TRECE
Me despierto de golpe a las nueve y cuarto, con la camiseta gris puesta, un zapato fuera y otro todavía en el pie derecho.
El ventilador de techo gira con su siseo constante.
La luz de South Beach entra desigual, filtrada por una cortina de algodón que el casero no debe de haber lavado en dos décadas.
Me quedo treinta segundos inmóvil, esperando a que mi cuerpo reconstruya dónde estoy, qué día es y qué se supone que voy a hacer con las últimas catorce horas.
Ayer domingo. El jardín. El banco. La frase de Sandro. Mi mano sobre la suya.
Se me acumula todo en el pecho y prefiero levantarme antes de que el nudo apriete.
Me quito el vaquero, bebo agua mineral del tiempo directamente de la botella y abro el móvil.
Veintitrés notificaciones. La mitad son de mi tía Rosario enviando fotos borrosas de la boda con comentarios de voz.
Hay un mensaje de Clara preguntando si estoy viva y uno de Giulia desde el aeropuerto pidiendo la foto del beso en tamaño grande para su salón.
Hay un mensaje de Miriam, mi editora de Reuters. No lo abro. Un lunes a esta hora, Miriam nunca trae nada que me convenga.
Abro el de Valentina: «Buenos días, niña. Te espero a las doce. Tráete resaca, lágrimas o las dos. Tengo café con hielo y uvas. Hasta las cuatro el estudio es tuyo».
Le contesto que voy.
Me doy una ducha de agua fría, me pongo una camiseta blanca limpia y me hago un café. Salgo a la terraza y me hablo a mí misma en voz alta, una costumbre de supervivencia que adquirí en Amán para no mirar el móvil.
—Vera. Tienes dos horas. O repasas lo de ayer o no lo repasas. Si trabajas un poco, llegarás a casa de Val con una cara ligeramente más funcional.
Opción intermedia.
Conecto el portátil en la mesa de la cocina. Mil doscientas veintiséis fotos en la tarjeta principal. Un número razonable para doce horas de cobertura. Mientras se descargan, saco la Moleskine y el rotulador verde. Escribo en el centro de una página en blanco: «Inventario del sábado».
Ornella me miró un segundo entero, sin sonreír, cuando crucé el jardín a las tres y cuarto.
Matteo me buscó con la mirada tres veces durante el cóctel. No dos.
El padre de Sandro no me miró ni una vez.
Ornella lloró una sola lágrima durante el discurso. Tengo la foto.
La tía Rosario se abanicó con la servilleta dos horas seguidas después de mi baile con Sandro. No era calor. Era confirmación.
Giulia me dijo al oído: «Eres tú la que no está dejando en paz».
Durante el beso, cerré los ojos solo los dos últimos segundos.
Sandro me bajó del coche a las dos y cuarenta y siete sin darme un beso. Ni en la mejilla, ni en la mano. Nada.
Ayer en el banco, cuando puse mi mano sobre la suya, no movió un dedo durante dos minutos. Solo la dejó estar.
No planeé ninguna de las diez cosas de esta lista.
Cierro la libreta. Termino los respaldos y pido un Uber. A las doce menos siete llamo al timbre de un edificio amarillo mantequilla en Little Havana. El letrero dice: DUARTE FOTÓGRAFOS.
El estudio huele a café cubano, a líquido revelador y al perfume de gardenia de Valentina. Ella me abre con un delantal de cuero y el pelo en un moño alto.
—Entra, cariño. Estaba revelando. Dame cinco minutos.
Me siento en el sofá de cuero marrón, rodeada de libros de fotografía y dos marcos en la pared. Uno es una foto que le robó a mi portafolio hace años. Me sirvo café con hielo de una jarra. Valentina aparece poco después, se suelta el pelo y se sienta frente a mí. Me estudia en silencio.
—¿Cómo estás? —pregunta.
—No lo sé.
—Por algún sitio hay que empezar, Vera. No voy a interrumpir.
Dejo el vaso sobre la mesa. Noto que me tiemblan un poco los dedos y los entrelazo con fuerza.
—El sábado lo besé delante de doscientas personas. Ayer nos encontramos en la mansión, nos sentamos en un banco y me dijo algo que no sé dónde guardar.
—¿Qué frase?
—«Creo que no me había dado cuenta de que llevaba diez años sin sorprenderme hasta que llegaste tú».
Valentina cierra los ojos.
—Eso es un diez en la escala de las frases, Vera.
—Lo sé. Le pregunté si podía gestionarla y me dijo que todavía no lo sabía.
—Un once en la escala de las respuestas —sentencia ella—. Vera, tienes mala cara.
—Tengo miedo, Val.
Me levanto inquieta, pero Valentina me sienta de nuevo con la mirada. Va a la cocina, saca una botella de vino blanco y sirve dos copas.
—Vino a las doce y diez es vino con desayuno. Bebe —me ordena—. Ahora dime a qué le tienes miedo. Enuméralo.
Respiro hondo. El aire del estudio me parece de pronto demasiado denso.
—Tengo miedo de que me obligue a elegir entre mi trabajo y él.
De que me esté construyendo una historia en la cabeza que no existe.
De convertirme en una versión pequeña de mí misma si me quedo.
De arrepentirme si me voy. —Hago una pausa, la garganta me arde—.
Tengo miedo de que Gabriel tuviera razón y yo sea solo una etiqueta que me puse hace tres años, y que si me la quito ya no sepa quién soy.
Valentina bebe un sorbo de vino y me mira con una fijeza que me incomoda.
—Te conozco hace diez años, Vera. Te he visto crecer, enamorarte de Gabriel, romper en aquel aeropuerto y convertirte en una mujer que no se permite un solo error. Eres profesionalmente excelente, pero afectivamente estás muerta. O lo estabas.
—Val...
—Déjame acabar. Lo que me contaste el sábado fue la primera señal de pulso en tres años. Tienes miedo porque estás recuperando algo que te habías amputado. No estás perdiendo nada, estás volviendo a sentir el miembro fantasma.
Me quedo callada, mirando el vino. Sé que tiene razón.
—Gabriel me ofreció un ultimátum disfrazado de pregunta —susurro—. Y eso te rompe.
—¿Sandro te ha dado un ultimátum?
—No.
—¿Te ha pedido que te quedes?
—No. Me ha pedido tres días.
—Eso no es un ultimátum. Eso es un adulto dejándote respirar.
Me bebo el vino de un trago.
—No quiero casarme, Val. No quiero dejar el fotoperiodismo. No quiero vivir en una casa con cortinas lavadas.
—Nadie te ha pedido nada de eso. Llevas diez minutos diciendo lo que no quieres. Dime qué quieres, Vera.
Miro la foto de Estambul en la pared. Una mujer en un ferry, mirando al Bósforo.
—Quiero seguir trabajando —digo con la voz más firme—.
Pero quiero saber que hay un sitio al que volver que no es un hotel.
Que alguien sabe cómo tomo el café. Que si estoy en Haití y miro por la ventana, tengo a quién contárselo sin que se ponga tenso.
Quiero que no me esperen con una pregunta que me rompa.
Valentina sonríe, una expresión cálida y un poco triste.
—Eso es compatible con Sandro Greco. De hecho, si le preguntas, creo que te dirá lo mismo. Anoche publicó una foto tuya en su Instagram profesional.
Me tenso.
—¿Qué foto?
—La de él de espaldas al arco floral. La que me dijiste que habías guardado en una carpeta sin nombre.
Valentina me enseña el móvil. Ahí está mi foto: su espalda, la camisa blanca, el arco. Abajo dice: «Fotografía de Vera Molina. Gracias por haber estado». Tres palabras. Siento un vuelco visceral.
—No me avisó —murmuro.
—Es un once, Vera. Acéptalo.
Me quedo dos minutos mirando la imagen. Antes de irme, Val me obliga a coger el móvil.
—Escríbele. No le hables de los tres días. Solo reconoce lo del Instagram. Ese hombre lleva siete años sin citar a otro fotógrafo en su cuenta. Es un gesto grande.
Dudo. Escribo y borro cuatro veces. Al final, envío: «He visto lo del Instagram. Gracias por el crédito. Y por el pie. Lo otro».
Salgo al sol vertical de Little Havana. Pido un Uber y, mientras espero, el móvil vibra: «Lo otro está bien con una frase tuya. Gracias, Vera».
Bloqueo la pantalla. Cruzo la bahía de vuelta a South Beach. Al llegar al apartamento, me tumbo en el sofá. Las frases que le dije a Valentina siguen flotando: «Quiero que alguien sepa cómo tomo el café». Por primera vez, no suenan a debilidad.
Duermo dos horas y media. Al despertar, abro el mensaje de Miriam de Reuters. No es una mala noticia, pero es una sentencia: «Vera. Cobertura propuesta para Port-au-Prince. 17 al 31 de julio. Avísame mañana antes de las doce».
Dieciocho días. Tengo dieciocho días para decidir una vida que ayer creía que podría posponer eternamente. Me quedo quieta, sintiendo el peso de la cámara en el sofá y el de la respuesta que todavía no tengo.