Primera opción QUINCE
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QUINCE

A las once y treinta y dos de la mañana del miércoles, con la decisión sobre Port-au-Prince quemándome en el bolsillo, accedo al atelier. Cargo conmigo dos cámaras, una impresora portátil prestada y la firme intención de entregar a Sandro las pruebas finales antes de remitirlas a Giulia.

Benito, de vuelta a su chaleco de jardinero, me saluda desde el patio mientras se ocupa del riego.

En la planta baja, el rumor acompasado de las máquinas marca el ritmo habitual del taller.

Sandro trabaja en la mesa de corte, absorto entre piezas de seda cruda y con su inseparable bolígrafo azul tras la oreja.

—Arriba —indica al verme, señalando con un gesto el fondo del pasillo—. El cuarto oscuro está listo para ti. Los químicos son frescos de ayer y hay papel Hahnemühle en el cajón. La llave cuelga en el clavo de la derecha.

—¿A qué hora prefieres que te avise? —le pregunto.

—A las once y cuarenta y cinco.

—Ya son las once y treinta y cuatro.

—Lo sé.

Subo las escaleras hacia el primer piso.

El cuarto oscuro me recibe con su característico aroma a fijador y a metal frío.

Activo la lámpara de seguridad roja y comienzo a preparar los líquidos con movimientos automáticos.

Una fotografía en la bandeja de revelado aparece poco a poco, ganando contraste frente a mis ojos, como si decidiera por sí misma si desea o no existir en el plano de lo real.

La décima foto —la del brindis— pertenece sin duda a la categoría de las que se quedan.

Al extraerla de la cubeta de lavado, la imagen adquiere una profundidad que la pantalla plana era incapaz de reproducir.

Los ojos de Sandro vibran con una intensidad nueva.

La cuelgo con cuidado para que seque y procedo a revelar las otras tres en la impresora portátil.

Bajo al taller a las doce y treinta y ocho. Sandro continúa trabajando en un patrón, totalmente sumergido en su tarea.

—Las tres pequeñas para Giulia están listas. Las dejo aquí —anuncio, señalando el banco lateral.

—¿Y la grande? —pregunta él sin detener su trazo.

—Secando todavía. La bajaré en un rato. Sandro... ¿podría dar una vuelta por aquí?

—La planta baja es libre para ti —responde, esta vez alzando la vista apenas un instante—. El almacén y el pasillo de las fotos también. Toca lo que consideres oportuno.

Comienzo a caminar despacio, permitiendo que mis pies reconozcan el terreno.

Me acerco primero al estante del fondo, ese santuario de rollos de tela donde, hace apenas una semana, Ornella me otorgó su aprobación silenciosa.

Deslizo las yemas de los dedos por los rollos: seda italiana, lino belga, algodón y bambú.

Me detengo en el cuarto, atraída por su brillo.

Es seda de Tailandia de una calidad superior.

Esbozo una sonrisa; me produce una alegría profesional que no experimentaba desde hacía tiempo.

Rodeo la zona de costura y llego finalmente al pasillo de las fotografías. Son seis marcos que narran la trayectoria de una dinastía. Alessandro en Calabria, 1954; Enzo en los setenta; Ornella en 1981; Sandro en 2005.

Y la última. La que ocupa el lugar central.

La mujer del vestido verde me observa desde el Milán de 1994.

La reconozco de inmediato por la distancia infinita que habita en sus ojos.

Mira hacia un punto situado un metro por detrás del fotógrafo; está presente para la cámara, pero se mantiene ausente para quien sostiene el visor.

Es la mirada de lo irreversible, de quien ya ha aceptado un destino que los demás aún no comprenden.

Noto de repente una presencia a mi espalda. Sandro se ha apoyado en el marco de la puerta.

—¿Qué es lo que ves? —pregunta tras un silencio.

—Veo a una mujer a la que el fotógrafo no le importaba lo más mínimo en el instante exacto de realizar la captura —respondo, sin apartar la vista del cristal—.

Se dejó retratar porque sabía distinguir perfectamente entre ser el sujeto y ser el objeto de una obra.

Las mujeres que comprenden esa diferencia suelen guardarse. Las otras, simplemente, se exponen.

Sandro no replica de inmediato. Se acerca y me tiende la botella de agua mineral. Brindamos en un gesto mudo, casi solemne.

—No existe ninguna foto de ella haciéndome una foto a mí —confiesa con voz queda—. Le atraía la elegancia de la ropa, pero nunca pareció interesarle el alma de las personas.

Bebemos en el pasillo fresco. Siento que es el momento definitivo. Lo digo mirando el retrato de Lucía, pero mis palabras van dirigidas exclusivamente a él.

—He decidido que voy a ir a Port-au-Prince, Sandro.

Se queda rígido al instante. Noto cómo su respiración se suspende un instante antes de que logre recuperar el dominio.

—Vale —asiente él finalmente—. 17 de julio.

—Vuelvo el 31.

—Exacto. Dieciséis días desde hoy. Aun así, sigo pensando lo mismo que te dije anoche, Vera. Me va a doler mucho menos que te marches a que decidas quedarte y acabes arrepintiéndote por mi culpa. Sin embargo, no voy a negarte que me va a doler.

Extrae el móvil del bolsillo y anota las fechas con esa frialdad operativa que es su única armadura. Luego vuelve a mirarme.

—Quiero pedirte un favor. Durante estos dieciséis días que nos quedan...

vamos a intentar tratarlos como si fueran tiempo normal.

No deseo despedidas diarias ni quiero tener calendarios de cuenta atrás instalados en la cabeza.

Si decidimos ver una película juntos, quiero que sea como si pudiéramos ver otra mañana mismo. Sin finales anticipados.

—Es una tarea difícil, Sandro. Ambos sabemos que no vamos a conseguirlo del todo por mucho que nos esforcemos.

—Lo sé perfectamente. Pero te lo pido igual.

Asiento en silencio. Él da un paso hacia mí, acortando el espacio vital. Se detiene a escasos treinta centímetros. No intenta tocarme, pero el aire entre nosotros se vuelve denso, cargado de todas esas cosas que hemos decidido no verbalizar todavía.

—Gracias por haber tomado la decisión de no fotografiar nunca esta pared —susurra casi en un aliento.

—No lo haré jamás. Puedes estar tranquilo.

Bajo al taller para recoger la foto grande. Se la entrego protegida en una funda de cartón rígido. Él la examina sobre la mesa de corte, inclinándose sobre el papel sin llegar a rozar la superficie.

—Esta copia no se la vamos a enseñar a absolutamente nadie —sentencia—. Únicamente a Giulia si ella lo solicita.

—Me parece una decisión muy acertada.

—¿Te apetece que comamos algo juntos? —pregunta al cerrar la carpeta—. Estela no ha venido hoy, pero conozco una pizzería cercana que nos gustará.

Salimos al sol vertical de Bird Road. Sandro se asegura de cerrar la puerta lateral aplicando las dos vueltas de llave de rigor.

Caminamos hacia el coche sumidos en un silencio que ya no necesita ser llenado.

Durante el trayecto, con la voz de Paolo Conte envolviéndonos de nuevo, comprendo que mi «sí» a Haití es una verdad tan real y poderosa como el deseo de permanecer sentada en este asiento a su lado.

Todo está donde debe estar. Por ahora, el presente es lo único que reclamo como mío.