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OCHO

La tarde en el atelier posee una luz específica.

Entra por los ventanales del lateral sur, rebota en el roble encerado, cruza la mesa de corte en diagonal y muere contra los rollos de tela verticales del estante del fondo.

A esta hora, si uno se queda quieto, puede ver flotar el polvo fino del corte contra el haz amarillo, igual que en las películas italianas de los sesenta.

Es el único momento del día en el que el taller se parece más a un cuadro que a una empresa.

Me siento tranquilo. Es una métrica comprobable: la mido por el número de gestos innecesarios que realizo. Hoy he hecho tres. Los dos primeros son normales; el tercero, involuntario, me ocupa desde las cuatro y veintiuno.

He mirado el teléfono.

Buscaba un mensaje que no existía. Lo he dejado sobre la mesa boca abajo. Diez minutos después, he repetido el gesto. Nada. Ahora llevo siete minutos deliberadamente sin mirarlo; hacerlo una tercera vez sería, según mi propia definición, un patrón.

Vera no ha escrito hoy.

No tenía por qué hacerlo. Mañana a las dos estará en la mansión. El plano del drenaje se lo envié anoche y ella respondió con sus posiciones en un PDF impecable. Desde entonces, silencio operativo. Legítimo. Aconsejable.

Y, sin embargo, mi mano busca el teléfono cada diez minutos.

Apago la lámpara de pie. Me alejo un paso del vestido para ganar perspectiva. Es un diseño bueno. No es importante —Giulia pedía elegancia doméstica, no trascendencia—, pero es sólido. Ornella lo aprobó ayer con un asentimiento de cabeza que, en ella, equivale a una ovación.

Precisamente en Ornella pienso cuando oigo la puerta.

Es pesada, de madera maciza, con una campanilla diminuta que Giulia regaló a mi padre en el 98. Ha sobrevivido a todos los intentos de retiro por razones estéticas. Suena tres veces, rápida. Hay personas cuyas campanadas se reconocen antes que su paso.

— Nonno buono —dice la voz de mi abuela—. ¿Estás o no estás?

—Estoy, Ornella.

Salo a su encuentro. Avanza con el bastón en la izquierda y un bolso de mimbre en la derecha. Dentro asoma un paquete envuelto en papel amarillo mate: cannoli de Rizzo, el obrador siciliano de Little Havana. Ningún miembro de la familia ha logrado que delegue esa compra.

—Te traigo cuatro —anuncia elevando el paquete—. Dos para ti. Dos para tu hermano si pasa. Si no, cuatro para ti.

—Gracias, nonna .

—Ponlos en la cocina antes de que se ablanden. Y cierra la caja. No quiero moscas.

—En este taller no hay moscas.

—Cierra igual.

Llevo el paquete al cuarto de atrás, sirvo dos en un plato y guardo el resto en la nevera.

Vuelvo al taller. Ornella se ha sentado en la silla Thonet junto a la mesa grande.

Es su postura de los últimos veinte años: el bastón en vertical entre las rodillas, las manos apoyadas sobre el puño.

Una posición entre la clienta y la inspectora. Depende del humor.

Le sirvo el dulce sobre una servilleta blanca. Ella no lo toca. Observa el vestido en diagonal, a unos cuatro metros. Durante treinta segundos, solo mira con la barbilla elevada; la atención que los mayores dedican a lo que les ha costado sobrevivir.

—Ha quedado bien —sentencia finalmente.

—Ha quedado bien.

—El puño izquierdo lleva mi puntada.

—Como prometí.

—Giulia no se va a dar cuenta.

—No tiene por qué.

—No. Pero yo sí.

Asiente dos veces, igual que cuando le sirven un café perfecto. Luego, sin cambiar el tono ni el ritmo, añade:

—Ayer pasó Vera por aquí con Giulia.

Me pilla de lado. Ordenaba unas cintas métricas con movimientos automatizados. Me quedo con una de dos metros entre los dedos más tiempo del necesario. No sé si ella lo nota o si decide fingir que no, que es lo mismo.

—No me habías dicho que vendrían.

—No me lo preguntaste.

—No suelo preguntar si mi prima viene al atelier con su fotógrafa.

—Esta vez sí tenías que preguntar.

—Registrado.

Dejo la cinta sobre la mesa y la enrollo con el pulgar.

—¿Y?

—¿Y qué?

—¿Qué tal fue?

—Bien.

Me mira con esa media sonrisa de anoche en Bertolini.

Una mueca que no va a ninguna parte y que dice: lo he visto todo, no te contaré nada que no preguntes, pero no te ahorraré el trabajo de hacerlo.

Me siento en la silla de mimbre frente a ella.

Durante veinte segundos solo se oye el crujir del cannolo que mi abuela come con modales de condesa.

Yo alineo tres bolígrafos sobre la mesa.

—Vera tocó los tejidos —dice ella al fin.

—Tocó...

—Los del estante del fondo. Cuando Giulia fue al baño, se acercó y los tocó uno por uno. Los cuatro primeros rollos. Sin pedir permiso, pero con un respeto que mucha gente que lo pide no tiene.

—¿Y?

—Me pareció bien. Que no fuera una petición, sino un instinto.

Mira hacia la ventana un instante.

—Hay gente que pide permiso porque no se atreve.

Otros no lo hacen porque les han hecho creer que pueden tocar lo que quieran.

Ambas son desagradables. Pero hay una tercera vía, nonno .

La de quien no pide permiso porque sabe que no va a romper nada.

Tiene registrada en las manos la diferencia entre lo que se puede tocar y lo que no.

Eso, en nuestro oficio, es un tacto. O un oído.

—Lo sé, nonna .

—Sé que lo sabes. Por eso te lo digo.

Termina el dulce y se limpia con la servilleta. Empuja el plato vacío hacia el centro con la yema del índice. Vuelve a mirar el vestido a lo lejos. Y entonces, sin pausa ni aviso, añade:

—Tu madre era igual.

El atelier se sumerge en silencio. No es un silencio que entra; es uno que ya estaba y que, de repente, se hace oír.

El polvo sigue flotando. La campanilla no suena.

Ornella mantiene el bastón entre las rodillas y yo las manos apoyadas en el tablero, con los bolígrafos alineados y la sensación de no saber qué hacer con mis propios dedos.

Mi madre era igual. Lucía Greco. Dejó esta casa en el 96 para irse a Milán cuando yo tenía catorce años.

Cuatro cartas en tres años; luego, el silencio.

Reapareció con un correo en 2004, dejó de responder en 2007 y murió en 2008 en un hospital donde prohibió visitas.

Su fotografía es la que enderezo cada mañana en el despacho porque decidí que el gesto me compensaba.

En qué era igual, no me atrevo a preguntarlo. Ornella lo sabe. Por eso me lo explica sin que se lo pida, hablándole al vestido y no a mí.

—Tu madre tenía ese mismo tacto. Entraba aquí y tocaba los rollos sin pedir permiso porque sabía dónde ponía la mano. Me pareció bien desde el primer día. Tu abuelo entendía de eso. Yo también. Tú también.

—Lo sé.

—Por eso te lo cuento ahora. Nunca lo había hecho.

—Nunca.

—Hoy me ha parecido necesario.

—¿Por qué hoy?

—Porque ayer vi entrar a Vera y tocar los rollos, y me vino la imagen de tu madre hace treinta y cinco años.

Me di cuenta de que asocio ese gesto con ella, y ahora me toca asociarlo con otra persona.

No es una asociación cómoda, Sandro, pero es la que hay.

Si yo tengo que hacer ese trabajo mental, tú también.

No es mi silencio habitual. El mío es activo: proceso, calibro, decido. Este es pasivo. Es el silencio de quien recibe información que no sabe dónde archivar. Ornella estira la mano y me aprieta la mía. Breve, firme.

—No las estoy comparando —aclara—. No lo intentes. No tienen nada en común aparte de ese gesto. Nuestra cabeza es capaz de convertir un detalle en una semejanza entera si no vigilamos.

—¿Estás vigilando, nonna ?

—Yo vigilo por oficio. Tú hazlo por amor propio.

—Gracias.

—No es un favor. Es una advertencia.

Se levanta. Camina hasta el maniquí, se detiene ante el vestido y observa el puño izquierdo. Sonríe. Es su primera sonrisa entera.

—Mañana a las cinco mi nieta se casa con un diseño de mi hijo y mi nieto, con mi puntada en el puño y una fotógrafa que no pide permiso. Es demasiada suerte para una sola tarde, Sandro. Aprovéchala.

Recoge el bolso y me mira desde la distancia.

—Y otra cosa. Ayer, cuando Giulia se fue, Vera se detuvo ante la pared de las fotos.

—¿La del pasillo?

—Esa. No preguntó por ninguna. Miró todas durante tres minutos.

—Vale.

—Pero se quedó más tiempo delante de una. La de tu madre. La del vestido verde.

No contesto. Ornella no espera que lo haga. Se dirige a la puerta.

— Ciao, caro . Mañana te quiero con la corbata bien puesta.

—Siempre la llevo bien.

—La corvatta se lleva bien puesta cuando quien la viste está bien puesto. No al revés. Apúntalo con la Parker.

La puerta se cierra. Silencio. El atelier conserva los mismos rollos, la misma luz y el mismo vestido, pero la habitación se ha vuelto distinta en el espacio de una frase.

Me levanto. Ordeno los bolígrafos, recojo la caja y apago la lámpara.

Compruebo horarios y carpetas. Todo en orden.

A las cinco y cuarenta me permito una concesión.

Voy al pasillo. Hay seis fotografías enmarcadas que narran la historia del taller: mi abuelo en Calabria, mi padre en el 72, Ornella en el 81, una imagen de equipo de 2005 y, al centro, mi madre en 1994.

En Milán, con aquel vestido verde de corte bies, sonriendo a cámara con una expresión que nunca me dedicó en persona.

Me detengo. Paso por aquí a diario y miro los marcos con el rabillo del ojo.

Pararme de frente es algo que hago, quizá, dos veces al año.

Hoy lo hago. Y mientras miro, saco el teléfono.

No escribo a Vera. Hago algo más elemental: entro en los ajustes y confirmo que mi fondo de pantalla sigue siendo un azul oscuro plano.

Sin imagen. Sin memoria. Ha sido así desde mi primer terminal en 2005.

Cuando era niño, mi madre se fue a Milán llevándose una foto del salón sin avisar; a los catorce años decidí que no guardaría imágenes personales en ningún dispositivo.

No quería quedarme, de nuevo, con una imagen que pudiera irse por voluntad propia.

Bloqueo el teléfono. Miro la foto de la pared. «Se quedó más tiempo delante de una. La de tu madre». Salgo del atelier y activo la alarma. En la calle, la luz de junio es lenta. Camino hacia mi coche y el teléfono vibra. Vera. Una pregunta tonta. Respondo desde la acera.

—Cuenta.

—Mañana, ¿puedo llevar calcetines negros o me sacas de la boda?

—Aceptados, siempre que no sean tobilleros.

—Pantalón, calcetín y zapato negro. Según el dresscode .

—Correcto entonces.

—Vale. Gracias. Hasta mañana.

Me quedo con el móvil en la mano cinco segundos exactos. Luego, sin pensar en el porqué, vuelvo a abrir el chat.

—Vera.

—Dime —tarda treinta segundos.

Dudo. Podría borrarlo, como he hecho los últimos veintidós años con cada impulso similar. Esta vez no.

—Gracias por haber pasado ayer por el atelier.

Envío. Sin justificarme. Ella no contesta de inmediato. Al cabo de un minuto, llega la respuesta.

—De nada, Sandro. Los rollos de tela del fondo eran los mejores.

Guardo el teléfono. Subo al coche. Apoyo las manos en el volante pero no arranco.

Durante veinte segundos solo miro la calle vacía.

Mañana a las cinco mi prima se casa. Vera Molina fotografiará el vestido que hemos construido con la puntada de mi abuela.

Yo leeré el discurso. Y mañana, por primera vez, mi fondo de pantalla dejará de ser exactamente lo único azul oscuro que sé que no va a cambiar.

Arranco. Salgo.