SIETE
Llego a la mansión a las once en punto. Con Sandro, la puntualidad no es cortesía, sino divisa.
Entro por la verja lateral; Benito me abre desde un macizo de azaleas con un gesto de cabeza.
Poda una rama de buganvilla con la parsimonia de quien lleva en esta casa más años que algunos miembros de la familia.
El jardín de los arcos ha mutado. Un equipo de montaje instala un arco floral de tres metros con rosas blancas y eucalipto sobre una tarima de madera rubia.
A la derecha, las sillas plegables del ensayo han sido sustituidas por unas Chiavari de madera con cojines crema, dispuestas en una retícula perfecta.
Técnicos de sonido pasan cables bajo alfombras beige y operarias de limpieza repasan los paseos laterales.
Todo funciona con la eficiencia silenciosa de las empresas caras.
En el centro del jardín, con una carpeta beige de pestañas negras, Sandro supervisa.
Lleva camisa blanca con las mangas remangadas hasta el codo; una concesión inusual al calor de Miami. Bolígrafo azul tras la oreja, pantalón arena y un reloj de acero que consulta justo antes de localizarme. Camina hacia mí con su paso medido.
—Puntual.
—Once en punto.
—Tienes noventa minutos antes de que llegue el técnico de iluminación.
—Me bastan.
—Por si los necesitas, no por si te los doy.
—Ya me doy cuenta.
Me señala la geografía del jardín terminado: el ángulo de las sillas, la altura de la glorieta, la alfombra del pasillo. Lo escucho a medias. Mis ojos registran cosas que no me señala y que, bajo esta luz cenital, pesan más que su operativa.
Hay un ángulo entre el segundo y el tercer arco donde la luz rebota en el mármol y sube hacia la piedra.
Si coloco la cámara a la altura del pecho, generaré una composición de diagonales cruzadas única.
Esa es la foto de entrada. Localizo otros dos puntos: uno tras la glorieta para enmarcar los votos y otro en el claustro oriental para capturar a los invitados con el arco floral de fondo borroso.
Anoto mentalmente los tres puntos mientras Sandro detalla la ubicación del coro. Cuando termina, me mira.
—¿Alguna pregunta?
—Ninguna.
—¿Has memorizado lo que te he dicho?
—La mitad. Estaba localizando tres posiciones de cámara que no me has señalado porque no te toca.
—¿Cuáles? —pregunta.
Se las indico con un gesto. Él observa cada una, deteniéndose en el claustro occidental.
—Esa no la había considerado.
—Ya lo sé. Si lo hubieras hecho, habrías puesto un biombo para que el jarrón de terracota no compitiera con la novia.
—Ese jarrón lleva ahí desde antes de que yo naciera.
—Eso lo dice todo sobre tu familia y nada sobre mi composición.
Sandro me sostiene la mirada dos segundos. Los procesa. Saca el bolígrafo, abre la carpeta y marca tres cruces rápidas sobre el plano del jardín.
—Queda registrado.
—Gracias.
—No me des las gracias por una información operativa relevante.
—¿Te has oído?
—Constantemente.
Esbozo una sonrisa mientras él ya se gira hacia el técnico de sonido. Saco la Canon B —la de obturador silencioso— y monto el veinticuatro-setenta. Ajusto exposición. Disparo al jarrón. Perfecta.
Empiezo a trabajar. Me muevo en círculos concéntricos, capturando superficies y texturas que servirán de referencia: la palmera contra el cielo, la cinta del altar, la pata de una silla, la flor caída sobre el mármol.
Disparo en ráfagas mudas. A los cuarenta minutos ya tengo ciento veinte fotos útiles y mis notas en verde.
En un momento, acuclillada tras la glorieta para disparar a través del borde de un jarrón, noto su sombra.
—¿Qué haces?
—Foto. Del claustro visto a través de la cerámica.
—¿Por qué?
—Porque mañana puedo esconderme aquí y captar la procesión sin que nadie me vea. Primer plano desenfocado, fondo nítido. Estética de reportaje. Giulia ha pedido fotos que los demás no saquen —añado.
Él no contesta de inmediato. Se acuclilla a mi lado. No pide el visor; solo inclina la cabeza para observar desde mi altura, cuidando de no rozar el equipo. Se queda así unos ocho segundos antes de incorporarse.
—Entiendo por qué usas ese cuerpo —dice—. No he oído un solo clic en cuarenta y cinco minutos.
Me levanto y me limpio el sudor de la sien.
—¿Estás contando los clics?
—Registro su ausencia. No es lo mismo.
Avanzo hacia el claustro occidental. Él me acompaña a dos pasos, guardando una distancia que no invade. Ajusto la posición frente al jarrón y disparo de nuevo. En ese instante, a mi espalda, oigo el crujido metálico de una escalera de aluminio.
Un segundo después, siento un empuje firme en el codo izquierdo. Sandro me arrastra un paso completo hacia la derecha, por delante de su cuerpo. Es un movimiento fluido, definitivo. Su mano rodea mi brazo con la palma abierta y una firmeza protectora.
La escalera golpea el mármol con un ruido seco a diez centímetros de donde yo estaba hace un momento. Me incorporo. Sandro sigue sujetándome el codo. Noto el calor de sus dedos marcados sobre mi piel. El montador de la escalera, pálido, se apoya en una columna.
—Perdón, señor Greco —balbucea el hombre—. La base estaba en pendiente.
—¿Estás bien, Samir?
—Sí, señor.
—Llévala al otro lado y colócala en horizontal antes de subir.
El operario se aleja con el aluminio bajo el brazo. Sandro me suelta el codo con lentitud, como si se diera cuenta tarde de que ya no hace falta sujetarme. Sus dedos se retiran uno a uno. El silencio se vuelve denso. Él mantiene la mano a media altura; yo aprieto la cámara contra el pecho.
—Gracias —digo.
—No iba a dejar que te cayera encima.
—No.
—Ha sido un reflejo.
—Gracias por el reflejo.
—No me des las gracias por eso.
—Te las doy por lo que me dé la gana.
Sandro esboza esa media sonrisa que ya tengo catalogada como «de oficina con mal tiempo». Baja la mano. Aparta los ojos de mi brazo, pero mi piel sigue quemando en ese punto exacto.
Sigo trabajando; es mi única defensa. Me giro, compongo y disparo. Él permanece dos segundos inmóvil antes de retirarse hacia la glorieta. Lo registro sin mirarlo.
Cuando termino la serie, camino hacia él. Está revisando anotaciones con el técnico de sonido.
—Una pregunta. ¿El plano del jardín es del estudio o del jardinero?
—Del topógrafo. 2019.
—Pásamelo en PDF esta noche.
—Lo tendrás a las seis. ¿Para qué?
—Para marcar mis posiciones. Te las pasaré también. Tú sabrás dónde estoy y yo sabré dónde vas a estar tú. Menos colisiones en el pasillo.
—Trato —dice él.
A las doce y media llega el técnico de iluminación.
Mientras Sandro le explica la logística, los fotografío desde la sombra.
Sandro aparece nítido, con el bolígrafo tras la oreja y la mandíbula tensa en su habitual estado de concentración técnica.
Salen veintinueve fotos. Dos son, honestamente, muy buenas.
A las dos menos cuarto, Sandro se acerca a mi bolsa.
—¿Has acabado?
—Sí.
—¿Has comido?
—No.
—Hay pasta fría en la cocina. Le diré a Estela que te prepare un plato.
—No hace falta.
—Sí hace falta. Te necesito con energía mañana.
—Está evolucionando el registro —comento—. Hace un minuto era «información operativa».
Cruzo el jardín hacia la cocina. Es enorme, de baldosa blanca y aroma a tomate recién cocido. Estela, de pelo platino y delantal blanco, me recibe con un gesto cariñoso.
—Tú eres Vera, ¿no? Siéntate. ¿Agua con gas o sin?
Me sirve pasta fresca con burrata, albahaca y un chorro de aceite. Cubiertos de plata y servilleta de lino sobre el mármol de la isla. Como mientras ella tararea a Willy Chirino. Saco el móvil y escribo a Valentina:
«Val. Me ha tocado el codo». «¿Quién? ¿Te ha tocado el codo en qué contexto?
» contesta al instante. «Casi me cae una escalera encima».
«Ah. Reflejo protector. Vera, en el reportaje social eso se llama inflexión narrativa».
«Te voy a bloquear». «Bloquéame, pero resérvame una foto del padrino con la copa en alto.
Mirándote a ti. La quiero para mis archivos».
Guardo el teléfono y termino el plato. Salgo al jardín tras agradecerle a Estela.
Sandro está de espaldas junto al arco floral, con los brazos cruzados, supervisando el último ajuste de las rosas.
La luz lateral de las dos y veinte resalta el blanco de su camisa y sus antebrazos desnudos.
Sin pensarlo, levanto la Canon B. Compongo rápido, ajusto exposición y disparo.
Sandro no lo oye. Nadie lo nota. Reviso la pantalla tres segundos después.
Es un hombre de espaldas, ligeramente contrapicado, en la postura de quien comprueba que un trabajo ha salido bien.
Hay algo en la caída de la tela sobre sus hombros que convierte la imagen en algo distinto.
Algo para lo que aún no tengo nombre. Considero borrarla durante cinco segundos.
No lo hago. Apago la pantalla y guardo el equipo. Me acerco a él.
—Ya termino.
Se gira.
—¿Tienes todo?
—Todo.
—¿Mañana a qué hora vienes?
—A las dos.
—Perfecto.
—Gracias por la pasta.
—Gracias a Estela.
—Ya se las he dado.
Nos miramos dos segundos. De los suyos. No bajo la vista a mi codo, aunque temo que el calor se me note en la cara.
—Hasta mañana, Sandro.
—Hasta mañana, Vera.
Salgo por la verja lateral. La acera de Alhambra arde.
Mientras espero el Uber bajo la sombra de un laurel, enciendo la pantalla y busco la foto.
El hombre de espaldas. La camisa blanca.
La luz lateral. La muevo a una carpeta nueva, sin título, que acabo de crear.
Una carpeta que, por ahora, solo contiene esa imagen.
La cierro justo cuando llega el coche. Me llevo el secreto conmigo.