Primera opción DOCE
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DOCE

Es lunes por la mañana, exactamente las siete y veintidós.

Llevo dos horas despierta; a las cinco y media mi cabeza ya había decidido que el descanso era un lujo inasequible.

Bajé al gimnasio, me duché por segunda vez en siete horas y escogí un traje azul marino, sobrio y cortante.

A las siete y veinte salí de casa con un café en la mano y una consigna grabada a fuego.

El plan se titula, a efectos internos: «aquí no ha pasado nada».

Durante el fin de semana, Carlos y yo no tomamos ninguna determinación explícita.

Desde que abandonó mi ático el sábado al alba, el contacto ha sido una coreografía de cortesía mínima.

El último mensaje, recibido el domingo a las once menos cuarto, decía: «Mañana en la oficina. Lo que tú digas. Buenas noches, Lara».

«Lo que tú digas». Me ha entregado el mando con una delicadeza que roza lo insultante.

Lo que yo digo, mientras el ascensor me eleva hacia la planta cincuenta, son cinco normas que caben en el reverso de un billete de avión.

Primero: la dinámica será idéntica frente a terceros.

Segundo: lo ocurrido en Londres y en mi ático pertenece a esos espacios.

Tercero: gestionaremos esto, sea lo que sea, fuera de los muros de Portela International.

Cuarto: no habrá gestos ni miradas. Quinto: si la situación interfiere con el proyecto Wynwood, se interrumpe.

Las repito con la disciplina de un mantra, ignorando que el nudo en mi estómago no entiende de reglamentos.

Entro en el despacho a las siete y media en punto.

Carlos ya está allí. No iba a permitirse llegar segundo hoy.

Está en su mesa, con las gafas de leer puestas, revisando el dossier del fondo kuwaití.

Viste una camisa azul claro remangada y vaqueros oscuros.

Se ha afeitado con un esmero que delata su propia tensión; la pequeña cicatriz de su pómulo destaca más sobre la piel apurada.

Noto que mis dedos recuerdan el relieve de esa marca y aprieto el asa de mi maletín para detener el impulso.

Alza la vista. Durante medio segundo percibo la pregunta muda: «¿cómo nos hablamos hoy?». Respondo con la única armadura disponible.

—Buenos días, señor Vicuña.

Es el tratamiento de formalidad máxima. El de los inicios. El que enterramos en el almacén de Tico y que no volvió a aflorar ni en Londres ni en nuestra última madrugada. Carlos tarda un segundo exacto en reaccionar. Su mandíbula se tensa antes de que la compostura gane la partida.

—Buenos días, señorita Portela.

Paso junto a su mesa con una rigidez que me hace parecer una extraña en mi propia oficina. Me acomodo y abro el portátil. Mi corazón late a una frecuencia que el café no justifica.

Las dos horas siguientes transcurren en un silencio laborioso que pesa más que cualquier grito.

Intento concentrarme en un informe de viabilidad, pero descubro que he leído el mismo párrafo cuatro veces.

A las nueve y media, Sofía sirve café. A las diez me ausento para una reunión con finanzas.

Regreso hora y media después con las manos frías y el cansancio empezando a filtrarse por las costuras de mi traje azul.

Carlos sigue absorto, pero noto que no ha pasado página en los últimos veinte minutos.

A las doce y cuarto, aprovechando que él ha bajado a la cafetería, el teléfono vibra sobre la mesa.

«Cena esta noche. Yo cocino. Loft Wynwood. Ocho. Si aceptas, la regla que hayas fijado esta mañana se respetará íntegra hasta que crucemos el umbral de mi puerta».

Lo leo y lo releo. Cierro la pantalla, pero el mensaje sigue brillando tras mis párpados.

Durante una hora no emito respuesta; me obligo a una productividad ficticia que me deja los dedos rígidos sobre el teclado.

A la una y cuarto, cuando él regresa, ni siquiera me mira.

Se sienta y retoma el trabajo. Cinco minutos después, con el pulso martilleando en las sienes, tecleo:

«A las ocho».

Envío. Treinta segundos más tarde observo, por el rabillo del ojo, cómo Carlos toma su móvil. Esboza una sonrisa fugaz, casi imperceptible, antes de dejarlo boca abajo. No me busca. Sigue trabajando.

Yo hago lo propio, pero la norma sagrada de la mañana acaba de transformarse en una trampa.

La regla dictaba que no había pasado nada.

La realidad replica que está pasando todo, y somos los únicos en esta planta que compartimos el secreto.

Al observar el skyline de Brickell, descubro que esta clase de clandestinidad puede resultar peligrosamente adictiva.

A las ocho en punto, aparco a una manzana de su edificio en Wynwood. Camino bajo el aire húmedo de la noche, sintiendo el peso del bolso en el hombro y una duda nueva en cada paso. Pulso el telefonillo.

—Soy yo —digo cuando responde.

La puerta del loft se abre antes de que me dé tiempo a recolocarme el traje.

Carlos está ahí, sin zapatos, con la camisa más abierta que en el despacho y el aroma de algo especiado flotando desde la cocina.

No hay formalidad, no hay «señorita Portela».

Solo hay una mirada que barre el pasillo vacío detrás de mí y luego se clava en mis ojos.

Entro. Él cierra la puerta y escucho el clic metálico de la cerradura. El sonido marca el fin de la tregua. La regla del despacho se queda en el rellano y, por un instante, el silencio entre nosotros es tan denso que me cuesta respirar.

—Has venido —dice en voz baja.

No respondo. No hace falta. La grieta que he intentado ocultar todo el día se abre de par en par en cuanto él da un paso hacia mí.