veces basta con que dejen de mirarte. A las cinco y media, Vera me envió un mensaje. El primero desde ayer.
—Sandro. ¿A qué hora prefieres ver las fotos?
—¿Hoy?
—Hoy. Tengo una selección de veinte. Podemos verlas en tu pantalla o en el proyector del cuarto de atrás.
—El proyector funciona. A las siete y media.
—Vera —añadí después de un minuto—, ¿hoy es el tercer día?
—Hoy es el tercer día.
—Vale.
—Sandro. Primero las fotos. Después hablamos.
Preparé la sala pequeña que hay tras el vestidor.
Bajé a cerrar el taller, activé la alarma y dejé abierta solo la puerta lateral.
A las siete y veintinueve oí sus pasos. Vera se asomó al umbral.
Vestía vaqueros, camiseta blanca y el pelo aún húmedo de una ducha reciente.
Se sentó a mi derecha para operar el teclado.
—¿Empezamos?
—Empezamos.
La primera imagen inundó la pantalla: la llegada de Giulia al arco. Composición limpia, luz diagonal. La miré dos segundos.
—Bien.
—Gracias.
Avanzó. La tercera: Ornella y Dolores en primera fila, con la barbilla alzada hacia el altar.
—Esta es importante —dije.
—Lo sé. Lo pensaste al verlas allí. Yo lo pensé al revelar.
Cuarta: Ornella durante el brindis. Una lágrima contenida, la mano de mi abuela Dolores en su rodilla. Un plano muy cerrado que olía a intimidad prohibida.
—Vera, esta foto no puede publicarse.
—No lo hará. Es solo para Giulia, para ti y para Ornella. Si la ve en una revista, le dolerá.
—Lo sé. Te lo agradezco.
Luego llegó la décima. Yo en el atril. La copa alzada. Y mis ojos fijos en la lente. En la fotografía no hay control. Me vi como no me veo en el espejo, porque ante un cristal uno decide qué gesto ofrecer, pero ante esa cámara no decidí nada. Vera detuvo el avance.
—Vera. Esta foto.
—Dime.
No supe qué añadir. Había ensayado frases de cortesía profesional, pero no sirven para una imagen que captura lo que uno no sabía que estaba entregando.
—Es la peor —murmuré finalmente—. Técnicamente. Está subexpuesta, hay grano en las sombras y el enfoque está desplazado.
—Lo sé —respondió ella sin mirarme—. Y sin embargo...
—Sin embargo es la más honesta.
—Porque no la planeé, Sandro. Estabas a punto de mirarme. Yo solo disparé. El resto es tuyo.
Giré la cabeza hacia ella. Seguía fija en la pantalla.
—¿Vas a incluirla en la selección de Giulia?
—Si me dejas, sí. Entenderá algo que hasta ahora solo sospechaba. Se merece esa confirmación.
—Déjasela. Y una copia para mí. En grande.
A las ocho y dos apagamos el proyector. Vera se sentó en la silla de mi izquierda. Ahora nos separaban veinte centímetros.
—Empezamos —dijo ella, y noté un pequeño quiebro en su voz.
—Vera, estos tres días se me han hecho largos. Pero los he necesitado.
—¿En qué has avanzado?
Suspiré, buscando las palabras exactas.
—En que llevo veintiocho años confundiendo permanencia con presencia. He decidido dejar de hacerlo. No necesito que nadie esté todo el tiempo para saber que está. He pasado demasiado tiempo cerrando puertas por miedo a que las cerraran por mí. No quiero volver a hacerlo contigo.
Vera entrelazó sus manos sobre el regazo.
—Yo he aprendido que la frase que llevaba encima no era mía. Era de Gabriel. Se la devuelvo. Y que quiero seguir con mi trabajo, pero necesito saber que tengo un sitio al que volver que no sea un hotel. Alguien que sepa cómo tomo el café.
Nos quedamos en silencio.
—¿Cuándo te vas? —pregunté.
—El contrato del apartamento acaba pasado mañana. Pero ayer me llegó una propuesta de Reuters. Port-au-Prince, del diecisiete al treinta y uno de julio.
Me quedé inmóvil.
—¿Vas a aceptar?
—Tengo que decidir mañana antes de las doce. Pero decida lo que decida, hay diecinueve días entre hoy y esa fecha.
—Eso lo cambia todo.
Desplacé mi mano hacia el reposabrazos compartido. Ella colocó la suya encima. Muy despacio, entrelazó sus dedos con los míos. Pulgar, índice, corazón. Uno a uno. Apreté su mano con el pulgar. Ella respondió al gesto.
—Si acepto o no, te lo diré a ti primero —susurró ella—. Antes que a mi editora.
—Gracias.
—¿Te dolerá si voy?
—Un poco. Pero menos que si te quedas y te arrepientes.
Ella apretó mis dedos.
—Eso es una frase de un once, Sandro.
—No la había ensayado.
—Se nota.
A las nueve menos veinte se incorporó. La acompañé a la puerta lateral. Pasamos ante las fotos del pasillo; ninguno miró el retrato de mi madre. No era necesario.
—Mañana te escribo a las doce menos cuarto —dijo en el umbral—. Hasta el diecisiete tenemos dieciséis días.
—Es mucho tiempo, Vera.
Sonrió lateralmente y se alejó por la verja. Cerré la puerta y subí al despacho. Miré la estantería. La fotografía de Lucía estaba torcida un milímetro, como cada noche. Extendí la mano, pero esta vez la dejé así. Por decisión.
Caminé hacia el coche bajo el olor a jazmín de Coral Gables.
Me senté al volante y saqué el móvil. Abrí la galería, ese espacio que llevaba vacío desde mi adolescencia, y toqué el botón de añadir.
Elegí la foto que ella me había dejado en la carpeta de descarga sin decir nada.
La décima. La del brindis. La que tenía el enfoque un pelo corrido y toda la verdad del mundo dentro.
Por primera vez, guardé una imagen sabiendo que mañana seguiría allí. Mañana seguirá.